▲ 10 r/Cucksonslatinos+2 crossposts

La abuela se está quedando ciega y haré todo por ayudarla (pte 2)

Los días siguientes fueron pesados. En la universidad los susurros se convirtieron en miradas directas. Algunos chicos la observaban con una mezcla de lujuria y burla; algunas chicas la evitaban. Valeria caminaba con la cabeza en alto, pero por dentro sentía el peso de cada mirada que se detenía en su pecho o en su culo, como si todos hubieran visto ya lo que ella había mostrado frente a la cámara.

Andrés no le habló durante casi una semana. Hasta que una noche apareció en la puerta de su casa, con la mandíbula tensa y los ojos oscuros.

—Necesito hablar contigo —dijo.

Subieron a su habitación. Apenas cerró la puerta, Andrés la empujó contra la pared y la besó con una fuerza que no había tenido nunca. No era solo deseo: había rabia, celos y algo más oscuro.

—Te vi —susurró contra su boca—. Vi cómo te follaban. Cómo gemías. Cómo se te movían las tetas mientras te la metían.

Valeria intentó responder, pero él ya le estaba subiendo la falda. Los dedos le entraron directo entre las piernas, encontrándola sorprendentemente húmeda.

—Estás mojada solo de pensarlo, ¿verdad? —la acusó, frotándole el clítoris con rudeza—. ¿Te gustó que te usaran así?

Ella jadeó, abriendo las piernas un poco más.

—Andrés…

Él no esperó respuesta. Le bajó los panties de un tirón, la volteó contra la pared y se bajó el pantalón. La polla ya estaba dura y caliente cuando se la metió de golpe, hasta el fondo. Valeria soltó un gemido ahogado, las manos apoyadas en la pared. Andrés la agarró de las caderas y empezó a embestirla con fuerza, profundo, casi castigándola.

—Esto es lo que querías, ¿no? —gruñó al oído—. Que te follaran como una puta frente a una cámara… ahora te la voy a dar yo.

Cada embestida hacía que sus senos rebotaran dentro de la blusa. Él se la bajó de un jalón y los tomó con ambas manos, apretándolos mientras la follaba más rápido. Valeria gemía sin control, el sonido de piel contra piel llenando el cuarto. Se corrió primero ella, apretándolo con fuerza, temblando. Andrés la siguió poco después, enterrándose hasta el fondo y llenándola con un gruñido bajo.

Se quedaron así un momento, jadeando. Después él se separó, se acomodó la ropa y la miró con una expresión complicada.

—No sé si puedo perdonarte —dijo—. Pero no puedo dejar de pensar en ti… así.

Se fue sin decir más.

Esa misma noche, el productor le escribió de nuevo.

“El video tuvo muy buena recepción. Hay gente interesada en verte otra vez. Si aceptas un segundo, te pago sesenta mil. Y esta vez podemos hacer algo más… intenso.”

Valeria miró el mensaje largo rato. La operación de la abuela había salido bien, pero aún quedaban deudas, medicamentos y la universidad. Y, aunque no quería admitirlo, el recuerdo de las luces, de las manos ajenas y de la cámara grabándola mientras se corría todavía le generaba un calor entre las piernas.

Respondió:

“Dime cuándo y dónde.”

Dos días después estaba de nuevo en el estudio. Esta vez el set era diferente: una habitación estilo hotel de lujo, con una cama enorme y espejos en las paredes. El actor era otro: más alto, más musculoso, con una mirada que la recorría como si ya la hubiera poseído.

El productor le explicó el guion con una sonrisa:

—Hoy quieres más. Te gusta que te usen. Empiezas tú encima, pero después él te pone como quiera. Quiero ver esa cara de puta bien follada otra vez.

Valeria se quitó la ropa despacio frente a la cámara. Se quedó completamente desnuda. El actor se acercó por detrás, le rodeó la cintura con un brazo y con la otra mano le agarró un seno, apretándolo mientras le mordía el cuello.

—Hoy te voy a destrozar —le susurró al oído, lo bastante alto para que el micrófono lo captara.

La empujó hacia la cama. Valeria se subió encima de él, guió la polla gruesa hasta su entrada y se la metió despacio, sintiendo cómo la estiraba. Empezó a montarlo, subiendo y bajando las caderas, dejando que sus pechos rebotaran libremente. La cámara se acercó. El productor daba instrucciones en voz baja:

—Más lento… ahora más rápido. Mírame mientras te la metes toda.

Después el actor la volteó, la puso de rodillas y se la metió por detrás con un solo empujón profundo. Valeria gritó de placer. Él la agarró del cabello y la folló sin piedad, el sonido de sus caderas chocando contra el culo de ella llenando la habitación. Cada tanto la hacía mirar a uno de los espejos para que se viera a sí misma: desnuda, con la cara sonrojada, los senos colgando y la polla desapareciendo dentro de ella una y otra vez.

—Dile a la cámara lo que eres —ordenó el actor, sin dejar de embestirla.

Valeria, jadeando, obedeció:

—Soy… una puta… que se deja follar por dinero…

Eso lo excitó más. La volteó otra vez, le abrió las piernas hasta casi partirlas y se la metió de frente, profundo, mirándola a los ojos mientras la cámara capturaba cada expresión. Valeria se corrió dos veces seguidas, el cuerpo convulsionando, el fluido resbalándole por los muslos. El actor duró un poco más y finalmente se corrió dentro de ella, empujando hasta el fondo y gruñendo contra su cuello.

Cuando terminaron, Valeria estaba temblando, sudada, con el semen escurriéndole y las piernas abiertas todavía. El productor le alcanzó una toalla y el sobre con el dinero.

—Excelente trabajo —dijo, mirándola de arriba abajo—. Si sigues así, esto puede convertirse en algo permanente.

Valeria no respondió de inmediato. Solo se vistió despacio, sintiendo todavía el ardor entre las piernas y el peso del sobre en la mano.

Afuera, la noche estaba fresca. Mientras caminaba hacia la parada del autobús, el teléfono vibró. Era Andrés:

“Sé que volviste a hacerlo. No sé por qué, pero quiero verte. Ahora.”

Valeria se detuvo bajo la luz de un farol. Miró el mensaje. Después miró el sobre con los sesenta mil pesos. Y por primera vez desde que todo había empezado, no estaba segura de si lo que sentía en el pecho era culpa… o algo mucho más oscuro y caliente.

Respondió:

“Pásame por mi casa en veinte minutos.”

Y siguió caminando, con el sabor todavía fresco de lo que acababa de hacer y la certeza de que esta historia apenas estaba empezando.

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u/Smart-Walrus-6163 — 16 days ago
▲ 9 r/MiHistoriaSexual+1 crossposts

Las deudas me hicieron cuck

Me llamo Carlos. Tengo treinta y cuatro años y llevo ocho casado con Mariana. Hasta hace poco éramos una pareja normal: yo en la fábrica, ella dando clases, una casa a medias y las deudas controladas. Luego cerraron la planta. Me despidieron sin aviso y en tres meses el banco nos estaba comiendo vivos.

Una noche, después de pelear otra vez por el dinero, ella se sentó frente a mí en la cocina, con la voz temblando pero firme:

—Hay un club de table dance. Pagan bien solo por bailar. Solo eso, Carlos. Nada más.

Acepté. No tenía otra opción.

Los primeros meses solo bailaba. Yo la esperaba en el coche afuera del local, mirando cómo salía con el maquillaje corrido y billetes metidos en el sostén. Llegábamos a casa, ella se duchaba y se metía en la cama conmigo. Yo la abrazaba y trataba de no pensar en las manos que la habían tocado mientras bailaba.

Pero el dinero seguía sin alcanzar.

Una madrugada regresó más tarde de lo normal. Se quedó de pie en la puerta de la recámara, todavía con el vestido corto y los tacones. Me miró directo a los ojos y dijo:

—Hay clientes que pagan triple si te dejas follar. Acepté el primero.

Me contó todo sin adornos.

El hombre era calvo, de traje gris, unos cincuenta. La llevó a un cuarto privado. Le pagó por adelantado, le bajó el vestido y la puso de rodillas. Mariana me describió cómo le abrió la boca, cómo le metió la verga gruesa hasta la garganta y cómo le sujetó la cabeza mientras se corría. Después la volvió, le separó las nalgas y se la metió de un solo empujón. Dijo que estaba tan mojada de los nervios que entró fácil. Él la folló duro, sin prisa, agarrándola de las caderas hasta que se vino adentro. Le dejó doscientos dólares extra sobre la mesita.

Cuando terminó de contármelo, yo tenía la polla tan dura que dolía. La empujé contra la cama, le subí el vestido y le metí dos dedos. Estaba resbaladiza, todavía con el semen de otro hombre chorreándole por los muslos. Me la follé con rabia, mirándola a la cara mientras le preguntaba:

—¿Te gustó? ¿Te gustó que te llenara la boca y el coño?

Ella asintió, llorando y corriéndose al mismo tiempo.

Desde esa noche todo cambió.

Mariana empezó a aceptar clientes casi todas las noches. Algunos solo querían verla desnuda y tocarle las tetas. Otros pagaban por usarla completa. Había un tipo de construcción, grande, que la hacía montarlo en el sofá del privado y le obligaba a rebotar hasta que le dejaba el coño abierto y goteando. Otro, un ejecutivo de traje caro, prefería follársela por el culo. La primera vez que lo hizo volvió cojeando. Me enseñó el agujero rojo e hinchado y me pidió que se lo metiera yo también, todavía abierto y resbaloso del lubricante y del semen del otro.

Yo lo hacía. Siempre lo hacía.

A veces me pedía que la esperara en el coche mientras ella estaba adentro. Me mandaba mensajes: “Ya me la está metiendo”, “Me está corriendo en la cara”, “Dice que quiere que le chupe los huevos después”. Yo me masturbaba en el asiento del conductor leyendo eso, imaginándola de rodillas, con la boca llena, con las piernas abiertas y otro hombre empujándole hasta el fondo.

Cuando regresaba a casa olía a sexo. A sudor ajeno, a perfume barato, a semen. Yo la tiraba en la cama sin dejarla ducharse. Le lamía el coño todavía lleno, le chupaba las tetas marcadas por dedos extraños y se la metía mientras ella me contaba cada detalle: cómo le habían abierto las piernas, cómo le habían hablado, si se había venido o no, si le habían pedido que diga “más duro” o “lléname”.

Una noche un cliente la llevó a un hotel. Le pagó quinientos por quedársela hasta las cuatro de la mañana. Cuando llegó a casa caminaba raro. Me dijo que el tipo la había follado tres veces: una en la boca, otra en el coño y la última en el culo, y que al final le había pedido que se arrodillara para que le corriera en la lengua. Todavía tenía restos secos en la comisura de los labios. Me arrodillé frente a ella, le abrí la boca con los dedos y lamí todo lo que quedaba mientras ella me miraba desde arriba, con los ojos vidriosos.

—Soy tu puta —me susurró—. La puta que mantiene la casa.

Y yo, con la verga latiendo y el corazón destrozado de excitación, solo pude responderle:

—Sí. Y me encanta.

Las deudas bajaron. La casa se salvó. Pero cada vez que ella salía por la puerta con el bolso y los tacones, yo sabía exactamente lo que iba a pasar. Y cada vez que regresaba, con el coño usado y la boca hinchada, yo estaba ahí, listo para follármela otra vez y preguntarle todos los detalles.

Porque ya no éramos solo un matrimonio.

Éramos esto.

u/Smart-Walrus-6163 — 16 days ago
▲ 15 r/MiHistoriaSexual+2 crossposts

Cornudo termina mal

Empecé yo.

Fue mi idea. Mi puta y cobarde idea.

Llevábamos casi dos años juntos. Sofía era mi novia, la mujer que más me excitaba del mundo y, al mismo tiempo, la que más me aterraba perder. Una noche, después de follar, con el sudor todavía fresco y su cabeza apoyada en mi pecho, le solté la confesión que llevaba meses masticando:

—Quiero… quiero que te folles a otro. Quiero verlo. Quiero que me hagas cuckold.

Ella se quedó callada unos segundos. Luego se incorporó, me miró a los ojos y preguntó, casi riendo:

—¿Estás seguro de lo que estás pidiendo?

Le dije que sí. Que lo había pensado mil veces. Que me corría solo de imaginarla con otro hombre, más grande, más duro, más dominante. Que quería que avanzáramos despacio. Que yo controlaría los límites.

Al principio fue así.

Primero solo charlas. Ella empezó a hablarme de tipos que le gustaban en el gimnasio, en el trabajo. Yo me tocaba mientras ella me contaba. Después vino el chat. Un chico de una app. Fotos. Videos cortos. Yo leía todo desde el sofá, con la polla en la mano, mientras ella se reía y me decía “mira lo que me manda”.

El primer encuentro real fue en un hotel barato. Yo me quedé en el coche. Ella entró. Estuvo adentro cuarenta minutos. Cuando salió, el pelo revuelto y el maquillaje corrido, me subí encima de ella en el asiento del copiloto y le chupé el coño todavía abierto y lleno del semen de otro. Me corrí en dos minutos. Esa noche dormimos abrazados y yo me sentí el hombre más excitado y más asqueroso del planeta.

Después vinieron más. Siempre con condón. Siempre con reglas. Yo podía mirar desde una silla en la esquina. A veces desde el armario. A veces solo escuchaba por el teléfono. Sofía se iba volviendo más atrevida. Empezó a pedirles que la follaran más fuerte, que le hablaran sucio, que me miraran a mí mientras se la metían. Yo me convertí en el tipo que sostiene la cámara, el que limpia, el que le lame la polla de otro hombre cuando se la sacan de la boca de ella.

Todo iba “bien”. O eso creía yo.

Hasta la sexta vez.

Se llamaba Marcos. Más alto que yo, más ancho, polla gruesa y venosa que a Sofía le gustaba demasiado. Esa noche estábamos los tres en el mismo cuarto. Yo sentado en la silla, pantalones bajados, masturbándome lento como siempre. Sofía de rodillas, chupándosela. Después él la puso a cuatro patas en la cama y empezó a follársela por detrás. Yo veía cómo el condón se tensaba cada vez que entraba hasta el fondo.

De pronto Marcos se detuvo. Miró hacia atrás, hacia mí, y con una sonrisa de lado se sacó la polla. El condón quedó colgando de la punta, brillante de lubricante y de los jugos de Sofía. Él se lo quitó del todo, lo tiró al suelo y volvió a meterse dentro de ella de un solo empujón.

Sofía soltó un gemido largo, sorprendido.

—Marcos… el condón…

—Shhh. Hoy te la voy a echar dentro. Quiero sentir cómo te aprietas cuando te lleno.

Yo me quedé paralizado. La silla crujió bajo mi peso. Quise levantarme. Quise gritar. Pero la polla se me puso más dura que nunca y las palabras no salieron. Sofía giró la cabeza hacia mí. Sus ojos estaban vidriosos, la boca abierta. Me miró un segundo… y no dijo que parara.

Marcos la folló más fuerte. Más profundo. Le agarró las caderas y la usó como si yo no existiera. Cuando se corrió, lo hizo con un gruñido animal, clavándosela hasta el fondo y quedándose ahí, bombeando. Yo vi cómo el semen le desbordaba por los lados, espeso, blanco, bajándole por los muslos.

Sofía temblaba. Se vino también. Fuerte. Más fuerte que conmigo en meses.

Cuando Marcos se salió, el semen le goteaba del coño abierto. Ella se dejó caer de lado, respirando agitada. Yo me acerqué como un idiota, me arrodillé entre sus piernas y empecé a lamer. El sabor era amargo, denso, ajeno. Me corrí en el suelo sin apenas tocarme.

Esa noche dormimos los tres en la misma cama. Yo en el borde, Sofía en el medio, Marcos abrazándola por detrás. Yo escuché cómo se la volvía a meter a las tres de la mañana, sin condón otra vez, mientras yo fingía dormir.

Pasaron tres semanas.

Sofía empezó a sentirse mal. Náuseas. Retraso. El test de embarazo salió positivo un martes por la mañana, en el baño de nuestro departamento. Ella me lo mostró en silencio. Las dos rayitas.

Nos miramos.

Yo intenté hablar. Intenté decir que podíamos… que lo hablaríamos… que tal vez…

Ella negó con la cabeza.

—No puedo, amor. No puedo seguir con esto. Cada vez que te miro veo la silla. Veo cómo te quedaste callado mientras él se lo quitaba. Veo cómo le lames el semen después. Y ahora… esto.

La pelea fue larga y fea. Lloramos los dos. Yo le pedí perdón mil veces. Le dije que había sido un juego, que se nos había ido de las manos, que yo nunca quise que la embarazara de verdad. Ella solo repetía que ya no podía mirarme igual.

Al final se fue.

Se mudó con una amiga. El bebé nació siete meses después. Niño. Ojos oscuros, como los de Marcos. Yo lo supe en cuanto vi la foto que me mandó, solo por cortesía, con un mensaje frío:

“Está sano. No necesito nada de ti.”

Ahora vivo solo. A veces, cuando estoy muy borracho o muy caliente, me acuerdo de esa noche. De cómo se le salía el semen por los muslos. De cómo Sofía me miró y no dijo que parara. Y me toco hasta correrme, odiándome un poco más cada vez.

Quise ser cuckold.

Quise verla con otro.

Quise que avanzáramos despacio.

Y terminé perdiéndola por completo.

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u/Smart-Walrus-6163 — 17 days ago

Mis primeros cuernos

Los primeros meses con ella fueron perfectos. Realmente perfectos. Nos reíamos de todo, nos mandábamos mensajes a todas horas, y cuando estábamos juntos parecía que el resto del mundo desaparecía. Yo estaba enamorado. Estúpida y completamente enamorado.

Una tarde, mientras estábamos en mi departamento, ella me pidió el celular.

—Necesito entrar a Facebook un momento, el mío se quedó sin batería.

Se lo pasé sin pensarlo dos veces. El teléfono estaba lleno de historial de porno cuck. Videos de negros enormes follándose a novias blancas, comentarios, búsquedas… todo. Pero ella solo iba a entrar a Facebook. No iba a revisar nada más. Eso pensé.

Se sentó en el sofá, bloqueó la pantalla con el cuerpo y tecleó. Yo seguí con lo mío. Cuando me lo devolvió, sonrió y me dio un beso.

—Listo.

No me di cuenta de que había dejado la sesión abierta.

Al día siguiente estaba en la universidad cuando el teléfono vibró. Una notificación de Messenger.

Nos vemos.

Abrí la app y me congelé. No era mi cuenta. Era la de ella. Había dejado la sesión abierta en mi teléfono.

Entré a la conversación. El otro tipo se llamaba algo como “Marcus”. Había fotos. Una de ellas era un pene negro, grueso, largo, venoso. Ella había respondido:

Eso no me va a caber… el de mi novio no es ni la mitad de eso.

Habían quedado de verse a las doce.

Me quedé mirando la pantalla como idiota. El corazón me golpeaba en la garganta. Empecé a mandarle mensajes a ella:

Amor, dónde estás?

Todo bien?

Contéstame.

Nada. Silencio hasta pasado de las cuatro.

A las 4:17 respondió:

Perdón, tuve un problema. Ya estoy libre.

Le escribí que iba a ir a verla. Ella contestó:

Está bien.

Cuando llegué a su departamento, ella abrió la puerta y me sonrió como siempre. Me besó. Pero el beso fue raro. Corto. Como si le costara. Aun así lo hizo. Y entonces lo sentí.

El sabor.

Semen.

Me separé un poco y la miré. Ella bajó la vista un segundo y después habló, con esa voz calmada que usaba cuando quería restarle importancia a algo:

—Fui a ver a un chico. Solo nos besamos. Nada más. Te lo juro.

Discutimos. Yo levanté la voz, ella también. Me dijo que no había pasado nada serio, que solo había sido un momento de curiosidad, que me quería a mí. Al final terminamos en la cama, como siempre terminábamos las peleas.

Cuando me metí entre sus piernas y la penetré, lo noté de inmediato. Estaba… abierta. Más de lo normal. Y resbaladiza de una forma distinta. Caliente y espesa. Llena.

No dije nada.

Solo seguí empujando. Sentía cómo se deslizaba demasiado fácil, cómo mi pene se movía dentro de algo que no estaba solo mojado de ella. Cada embestida hacía un sonido húmedo, pesado. Ella gemía contra mi cuello, aferrada a mis hombros, y yo no pregunté. No quise preguntar.

Seguí follándola así, sintiendo lo que había dejado el otro dentro de ella, y no detuve ni una sola embestida.

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u/Smart-Walrus-6163 — 17 days ago

Los ojos de la abuela

Doña Rosa tenía casi setenta años y hacía meses que el mundo se le iba nublando. Las caras de su hija Marta y de su nieta Valeria se volvían borrosas por las tardes. Nunca lo dijo. Prefería callar antes que ver la preocupación en los ojos de las dos mujeres que más quería.

Valeria, de veintidós años, fue la primera en notarlo. Una tarde vio cómo su abuela confundía el salero con el azucarero y cómo se aferraba al barandal con una fuerza que antes no necesitaba. Esa noche se lo contó a su mamá.

—Mamá… la abuela casi no ve. Y no quiere decirlo para no preocuparnos.

Marta solo respondió con la verdad cruda:

—No tenemos dinero para médicos caros, Valeria.

La universidad, la comida y las medicinas se comían casi todo. Valeria buscó trabajo. El único que encontró rápido fue de edecán en un bar del centro: falda corta, blusa ajustada que marcaba el pecho, sonrisa fija y copas que servir. Su novio, Andrés, se puso celoso de inmediato.

—¿En un bar, vestida así? No me gusta.

Después de discutir un par de noches, bajó la cabeza.

—Si es por tu abuela… está bien. Solo cuídate.

En el bar, un hombre de traje oscuro y mirada lenta se le acercó. Se presentó como productor.

—Tienes cuerpo de cámara —le dijo, recorriéndola con los ojos desde el escote hasta las piernas—. Podrías ser actriz. Si quieres, mañana te tomo unas fotos de prueba en mi estudio.

Valeria dudó, pero el dinero que prometía era demasiado tentador. Al día siguiente fue.

El estudio era pequeño, con luces cálidas y un sofá blanco. Las primeras fotos fueron normales: sonriendo, de perfil, mirando a cámara. Hasta que el hombre bajó la voz, casi rozándole la oreja:

—Ahora quítate la blusa. Solo los senos. Es para el casting.

Valeria se tensó, pero él insistió con suavidad mientras ajustaba la cámara.

—No te preocupes… solo quiero ver cómo se ven bajo la luz. Tienes unos pechos hermosos, se nota aunque estén vestidos.

Ella dudó unos segundos. Al final se desabrochó la blusa. Los senos firmes y redondos quedaron al aire. El productor se acercó un poco más, instruyéndola:

—Archiva la espalda… así. Ahora apriétalos un poco con las manos. Mírame a la cámara como si quisieras que te los chupara.

El obturador sonaba una y otra vez mientras Valeria, sonrojada y con el pecho subiendo y bajando más rápido de lo normal, posaba. El aire acondicionado le endureció los pezones. El hombre sonrió con aprobación.

—Perfecto. Por cada película puedes ganar cuarenta mil pesos. Piénsalo.

Ella se vistió y se fue sin aceptar… todavía.

Días después, la abuela tropezó en la cocina y se golpeó la cabeza. En el hospital el médico fue directo:

—Cataratas avanzadas en ambos ojos. Veinte mil pesos por ojo. Si no se opera pronto, puede perder la visión por completo.

Cuarenta mil en total.

Esa misma noche Valeria le escribió al productor. Aceptó grabar el video.

El set era más grande esta vez. Luces profesionales, una cama grande con sábanas blancas y un hombre atractivo esperándola: el actor con el que iba a grabar. El productor le explicó el guion con naturalidad:

—Empiezan besándose… luego él te desnuda despacio. Tú te dejas. Después lo montas. Quiero ver tus tetas rebotando y esa cara de placer. Si lo haces bien, el pago es completo.

Valeria se quedó en ropa interior: un conjunto negro que apenas cubría nada. El actor se acercó, le tomó la cara entre las manos y la besó. La lengua caliente, las manos firmes bajando por su espalda hasta apretarle el culo. Ella cerró los ojos y se dejó llevar. Él le bajó los tirantes del brasier y sus senos quedaron libres otra vez. Los tomó con ambas manos, los masajeó y se inclinó para chupar un pezón mientras los dedos de la otra mano se metían entre sus piernas, encontrándola ya húmeda.

—Mierda, estás mojada —susurró él cerca del micrófono.

La cámara no dejaba de grabar. Valeria jadeó cuando él la empujó suavemente hacia la cama, le quitó el pantie y abrió sus piernas. Primero la lamió despacio, con la lengua recorriendo sus pliegues, chupando el clítoris hasta que ella arqueó la espalda y soltó un gemido ahogado. Luego se puso encima, alineó la polla dura contra su entrada y entró de un solo empujón profundo.

Valeria soltó un gemido más fuerte. Él empezó a follarla con ritmo constante, profundo, mirando a la cámara de vez en cuando. Después la volteó, la puso a cuatro y la tomó por las caderas, embistiéndola con más fuerza. Sus senos colgaban y rebotaban con cada embestida. El productor, desde detrás de la cámara, solo decía:

—Más fuerte… ábrele más las piernas… mira a cámara mientras te la mete.

Al final la hizo montarlo. Valeria se sentó sobre él, guió la polla hasta el fondo y empezó a subir y bajar las caderas, primero lento, después más rápido, con las manos apoyadas en el pecho del actor. Sus pechos rebotaban libremente. Jadeaba, gemía, y en un momento se corrió con un temblor visible, apretándolo por dentro. Él la siguió poco después, corriéndose dentro de ella mientras la cámara capturaba todo.

Cuando terminaron, Valeria estaba sudada, con las piernas temblando y el semen escurriéndole entre los muslos. Le pagaron los cuarenta mil en efectivo esa misma noche.

La operación de la abuela se programó. Recuperó bastante la vista.

Pero el video no se quedó en el set. Alguien lo filtró. En menos de tres días el rumor corrió por toda la universidad: el nombre de Valeria, capturas, fragmentos. Andrés se enteró por un compañero. Cuando la confrontó, la voz le temblaba.

—¿Por dinero? ¿Te dejaste follar frente a una cámara por dinero?

Valeria no negó nada.

—Por los ojos de mi abuela. No tenía otra forma.

Andrés se fue sin gritar. Solo cerró la puerta.

La abuela nunca supo de dónde había salido el dinero. Marta tampoco preguntó demasiado. Valeria siguió yendo a clases, soportando las miradas y los susurros. A veces, cuando su abuela la miraba con esos ojos ya más claros y le decía “qué buena nieta tengo”, ella solo sonreía y respondía en voz baja:

—Hice lo que tenía que hacer.

Y en esa frase cabía todo: el miedo, la vergüenza, el placer que había sentido a pesar de todo… y el precio exacto que había pagado.

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u/Smart-Walrus-6163 — 18 days ago