

Parte 4 - La MILF del chat
La noche de la cita llegó más rápido de lo que esperaba.
Pero, siendo honesto, empezó incluso antes de salir de casa.
Horas antes, mientras intentaba decidir qué ponerme —aunque fingiera que no me importaba tanto—, mi teléfono vibró.
Un mensaje suyo.
“Pregunta seria… ¿qué opinas de esto para esta noche?”
Debajo, una foto.
Se veía arreglada, relajada, sonriendo con esa mezcla de seguridad y naturalidad que ya me estaba acostumbrando a encontrar en ella. Era el tipo de imagen que parecía casual… aunque claramente no lo era del todo. Como si realmente quisiera saber mi opinión, pero también disfrutara un poco el efecto que causaba.
Me quedé mirando unos segundos más de lo normal.
Después respondí:
“Creo que la pregunta es si quieres que me concentre durante la cita 😏”
Tardó poco en contestar.
“Jajaja. Entonces… ¿sí te gusta?”
Y ahí empezó un pequeño juego.
Otra foto.
Un ángulo distinto. Una expresión divertida, casi burlona, como esperando que admitiera algo.
“¿Muy arreglada? ¿Muy simple? Dime la verdad.”
Lo curioso era que ya no sentía que me estuviera mostrando ropa o buscando aprobación. Se sentía más íntimo que eso. Como si me estuviera dejando participar en algo pequeño pero importante: cómo quería presentarse para verme por primera vez.
Y sí… funcionó.
Porque mientras hablábamos, empecé a imaginar la cita con demasiada claridad.
La forma en que se reiría. Cómo sería escucharla fuera de las notas de voz. Si habría esa misma química cara a cara.
Cuando finalmente salí rumbo al restaurante, llevaba una mezcla absurda de calma y nerviosismo.
Y cuando llegué… ahí estaba.
La reconocí enseguida.
Sentada cerca de la ventana, exactamente con ese estilo del que habíamos bromeado horas antes, aunque en persona todo parecía distinto. Más real. Más difícil de ignorar.
Cuando levantó la mirada y me vio entrar, sonrió.
—Bueno… ¿aprobaste el outfit? —dijo divertida apenas me acerqué.
No pude evitar reír.
—Creo que necesitaba verlo en persona para dar el veredicto.
Ella negó con la cabeza, sonriendo como si ya supiera la respuesta.
Y, curiosamente, los nervios desaparecieron.
La cena terminó siendo mucho más fácil de lo que esperaba.
Nada incómodo. Nada forzado.
Hablamos durante horas. Historias absurdas, anécdotas, cosas del pasado, bromas privadas nacidas del chat. Había algo cómodo entre nosotros, una sensación extraña de familiaridad mezclada con la emoción de estar descubriendo a alguien nuevo.
Por momentos me sorprendía observándola mientras hablaba, pensando en lo raro que era que alguien pudiera sentirse tan cercano antes siquiera de haber compartido una mesa.
Cuando salimos del restaurante, el aire estaba fresco.
Caminamos un rato sin apuro, hasta que en medio de una pausa tranquila me miró de lado.
—¿Quieres subir a tomar algo? —preguntó, casi casual.
La pregunta quedó suspendida unos segundos.
Y aunque intenté actuar tranquilo, creo que ambos sabíamos que la noche todavía no había terminado.
—Sí —respondí.
Cuando abrió la puerta de su casa y me dejó pasar, volteó apenas hacia mí, sonriendo.
—Bueno… ahora sí empieza la parte interesante.
Continuará…