



Cuando era chico, ser virgen me convertía en el blanco perfecto de todas las burlas. En el colegio, en el equipo de fútbol, incluso entre los pocos amigos que tenía
Cuando era chico, ser virgen me convertía en el blanco perfecto de todas las burlas. En el colegio, en el equipo de fútbol, incluso entre los pocos amigos que tenía, la palabra “perdedor” me perseguía como una sombra. “¿Todavía virgen a los diecisiete?”, “Fracasado”, “Nadie te quiere”. Cada comentario se clavaba más profundo que el anterior. Yo solo quería pasar desapercibido, pero mi cuerpo flaco, mi voz que aún no terminaba de cambiar y esa inocencia que no sabía cómo perder me marcaban como el eterno perdedor.
Todo cambió cuando llegó la segunda pubertad.
No fue gradual. Fue un terremoto. En cuestión de meses mi cuerpo se reescribió por completo. Los hombros se suavizaron, la cintura se estrechó y mis caderas explotaron en curvas que nadie —ni siquiera yo— esperaba. El pecho creció pesado, redondo, imposible de esconder. La piel se volvió más suave, el cabello se cortó corto y negro, y de pronto el espejo me devolvía el rostro de una mujer que parecía salida de un sueño prohibido. Me desperté un día con este cuerpo de diosa… y con la misma virginidad intacta que antes me avergonzaba.
Ahora, de pie en el baño de mi departamento, frente al espejo grande que refleja la ducha de vidrio y el lavabo de mármol blanco, me miro y casi no me reconozco. Llevo un top blanco de cuello halter que apenas contiene mis senos, el escote profundo formando un pliegue suave entre ellos. Mis manos tiran del dobladillo hacia abajo, intentando cubrir un poco más de piel, aunque sé que es inútil. El legging color salmón se pega a mis caderas anchas, a mis muslos gruesos y a esa curva pronunciada de mi trasero que hace que cualquiera se detenga a mirar. Los aros grandes plateados brillan en mis orejas. El cabello corto, casi rapado a los lados, enmarca un rostro de labios carnosos y mirada serena.
Bajo el legging, entre mis muslos, está lo que realmente me convierte en un trofeo.
Mi vagina.
Intacta. Virgen. Apretada. Nunca ha sido penetrada. Nunca ha sentido el calor de un pene abriéndola, estirándola, llenándola. Los labios externos están suaves y carnosos, apenas asomando un poco cuando me agacho o cuando el legging se marca demasiado. El clítoris se hincha con facilidad cuando me toco, y el interior… el interior sigue cerrado, estrecho, húmedo solo cuando yo lo decido. A veces, por las noches, deslizo un dedo entre mis pliegues solo para recordar que todavía nadie ha estado ahí. Siento la resistencia de mi himen, esa fina membrana que aún no se ha roto, y me muerdo el labio. Es mío. Solo mío.
La gente se sorprende. Cuando digo que soy virgen, sus ojos bajan inmediatamente a mi pecho, a mi cintura, a la forma en que el legging marca cada curva… y luego imaginan lo que hay entre mis piernas. “¿En serio?”, preguntan, como si mi cuerpo de pecado no pudiera coincidir con esa palabra. Algunos se ríen incrédulos. Otros se quedan callados, mirándome con una mezcla de deseo y respeto. Porque ahora ser virgen no me hace perdedora. Me convierte en un trofeo. Un premio intacto envuelto en la envoltura más tentadora que la naturaleza (o la segunda pubertad) pudo crear.
A veces me pregunto si el universo tenía un sentido del humor cruel. Me dio el cuerpo que todos desean —senos pesados, caderas anchas, un trasero redondo y firmemente marcado por el legging— y me dejó con una vagina virgen, caliente y sin usar. Ya no es vergüenza. Es poder. Es el secreto que guardo mientras camino por la calle y siento las miradas. Es la razón por la que algunos hombres se ponen nerviosos cuando descubren que nadie ha tocado este cuerpo todavía… que nadie ha empujado dentro de mí, que nadie ha sentido cómo mi vagina se aprieta alrededor de ellos por primera vez.
Esta noche, frente al espejo, me observo otra vez. Tiro un poco más del top blanco, sintiendo el peso de mis senos contra la tela. El legging se estira sobre mis caderas. Bajo una mano y la deslizo por encima de la tela, presionando suavemente contra mi montículo, sintiendo el calor de mi vagina a través de la tela. Sonrío, apenas.
Cuando era chico, ser virgen me hacía fracasado.
Ahora que soy chica… ser virgen me hace un verdadero trofeo.
Y esta vagina de diosa de pecado… todavía espera a quien se atreva a reclamarla, a romperla, a llenarla por primera vez.