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u/Safe-Board-5477 — 4 days ago

Chaparrita Pelirroja

Tengo veinticinco años, mido apenas un metro cuarenta y nueve , soy bien chaparrita, de esas que caben debajo del brazo de casi cualquier hombre. Mis pechos son enormes, pesados, duros, con pezones rosados y siempre parados. La cintura la tengo delgada, casi inexistente, y el culo es un culote redondo, firme, que se menea solo cuando camino. Las piernas las tengo torneadas, de mujer que se cuida. Soy pelirroja, pelo lacio hasta la cintura, ojos verdes. Y siempre, siempre estoy cachonda. Me encanta la verga. Me encanta tocarme. Grito cuando me vengo sola, como una loca.
Mi esposo es más viejo que yo. Tiene un pene chiquito, flaquito, casi de niño. Nunca he venido con él. Ni una sola vez. Siempre que me corro es con mis dedos o con el vibrador que escondo. Él lo sabe. Y le prende. Es un pervertido de mierda. Me habla cochinadas todo el tiempo: que quiere verme tragando verga ajena, que quiere que me griten, que me llenen de leche, que me abran como puta. Al principio me daba asco escucharlo. Me sentía traicionada. Pero con el tiempo… el asco se fue convirtiendo en algo más oscuro. Empecé a mojarme cuando me decía “putita”, cuando me nalgueaba fuerte, cuando me recordaba que su verga no me bastaba. Me daba vergüenza admitirlo, pero me excitaba.
Hasta que sacó unos días de vacaciones y me llevó a la zona hotelera de Cancún, al Temptations. Yo no sabía. Llegamos y vi las parejas, las tetas al aire, los hombres tocándose a las mujeres ajenas, los intercambios. Me enojé. Le dije que no. Él me abrazó y me susurró: “Mi amor, si no te gusta no tienes que hacer nada… pero míralos”. Y yo miré. Hombres fuertes, musculosos, vergas marcadas bajo los trajes de baño. Mujeres hermosas siendo tocadas por extraños. Y mi panocha se empapó en segundos. Me odié un poco por eso.
En la habitación me esperaba la sorpresa. Mis bikinis normales habían desaparecido. Él había comprado una docena de microbikinis transparentes. La tela era tan delgada que mis pezones rosados se marcaban completos; la parte de abajo era tan chiquita que apenas cubría el clítoris. Cuando caminaba, mi panocha se comía la tela. Me sentí expuesta, humillada… y caliente como nunca.
Tomé tres, cuatro tragos de tequila. El alcohol me transformó. Cuando tomo me vuelvo otra: salvaje, juguetona, coqueta, sin filtro. Bajamos a la alberca. La fiesta estaba a todo lo que da. Vi a una mujer siendo agarrada por atrás mientras su marido la besaba. Vi manos ajenas apretando tetas. Vi intercambios. Y yo apreté las piernas. Mis pezones se pusieron duros como piedras. El bikinito se me metió completo entre los labios. Estaba empapado. Mi esposo sonreía como idiota. Su pito chiquito se le marcaba. Yo pensé: “Si eso es lo que quieres, cabrón… te voy a dar una lección”.
Elegí a uno. No al más musculoso. Elegí a un muchacho joven, flaquito, no muy alto, con una bermuda holgada. Solo para contrariarlo. Le hice señas. Él se acercó. Yo, borracha y chorreando jugos por las piernas, le agarré la mano y le dije: “Vente conmigo”. Mi esposo vino detrás como un perrito obediente.
En la habitación le señalé el sillón: “Siéntate. No abras la boca”. El muchacho no perdió tiempo. Me jaló el bikinito de un solo movimiento y quedé completamente desnuda frente a él. Me arrodillé. Le bajé los shorts… y se me cayó el alma al piso.
Salió una verga que jamás había visto. Gruesa, larga, venosa, oscura, con una cabeza enorme que brillaba de pre-semen. Sobresalía más de la mitad cuando la agarré con las dos manos. Mi boquita es chiquita. Ni la cabeza entraba. Él me agarró del pelo y me pegó la verga en la cara, me la frotó contra los labios, contra la nariz. “¿Te gusta, chaparrita?”. Yo solo pude balbucear: “Jamás… jamás he visto algo así”. Él sonrió: “Tranquila. Solo disfrútame”.
Empecé a lamerla. La lengua no alcanzaba a rodearla. Se despegó un hilo de leche pre-seminal que se estiró hasta mi lengua. Intenté meterla. Solo la punta. Me ahogaba. Mientras chupaba, metí los dedos en mi panocha. Estaba tan mojada que se oía el chapoteo. Él me jaloneaba el pelo y gemía bajo. Mi esposo, en el sillón, tenía el teléfono grabando y se jalaba el pito chiquito con violencia.
El muchacho me levantó como si yo pesara nada y me aventó a la cama. Se tiró entre mis piernas y me comió la panocha con hambre de perro. Lengua ancha, profunda, chupando el clítoris, metiéndola adentro. Yo arqueaba la espalda, apretaba mis tetas enormes, gritaba: “¡Me vas a matar con esa lengua, perro! ¡Qué rico me comes!”. Me vine en su boca como una perra en celo, gritando obscenidades, temblando, llenándole la cara de jugos. Mi esposo grababa todo y se masturbaba más rápido.
Luego subió, me mamó las tetas, me besó con la boca llena de mi sabor y empezó a pincelar esa vergota en la entrada de mi panocha. Se abría sola. El pre-semen se estiraba como hilos brillantes. Le dije: “Tienes que usar condón”. Él: “No traigo”. Mi esposo le pasó uno de los suyos. Era ridículo. Solo cubrió la cabeza y un pedacito. “Eso no va a servir”, dije. Él solo sonrió: “No te preocupes. Yo saco de adentro”.
Empujó.
Sentí como si me estuvieran partiendo en dos. La cabezota me abrió los labios, me estiró, me rasgó. Grité. Un grito que seguro se oyó hasta la alberca. “¡Ay carajo! ¡Me estás abriendo toda! ¡Se me va a partir la conchita!”. Miré a mi esposo: “¡Mira, mi amor! ¡Mira esa vergota! ¡Me está agrandando la vagina! ¡Tú querías esto!”. Lágrimas me salían de los ojos. Dolía. Dolía rico. Me sentía virgen otra vez, pero peor. Cada centímetro que entraba era fuego y placer al mismo tiempo.
Él no se detuvo. Metió más. Y más. Hasta que sentí los huevos pegados a mi culo. Se quedó quieto, enterrado hasta el fondo, esperando que mi cuerpo se acostumbrara. Yo temblaba. Sudaba. Gemía. Besaba su boca como una puta desesperada. Estaba en celo. Completamente abierta para otro hombre, delante de mi esposo. La vergüenza, la excitación, el miedo y el placer se mezclaron en algo que nunca había sentido.
Cuando empezó a moverse, mis caderas lo siguieron solas. Clavé las uñas en su espalda. Agarré sus nalgas y traté de metérmelo más profundo, aunque ya no había más. El sonido de las carnes era obsceno: plap, plap, plap. Mi cabeza golpeaba la cabecera. Él me dobló las piernas contra el pecho y me embistió sin piedad. “¡Me estás lastimando, hijo de puta! ¡Me estás dañando!”. Pero no paraba. Y yo tampoco quería que parara.
Sacó la verga casi completa y le gritó a mi esposo: “¡Mira cómo quedó!”. El hueco que dejó era obsceno. Mi panocha ya no cerraba. Estaba distendida, roja, abierta. Él metía y sacaba, mostrando el desastre. Luego se clavó otra vez y anunció: “Me voy a venir”.
Se aseguró, me besó, me metió la lengua y embistió con toda la fuerza. Sentí el pene bombear. Chorros calientes. El condón se rompió. La leche se salió por los lados, mojó mi culo, el colchón. Él siguió metiendo, empujando, llenándome. Quería preñarme. Lo sentí. Cuando finalmente se ablandó dentro de mí, no salió. Me mantuvo con las piernas dobladas, como si no quisiera que se le escapara ni una gota.
Cuando se bajó, un río de semen espeso me corrió por las piernas. Yo todavía temblaba. Mi esposo se acercó con el teléfono y dijo, con voz ronca: “Puedo ver toda la leche… puedo ver tu cervix”. Luego intentó meterme su pito chiquito. No sentí nada. Absolutamente nada. Era como si el otro me hubiera agrandado para siempre. Él se corrió adentro de todas formas, mezclando su leche con la del muchacho.
No pude salir del cuarto ese día. La panocha la tenía hinchada, roja, remangada, ardiendo. Por primera vez en mi vida había sido cogida de verdad. Por un macho de verdad.
Y me encantó.
Le dije a mi esposo, todavía con la leche escurriendo: “Eso era lo que querías. Que tu esposita chiquitita se tragara la verga de un caballo. Pues ahora prepárate. Te voy a meter los cuernos con todas las ganas del mundo. O juegas el juego conmigo… o te los meto igual. Tú eliges”.
Él me besó y respondió: “Mi amor, no necesitas amenazarme. Yo te apoyo en todo. Vamos a divertirnos demasiado”.
Esa fue solo la primera noche.
Ya no soy la muchachita inocente que llegó a Cancún. Ahora soy una puta que necesita verga grande, gruesa, que la llene, que la estire, que la deje caminando rara. Y mi esposo lo sabe. Y le encanta.

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