
La densa nube de la weed me había dejado en un estado de desconexión absoluta. Me había quedado profundamente dormido en la parte trasera del sofá lounge, con mi falda rosa y mis medias altas apenas asomándose entre la montaña de mantas y cojines que me hacían desaparecer por completo. Cuando ellos entraron, ni siquiera encendieron la luz; para ellos, el cuarto estaba vacío. El efecto de la sustancia me tenía en una parálisis de seda: mi mente de femboy flotaba en un limbo de vulnerabilidad, pero mis músculos eran de plomo.
De pronto, el mundo se hundió sobre mí. Se lanzaron al sofá sin sospechar que yo era el relieve debajo de las telas. Con un movimiento brusco, cambiaron de posición y sentí el impacto directo de la piel contra la piel. Ya no había ropa de por medio. El calor que emanaba de sus cuerpos era sofocante, quemándome a través de las mantas mientras el aroma de la entrega —perfume, feromonas crudas y esfuerzo— inundaba mi refugio.
En un momento de máxima intensidad, él buscó estabilidad. No usó las manos; sentí la presión firme y pesada de su pie apoyándose justo en mi pecho, justo encima de mi torso menudo, usándome como un escalón sólido para impulsarse. Cada vez que descargaba su peso, el aire se escapaba de mis pulmones en un suspiro mudo. Yo era el cimiento invisible, el juguete oculto sobre el cual ellos se perdían.
Entonces, la presión del pie desapareció para dar paso a una inmersión total. El se deslizó hacia abajo, reacomodándose en una posición que me dejó atrapado directamente entre sus piernas. El empuje fue tan violento que las mantas se escurrieron, dejando mi cara al descubierto en la penumbra. No veía nada, pero mis sentidos registraban cada milímetro de mi propia fragilidad.
Sin barreras, el vapor denso y húmedo que emanaba de el me golpeaba el rostro. Las gotas de sudor y fricción comenzaron a resbalar desde ellos, cayendo como una lluvia pesada sobre mi piel. Estaba petrificado, con la boca entreabierta buscando oxígeno. Cuando el clímax llegó a su punto de quiebre, los espasmos finales ocurrieron justo encima de mí. En ese último impulso, el calor más intenso de todos terminó llenando mi boca. Me quedé ahí, mudo y empapado, saboreando el final de un acto del que nunca fui invitado, pero del que terminé siendo el recipiente secreto.