{story} Una Ofrenda Irreversible
Me llamo Alex. Tenía 28 años y, desde hacía mucho tiempo, cargaba con una fantasía que me consumía por dentro: ser devorado. No de forma romántica ni suave. Quería sentirlo de verdad. El calor húmedo, la presión implacable, el lento y definitivo proceso de convertirme en parte de alguien más fuerte. Había leído historias, visto videos discretos y soñado mil veces con el momento en que unas fauces me tragaran entero.
Esa noche, en el bar frecuentado por preds y presas, lo vi.
Se llamaba Marcus. Era alto, de hombros anchos y una barriga prominente que hablaba de muchas comidas anteriores. Su camiseta negra se tensaba sobre esa panza redonda y pesada, y cuando se movía, se podía oír un leve gorgoteo desde dentro. Sus ojos se posaron en mí y sonrió con esa mezcla de hambre y diversión que hace que las rodillas se te aflojen.
Hablamos poco. Le dije directamente lo que quería.
—Quiero ser tu comida. Quiero que me tragues entero y que no me saques nunca.
Marcus levantó una ceja, divertido.
—¿Estás seguro? Una vez que entres ahí —dijo, acariciándose la barriga, solo hay una salida. Y no es bonita.
Asentí con el corazón latiéndome en la garganta. Estaba más que seguro.
Me llevó a su departamento. Apenas cerramos la puerta, ya estaba sobre mí. Sus manos grandes me apretaron contra su cuerpo y sentí el calor que emanaba de su estómago. Olía a sudor limpio y a algo más profundo, animal.
—Última oportunidad —murmuró contra mi oído.
—No quiero otra oportunidad.
Me besó con fuerza, casi como probándome, y luego abrió la boca. Fue mucho más grande de lo que esperaba. Su lengua caliente y resbaladiza me lamió la cara entera, saboreándome con un gemido grave que vibró en su pecho. El olor era intenso: saliva espesa, aliento cálido con un toque ácido. Me empujó la cabeza dentro.
El mundo se volvió rojo y húmedo.
Sus labios se estiraron alrededor de mis hombros mientras tragaba. (GLUCK). El sonido fue ensordecedor desde dentro. La garganta de Marcus me apretó como un tubo de carne caliente y pulsante. Cada contracción me arrastraba más profundo. Sentí sus dientes rozando mi espalda mientras mis brazos quedaban pegados a mis costados. Intenté moverme, pero ya no había espacio. Solo calor, presión y el latido fuerte de su corazón rodeándome.
(GLLLRRK).
Otro trago poderoso. Mis caderas entraron. Sentí cómo mi torso se deslizaba por su esófago, formando un bulto visible en su cuello y luego bajando hacia esa panza que tanto había admirado. Mis piernas patalearon un poco en el aire antes de que Marcus las levantara y las empujara dentro con una mano firme.
El último trago fue el más fuerte.
(GLLLLUUUURK).
Caí de golpe dentro de su estómago.
El impacto fue brutal. El interior era un saco caliente, húmedo y sorprendentemente estrecho para lo grande que se veía por fuera. Los pliegues de la mucosa se cerraron a mi alrededor como una bolsa viva. El aire era denso, cargado de un olor acre y dulzón. Los jugos gástricos ya empezaban a acumularse, tibios y cosquilleantes contra mi piel desnuda.
Escuché la voz grave de Marcus retumbando desde arriba, distorsionada por capas de carne.
—Joder… qué buena presa. Te sientes pesado ahí dentro.
Intenté responder, pero solo salió un sonido ahogado. El estómago se contrajo a mi alrededor en una fuerte oleada, apretándome en posición fetal. Sentí cómo Marcus se sentaba y se sobaba la panza. Cada movimiento suyo hacía que las paredes se movieran, masajeándome con fuerza.
Al principio fue casi placentero. El calor, la presión rítmica, el sonido constante de su cuerpo trabajando a mi alrededor. (Glllorp… glorp…) Los jugos subían poco a poco, cubriéndome las piernas, luego la cintura. Empecé a sentir un hormigueo intenso, como miles de pequeñas agujas calientes disolviendo mi piel.
—Marcus… —logré decir, con la voz quebrada—. Esto es… intenso.
Él soltó una risa baja que hizo vibrar todo el estómago.
—Esto recién empieza, comida.
Los minutos se volvieron borrosos. El ácido subía más. Los gorgoteos se hicieron más fuertes y agresivos. (CHUUURGLE… GLUUURBBLE…) El estómago se sacudía con contracciones poderosas, revolviéndome como si fuera ropa en una lavadora. Sentí cómo mi piel se ablandaba. El dolor llegó en oleadas: primero ardor, luego un profundo cansancio muscular mientras mis fuerzas se iban disolviendo.
Empecé a entrar en pánico.
—¡Marcus! ¡Es demasiado! ¡Quiero salir!
Solo recibí un fuerte (BUUUUURRRRP) como respuesta, seguido de su mano presionando desde afuera, aplastándome más contra las paredes corrosivas.
—No hay salida, Alex. Te lo advertí. Eres comida ahora. Mi comida.
Las súplicas se volvieron más desesperadas. Lloré, grité, me retorcí. Pero cada movimiento solo hacía que los ácidos entraran más profundo, acelerando el proceso. El estómago de Marcus no tenía piedad. Era un órgano perfecto para digerir presas grandes: fuerte, incansable, diseñado para convertir carne en nutrientes.
Horas después, ya no podía moverme bien. Mis extremidades se sentían blandas, como gelatina. El mundo era solo calor, ácido y los sonidos constantes de la digestión: (SQUEEEELCH… GLORRP… CHUUURRRGGLE…) Cada burbuja de gas que subía arrastraba consigo trozos de lo que había sido mi piel.
En algún momento, Marcus se acostó.
Cerré los ojos, exhausto. Ya no dolía tanto. Solo quedaba una extraña sensación de rendición. De disolución.
Mientras la conciencia se me escapaba, rodeado por los sonidos triunfantes del estómago de Marcus, pensé en lo que había deseado durante tanto tiempo.
Lo había conseguido.
Ya no era Alex.
Solo era una panza llena, pesada y satisfecha, destinada a convertirse en grasa, músculo y energía para el depredador que me había reclamado por completo.