













Hola, mis amores. Les voy a platicar lo que me pasó apenas ayer. Estos días me los tomé de vacaciones y, la verdad, el calor está insoportable. Desperté muy temprano por la mañana sintiendo cómo la temperatura se metía hasta las sábanas. Hacía tanto calor que el agua fría de la regadera salía tibia, casi caliente, lo que me dejó con una sensación de calor pegajoso en todo el cuerpo a pesar de haberme bañado.
Mientras intentaba refrescarme, un ruido constante y familiar captó mi atención: el zumbido de una podadora. Me asomé por la ventana de mi habitación y ahí estaba él, el viejo jardinero nuevamente trabajando en la privada. Un hombre mayor, de piel curtida por el sol, brazos marcados y venosos, robusto, sucio y dominante que me cogió unos meses atrás. Llevaba un par de días con una inquietud y una humedad intensa entre las piernas, y al verlo ahí, trabajando bajo el sol con su overol de mezclilla, el deseo me ganó. Me alboroté el cabello con los dedos para darle un aire desenfadado y sexy. Fui directo a mi cajón y me puse un conjunto de lencería negra de encaje fino que resaltaba mi piel. Para cubrirme un poco, me eché encima una bata de baño rosa, ligera y suave.
Salí de mi habitación y bajé corriendo las escaleras, con los pies descalzos golpeando el suelo fresco. Antes de salir, me detuve un segundo frente al espejo del recibidor para acomodarme el escote y darme los últimos retoques. Respiré hondo y salí a la calle, sintiendo cómo el aire caliente me golpeaba. Caminé hacia donde estaba. Desde lejos, él me vio acercarse. Apagó la podadora de golpe y la dejó caer en el pasto, clavando sus ojos oscuros en mí. Apenas llegué a su lado, no me dio tiempo de hablar; me tomó de la cintura con una fuerza sorprendente y me plantó un beso profundo, metiéndome la lengua con una seguridad que me dejó atónita. Su brazo me tenía fuertemente apretada contra él, mientras su otra mano libre comenzó a sobar mis nalgas firmemente sobre la tela de mi bata. En ese breve instante de contacto, sentí rápidamente cómo su erección crecía y se endurecía debajo de la tela de su overol. Al separarse, con la respiración un poco agitada, me miró y le dije mirándolo a los ojos:
—Ven a mi casa.
No lo pensó dos veces, diciéndome con su voz ronca que sí. Di media vuelta y regresé corriendo a mi casa, dejando la puerta principal abierta para que él pudiera entrar. Ya dentro, me quité la bata rosa, dejándola caer en el suelo, y me quedé esperando de pie en la sala, luciendo únicamente la lencería negra. Me senté en una posición provocativa sobre el respaldo del sillón, sintiendo una leve brisa de aire caliente entrar por la puerta poniendo mi piel erizada. A los pocos segundos, escuché el sonido metálico de las herramientas cayendo sobre el piso de mi jardín. El silencio duró un instante antes de que la imponente figura del jardinero apareciera en el marco de la puerta de entrada.
El jardinero entró cerrando la puerta tras de sí con un golpe seco. Sus ojos oscuros y penetrantes se clavaron en mí, cargados de una furia que solo alimentaba mi deseo. Antes de que pudiera decir una sola palabra, estiró su mano rápidamente y me tomó del cuello, apretándola con la fuerza suficiente para cortarme el aliento. Con un tirón brusco, me jaló hacia él y me levantó, haciendo que mis piernas quedaran suspendidas en el aire. Acercó su rostro al mío y me dijo mirándome fijamente que yo era una putita de lo peor, que pedí que me asignaran esta calle y que ahora cada que le tocara venir iba a romperme todos sus hoyos hasta dejarlos llenos de leche; que me iba a convertir en su puta particular porque su mujer ya no lo excitaba.
Escuchar sus palabras, crudas y dominantes, provocó que el miedo se transformara por completo en una excitación incontrolable. Sentí cómo mi vagina comenzaba a lubricarse rápidamente, humedeciendo la tela de mi lencería negra. Mientras me decía todo eso, no dejaba de presionar mi cuello con firmeza, mientras su otra mano recorría mi cuerpo con rudeza. Él sostuvo un segundo más mi cuerpo en el aire antes de dejarme caer lentamente sobre mis pies frente a él. Sus grandes y rudas manos se deslizaron por mis hombros, bajando los elásticos de mi bra, y de un solo tirón rompió los broches; mi bra cayó al suelo dejando mis pechos completamente al descubierto. El aire caliente de la sala chocó contra mis pezones ya erectos y sensibles. Él soltó una risa ronca y se inclinó, lamiendo con fuerza uno de mis pechos mientras con la otra mano desabrochaba su overol.
No pude contener el primer gemido, el cual quedó ahogado en su boca cuando me volvió a besar. Su lengua exploraba mi paladar con la misma urgencia dominante que sentía en sus manos. El jardinero se fue desabrochando su overol dejándolo caer al suelo; mis manos buscaron desesperadas su miembro ya duro por debajo de su truza, metí mis manos en ella tomándolo entre mis dedos. Lo liberé de su sucia prisión, él dejó de besarme y me ordenó que me pusiera a lamer sus huevos. Me puse en cuclillas y me metí su pene en la boca. Tenía un olor a sudor y a verga sucia muy penetrante que me enloquecía. Con mis uñas rascaba su bolsa mientras con mi lengua saboreaba su tronco que palpitaba. Me apretó contra su pelvis metiéndome el pene hasta el fondo provocándome arcadas; no le importó y me follaba la boca de manera salvaje un buen rato.
Me ayudó a ponerme de pie, me giró y empezó a sobar mis pechos desde atrás, mientras sentía su verga palpitando en mi espalda. Se quitó toda su ropa y me volvió a girar para lamer y morder mis pezones hasta que me dolieran. Me empujó de nuevo hacia el respaldo del sillón, me reclinó y empezó a lamer mi vagina y a hurgar con sus dedos cada rincón húmedo. Estaba a punto de tener un orgasmo delicioso cuando él me dio una fuerte nalgada, frustrando mi clímax a propósito. Me levantó y me jaló de nuevo frente a él; yo tomé su pene y lo guiaba mientras él usaba sus dedos en mi ano y por el frente masturbaba mi vagina. Fuimos caminando hasta darle la vuelta al sillón; metió un dedo en mi ano a la fuerza sacándome un gemido que no pudo ser ahogado.
Me arrojó sobre los cojines y se colocó entre mis muslos. Su enorme miembro era grueso, palpitante y rústico. Me penetró de un solo golpe, seco y profundo. Cada estocada era un golpe contra el mueble, resonando en la sala. Cambiamos de posición y me obligó a ponerme en cuatro, empujando mi rostro contra el cojín mientras me penetraba por detrás, agarrándome del cabello y jalándome hacia atrás mientras gruñía: "Eso es, entrégate toda para mí". Se recostó sobre el sillón y me ordenó: "Ven aquí muñeca, sóbate, mátate sola". Me puso sobre él, tomé su pene metiéndolo en mi vagina tragándomelo despacio; apoyé mis manos sobre su peludo pecho y despacito comencé a moverme adelante y atrás. Poco a poco fui acelerando, el sillón tronaba y se movía bajo nosotros. Me tomó por las nalgas y me cogía muy rápido, su pene me penetraba una y otra vez con una fuerza animal. Un orgasmo se acercaba y, cuando lo tuve, mis jugos mojaron su pene por completo.
Nuevamente me puse en cuatro, bueno no, levanté mi culo y el resto de mi cuerpo sobre el sillón, él me tomó de la cadera y me la dejó ir hasta el fondo, me cogía muy duro dejando caer con todo y peso su verga hasta el fondo de mi útero, provocándome gemido tras gemido y llevándome nuevamente a otro delicioso orgasmo mientras él no dejaba de follarme sin parar. Finalmente, el peso de su cuerpo sobre mí y la intensidad del momento indicaron que él también estaba por llegar. Se vació dentro de mí con espasmos violentos que sentí en lo más profundo de mi vientre, inundándome por completo con su semen caliente y espeso.
Nos quedamos un momento sin aliento, unidos todavía, como perros abotonados. Finalmente se salió y el semen y mis jugos escurrían por mis piernas al sillón.
Mientras se vestía tomó mi celular, llamó al suyo y ahora tenía mi número. Me dijo que me llamaría cada que me quisiera coger y yo lo atendería, que ahora sería su puta particular. Yo solo le pedí que tuviera precaución pues, después de todo, soy casada y con familia, a lo que contestó que no le importaba; me dio una cachetada y se fue.
Yo me di otro baño. Mis piernas temblaban, me costaba mantenerme de pie. Me puse un vestido blanco floral sin nada de ropa interior y seguí con normalidad mi día... pero no fue todo en esa tarde.
Besitos.
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