Relato erótico: conocí a un paypig sin saber siquiera que era eso

Contexto rápido para quienes tampoco saben. Paypig: alguien que obtiene satisfacción de dar dinero dentro de una dinámica con otra persona.

Empecé a publicar relatos eróticos porque descubrí que escribirlos me excitaba casi tanto como leerlos. Había algo profundamente íntimo en convertir una fantasía en palabras. Detenerme en los detalles, elegir exactamente qué decir y qué callar, prolongar durante páginas una escena que en la imaginación apenas duraba unos segundos.
 
Andrés, mi esposo, no solo lo sabía. Era parte de todo aquello. Era mi primer lector, mi crítico más honesto y, algunas veces, el hombre que más disfrutaba viendo hasta dónde podía llevar una fantasía.
 
Entre nosotros existe una libertad que muchos envidiarían: puedo tener sexo con otros hombres mientras él tenga la posibilidad de presenciarlo. Tambien puedo conversar con quien quiera, coquetear, dejarme seducir o intercambiar mensajes cargados de deseo. No necesito esconder nada. Tampoco rendir cuentas. Si pregunta respondo con absoluta sinceridad. Si no lo hace, cada uno continua con su vida. Pero incluso las relaciones mas libres necesitan fronteras para sostenerse. La nuestra tambien las tenia.
 
La fantasía cuckold ya habia dejado de ser una fantasia. Se habia convertido en un recuerdo compartido. Ya me había dejado coger por otro mientras Andrés miraba, se tocaba y se corría viéndome. Le había gustado tanto que quería mantener esa dinámica. Cualquier nuevo hombre que me metiera la verga debía hacerlo con él en la habitación. Esa era la regla.
 
Entre esas interacciones por correo con mis lectores, Juan apareció.
Comentó uno de mis relatos con un mensaje largo, preciso y asqueroso. Describía exactamente en qué momento se le endureció la polla, cómo se imaginaba mi boca abierta mientras escribía esa escena. Le respondí. Y en tres días ya estábamos en Telegram.
 
Juan era exactamente lo que yo esperaba encontrar detrás de un relato como los míos: un hombre excitado, curioso, atrevido. Al principio todo se mantuvo dentro de lo permitido: Texto, fantasía , sexo escrito, notas de voz que él me pedía y yo le mandaba sin problema. Me preguntaba por mis relatos, por mi relación, por mis gustos.
 
Aún recuerdo el primer sexting que tuvimos. Recreamos una escena en un club oscuro, con luces rojas y violetas que se reflejaban en el sudor de las pieles. Olía a alcohol barato, a perfume barato y a sexo contenido. Bailaba con Juan y luego con Andres, y en algunos casos bailábamos los tres. Cada vez que alguno era mi pareja de baile, me aseguraba de hacerme sentir. Cuando me pegaba a Juan, rozaba mi trasero contra la verga dura que se le marcaba en el pantalón al ritmo lento y pesado de una bachata. Sentía el calor de su erección a través de la tela, gruesa, latente. Apoyaba la cabeza hacia atrás sobre su hombro y mi cabello rizado se enredaba con su barba. Él me sujetaba la cadera con fuerza y yo movía el culo contra él con descaro, sintiendo cómo se le ponía todavía más dura.
 
Después me giraba, le hablaba sucio pegada a su oído, dejándole sentir mi aliento caliente y el olor de mi perfume mezclado con el sudor del baile. Le decía lo mucho que quería sentir esa polla abriéndome. Mientras tanto miraba por encima de su hombro a Andrés, que nos observaba desde la mesa, y le guiñaba el ojo o le sonreía con la boca entreabierta, provocándolo. La tensión era espesa, casi líquida.
 
En la historia le dije a mi esposo que iba a cogerme a Juan. Mientras se lo decía, puse mi mano sobre el pantalón de Andrés y apreté la polla dura que tenía. La sentí latir contra mi palma. En la siguiente canción volvía a jugar con Juan, le lamía el lóbulo de la oreja y le metía la mano dentro del pantalón. Envolví los dedos alrededor de su verga caliente, gruesa, con las venas marcadas. Estaba resbaladiza de líquido preseminal. Al mismo tiempo él metía la mano por debajo de mi falda, apartaba la tanga empapada y me hundía dos dedos de golpe en el coño. Entraron sin resistencia. Estaba tan mojada que se escuchaba el sonido húmedo cada vez que los movía. Me folló con los dedos al ritmo de la música mientras yo le masturbaba la polla con la mano entera, sintiendo cómo le latía contra los dedos.
 
El sexting continuó con la narración camino a casa. Dentro del Uber, a oscuras, el manoseo se volvió más sucio. A cuatro manos. Andrés me besaba el cuello mientras Juan me abría más las piernas y me metía los dedos otra vez, ahora más profundo, curvándolos para tocarme ese punto que me hacía arquear la espalda. Cada una de mis tetas le pertenecía a uno de ellos. El olor a sexo ya se sentía dentro del auto.
Al llegar, escribí en el chat que Andrés iba a servirse una copa de whiskey. Que Juan y yo nos adelantábamos a la habitación. Subiendo la escalera, le describí cómo movía el trasero despacio, sabiendo que él iba detrás y podía mirarme por debajo de la falda. La tanga negra estaba tan empapada que se me pegaba a los labios del coño. Le dije que si alzaba un poco más la tela podría ver cómo me brillaba el coño de lo mojada que estaba.
 
Juan escribió exactamente lo que quería al entrar al cuarto: que me sentara en el borde de la cama, que le bajara el pantalón con los dientes y que empezara a chupársela.
 
Le escribí todo con detalle: Cómo me arrodillaba frente a él. Cómo le bajaba la cremallera y sacaba esa polla gruesa, oscura, con la cabeza hinchada y brillante. Cómo me la frotaba primero contra los labios, sintiendo el calor y el olor fuerte, masculino, a sexo. Cómo sacaba la lengua y lamia desde la base, despacio, siguiendo cada vena gruesa hasta llegar a la punta. Allí encontraba la gota espesa de líquido preseminal que estaba a punto de caer. La recogía con la punta de la lengua y me la metía en la boca. Le escribí que sabía salado, un poco amargo, caliente. Que después abría la boca y me la metía entera, empujando hasta sentir la cabeza golpearme la garganta. Los hilos de saliva se me escurrían por la barbilla mientras lo chupaba con ganas, mirándolo a los ojos.
 
Juan tardaba cada vez más en responder. Cuando por fin lo hizo, escribió que me empujaba hacia atrás sobre la cama, me abría las piernas de un tirón y se enterraba entre mis muslos. Me describió cómo me lamía el coño con la lengua plana, de abajo hacia arriba, terminando cada lamida con una succión fuerte en el clítoris. Cómo me abría los labios con los dedos para chuparme mejor, cómo me follaba con la lengua mientras yo me agarraba a su pelo. Me hizo correrme así, describiéndome el sabor de mi propio coño en su boca, el olor a coño mojado.
 
El sexting terminó con él subiendo sobre mí, acomodando la polla gruesa entre mis labios hinchados y empujando de un solo tajo hasta el fondo. Sin condón. Me la metió completa. Me describió cómo se sentía el calor de mi coño apretándolo, cómo me follaba con ganas, profundo, sacándola casi entera para volver a enterrarla hasta los huevos. Me decía que iba a correrse dentro, que quería llenarme. Que quería sentir cómo su leche caliente me llenaba el útero mientras yo me aferraba a su espalda.
 
Y así terminó: con él corriéndose profundo dentro de mí, a chorros espesos, mientras yo le apretaba la polla con el coño y le pedía que me lo dejara todo adentro. Al final, envió una foto de como su semen había quedado sobre su abdomen.
 
Pensé que allí acabaría esta interacción con Juan. Que me escribiría un par de días después cuando estuviera otra vez erecto para jugar de nuevo a imaginarnos. Pero había algo diferente en él. Juan no parecía interesado únicamente en conseguir algo de mí.
Parecía interesado en mí.
 
Al día siguiente me escribió como un contacto normal: un saludo, un deseo de buenos días. Me preguntaba cómo había sido mi día. Recordaba cosas que yo había mencionado casualmente. Quería saber qué me gustaba, qué me hacía reír, qué cosas me daban vergüenza. A los pocos días la conversación fue transformándose y una tarde decidí llamarlo por Telegram. Dudé solo un instante, pero continué. Su voz era más grave de lo que imaginaba. Al colgar, Juan me escribió lo mucho que le gustaba mi tono de voz, mi acento colombiano. Me hacía sentir deseada.
 
Esa dinámica se empezó a volver normal y aún no estoy segura de por qué empecé a saltarme límites.
 
El primero fue el de “no llamadas sexuales”.
No fue planeado. Simplemente lo llamé como cualquier otro día, pero la conversación se fue cargando de ganas. Me contó cómo se le ponía de dura solo de hablar conmigo, de escuchar mi tono de voz. Yo había empezado a humedecer mi entrepierna algunos minutos antes. Me pidió que le describiera qué me excitaba si estuviera ahí. Empecé a hablarle sucio. Le dije que me estaba tocando el coño, que lo tenía hinchado, que se me resbalaban los dedos de lo mojada que estaba. Él me pidió que me metiera 2 dedos y me marcó el ritmo que quería que siguiera. Puse el altavoz, me recosté en el sofá, abrí las piernas y empecé a masturbarme de verdad mientras le hablaba. Comencé a gemirle al oído, le dije su nombre con la voz rota. Le conté cómo me imaginaba su pene abriéndome, cómo quería que me la metiera hasta el fondo. Él respiraba pesado al otro lado. Me pedía que no parara, que gimiera más fuerte, que le dijera exactamente dónde lo sentía. Me corrí escuchándolo jadear mi nombre. Cuando colgamos, me temblaban las manos y tenía el coño palpitando. Había cruzado una línea que hasta ese momento no había cruzado con nadie.
 
Juan lo notó de inmediato.
Me escribió minutos después:
—Me encanta como gimes. Acabas de romper un límite por mí… y se me puso todavía más dura solo de pensarlo. Me encanta que lo hayas hecho.
 
Después empezaron a colarse las conversaciones personales. Otro límite enfocado en tratar de dejar afuera los sentimientos.
No fue de golpe. Primero fue una foto del café de la mañana. Después una queja sobre un proyecto que tenía. Él me preguntaba cómo me iba, se preocupaba, me mandaba fotos de su propio día. Yo le respondía. Poco a poco el chat dejó de ser solo sexo. Había espacio para lo cotidiano, para lo que no tenía nada que ver con follar. Y eso, de alguna forma, me acercaba más a él.
 
Juan lo disfrutaba abiertamente.
—Me calienta que le cuentes a otras personas que quieres coger conmigo—me dijo una noche. Y yo sentía que él quería entrar donde no debería.
 
Y entonces comenzó a hacer algo que al principio no supe cómo interpretar. Me consentía. La primera vez que quiso enviarme dinero dijo que era para que comprara ropa interior y le enviara una foto con unos cacheteros rojos, pero luego entendió que ahí había un límite. Así que decidió hacerlo por nada a cambio.
 
—¿Qué es esto?
—Para ti.
—¿Para mí qué?
—Para que te compres algo que te guste.
 
Me reí. Le dije que no tenía sentido, que estaba loco. Que no tenía que hacerlo. Que podía hablar conmigo sin necesidad de mandarme absolutamente nada. Pero él insistió. No quería una foto. No quería una conversación sexual a cambio. No quería que le prometiera nada. Simplemente quería consentirme.
 
Eso fue lo que más me desconcertó. Porque estaba acostumbrada a entender las cosas como intercambios. Yo doy algo, alguien recibe algo, fin del asunto. Juan parecía disfrutar precisamente de lo contrario. Disfrutaba dar.
Y, para mi sorpresa, yo disfrutaba esa forma de sentirme deseada.
 
Era la sensación de saber que, en algún lugar, había un hombre pensando en mí y preguntándose qué podía hacer para hacerme sonreír.
 
Una tarde escribió:
—¿Qué te comprarías si yo te dijera que hoy quiero consentirte?
 
—No sé. ¿Maquillaje? — Le respondí en broma.
 
—Entonces cómprate maquillaje.
 
—Juan...
 
—Algo que te haga sentir preciosa—. Me interrumpió
 
Me quedé mirando la pantalla durante unos segundos. No necesitaba maquillaje. Podía comprármelo yo. Pero terminé haciéndolo. Y cuando se lo conté, no me pidió una foto.
 
Solo respondió:
—Quiero imaginarte feliz.
 
Aquella frase me hizo algo extraño porque hasta entonces había pensado que el atractivo estaba en conseguir mi atención. Juan parecía encontrar placer en algo mucho más sencillo: en hacerme disfrutar.
 
Empecé a notar que esperaba sus mensajes. No solamente los sexuales. Esperaba el “buenos días”.
La pregunta de cómo me había ido.
La pequeña sorpresa.
El mensaje que aparecía de repente porque había visto algo y había pensado en mí.
 
Y algunas veces llegaba otra transferencia, sin explicación. Sin exigencia.
 
—¿Y esto?
 
—Porque sí.
 
—Estás loco.
 
—Probablemente.
 
Me acostumbré peligrosamente rápido a que alguien me consintiera, a que alguien quisiera facilitarme un capricho. A sentir que había un hombre al otro lado de la pantalla al que le producía placer saber que podía darme algo que yo quería.
 
Y entonces ocurrió algo que me avergonzó un poco reconocer: empecé a querer darle algo a cambio. No porque él me lo pidiera, de hecho era precisamente porque no me lo pedía. Si me decía que le gustaba escuchar mi voz, a mí me nacía enviarle otra nota de voz. Si le gustaba que le dijera como se la chuparía, yo le decía: Te pasaría mi lengua desde la punta hasta la base solo para sentir tu verga dura por mí, te chuparía hasta tus huevos, y luego llegaría a la punta para así meterla toda en mi boca, empezaría despacio y no pararía de mirarte, me encantaría ver cómo te retuerces del placer que te estoy generando, luego pondría tu mano en mi cabello para que me guíes a un ritmo, cada vez más rápido mientras con mi mano aprieto tus bolas y solo te miro mientras te corres en mi boca.
 
Poco a poco, quería darle un poco más, y la única manera que tenía, al menos por ahora, era saltar algún limite. No era un intercambio explícito. Era más sutil. Más peligroso.
 
Y entonces rompí el acuerdo de “no notas de video”.
Fue algo que empezó inocente. Un día le mandé un video corto, de apenas unos segundos, saludándolo. Sonreía a la cámara, le decía “hola” con voz suave y me tocaba el pelo. Quería agradarle. Quería provocarlo un poco también. Él respondió diciéndome que se había puesto duro solo con eso. Nada explícito todavía, pero ya estábamos en un terreno que antes no pisábamos.
 
Juan no dejó pasar el momento:
—Uff Tatiana, otro acuerdo que cruzaste por mí. Me encanta verte ceder así. Sigue.
 
Quizás porque entendí que aquello ya no era solamente dinero. Era atención. Era deseo. Era una forma extraña de intimidad.
 
El último límite que crucé fue el de las fotos de cuerpo completo. Juan me pidió una. Nada íntimo. Solo quería ver mi silueta, cómo me veía de pie, de frente, de espaldas. Dudé. Al final se la envié. No fue algo de ese mismo momento; la busqué en la galería de mi celular. Estaba de pie en la orilla de la playa, sonriendo con la boca abierta, los dientes blancos a la vista y mis gafas de sol. Llevaba un vestido de baño tankini negro cuyo top de tirantes anchos y escote generoso marcaba y sostenía mis tetas al mismo tiempo que la zona del torso se ajustaba perfectamente para dejar ver mi cintura. En la parte de abajo, un bikini con lazos laterales que se anudan en las caderas, dejando ver la curva suave del vientre y el inicio de mis piernas. Él respondió casi al instante:
 
—Uff Tatiana. Cómo me gustas. Ahora puedo imaginarte mientras me masturbo. Gracias por esto.
 
Y después, más directo:
—Cada vez que rompes un acuerdo por mí se me pone más dura. Saber que lo haces aunque sepas que no deberías… eso es lo que más me calienta. Esa foto, tan normal, tan “de nada”, le permitió ilusionarse con mi cuerpo de una forma que las palabras no habían logrado.
 
La tensión sexual entre nosotros comenzaba a sobrepasarme. En ocasiones buscaba a Andres entre las sábanas después de chatear. Tenía sexo con mi esposo, pero en mi mente estaba Juan. Trataba de recrear en la cama alguna escena hablada en Telegram.
 
Esa tensión sexual pronto dejo de ser solo virtual. Comenzamos a hablar de vernos. De reservar una habitación. De coger de verdad. El problema era que vivíamos en ciudades bastante alejadas. La distancia hacía que cualquier encuentro real fuera complicado, caro y difícil de organizar. Aun así, la idea seguía ahí, girando entre los dos.
 
Fue entonces cuando Juan empezó a mostrar una faceta que chocaba frontalmente con mi forma de ser y con lo que he vivido casi toda mi vida: la exclusividad.
 
Empezó a hablarme de celos. Del malestar que le producía imaginarme hablando con otros hombres, del dolor concreto que le generaba pensar que alguien más pudiera tocarme, abrirme las piernas o correrse dentro. Poco a poco fue dejando claro lo que quería: aparte de mi esposo, deseaba ser el único. El único con quien yo tuviera sexo. El único que me follara además de Andrés.
 
Esa idea me resultaba extraña. Casi ajena. Yo estaba acostumbrada a la libertad, a no deberle exclusividad sexual a nadie más que a los acuerdos que yo misma había elegido. Pero entre nosotros ya había crecido algo más que solo excitación. Había una conexión real, una forma de hablarse, de cuidarse a distancia, de entenderse que no era amor… pero tampoco era solo sexo.
 
Y estaba esa manera tan insistente en que le interesaba cumplir mis caprichos, sin exigir casi nada a cambio. Esto empezó a pesar en mis decisiones.
 
No era que yo estuviera “vendiendo” exclusividad. Era más complejo. La conexión que teníamos me hacía querer darle algo que él claramente necesitaba, y su forma de darme mis gustos hacía que ese “algo” se sintiera menos pesado, más posible. Como si él estuviera invirtiendo no solo en mis palabras o en mis fotos, sino en un espacio solo para él dentro de mi cuerpo y de mi tiempo.
 
Acepté intentarlo.
No porque de repente creyera en la exclusividad, ni porque el dinero fuera lo único que me importaba. Sino porque la forma en que él me miraba a través de los mensajes, la forma en que se excitaba cada vez que cruzaba un límite por él y la constancia con la que me consentía… me hacían querer probarle que podía ser, al menos por un tiempo, solo de dos hombres: mi esposo… y él.
 
Y luego dejó clara una intención todavía más peligrosa:
 
—Yo sé que ya lo han hecho. Sé que Andrés ya te ha visto con otra verga dentro. Sé que estuvo ahí, mirando, tocándose, oliendo el sexo mientras otro te abría las piernas. Sé que le gustó. Sé que se corrió viéndote gemir con una polla que no era la suya. Y sé que quiere volver a verlo. A mí no me disgusta esa idea… pero primero te quiero yo solo. Sin él. Sin su mirada encima. Sin su pene duro de cornudo esperando turno.
* *
Quiero tenerte en una habitación donde solo estemos nosotros dos. Quiero arrodillarme entre tus piernas, abrirte los labios del coño con los dedos y chuparte hasta que se te olvide el nombre de tu marido. Quiero lamerte despacio primero, de abajo hacia arriba, sintiendo cómo te mojas en mi lengua. Quiero succionarte el clítoris hasta que te estés retorciendo, hasta que me agarres del pelo con las dos manos y me empujes la cara contra tu coño. Quiero que te corras en mi boca. Que me dejes la barba empapada, brillante, oliendo a ti. Quiero tragar tus fluidos.
* *
Y después quiero tu boca. Pero no va a ser suave. No voy a dejarte chupármela con cariño. Te voy a agarrar del pelo, te voy a abrir la garganta y te voy a follar la boca con ganas. Quiero verte babear, quiero verte llorar un poco de lo profunda que te la meta. Quiero sentir cómo se te escurre la saliva por la barbilla mientras te golpeo la garganta con la cabeza de la polla. Vas a atragantarte. Vas a tener los ojos vidriosos. Y yo voy a seguir.
* *
Cuando ya no puedas más, te voy a tirar de espaldas, te voy a abrir las piernas y te la voy a meter de un solo empujón. Sin prepararte demasiado. Quiero sentirte apretada, quiero oírte quejarte un poco. Quiero follarte duro. Tan duro que se te salte el aire. Tan profundo que sientas que te llego al estómago. Te voy a lastimar un poco, sí. Lo suficiente para que al día siguiente todavía me sientas adentro.
* *
Y me voy a correr dentro. Profundo. A chorros espesos. Quiero llenarte. Quiero que cuando te levantes de la cama se te escurra mi leche por los muslos. Quiero que llegues con tu esposo todavía chorreando lo que te dejé adentro.
* *
Porque cuando él finalmente te vea conmigo… ya vas a saber cómo se siente mi polla. Ya vas a saber cómo te abro. Ya vas a saber cómo te hago correr.
* *
Ese primer momento va a ser solo mío. Antes de ser de él.
Esa frase me dejó el coño palpitando durante horas.
* *
A pesar de tener una gran libertad, yo siempre he sido llamada por la tentación de lo prohibido. Cada línea que cruzo con Juan me calienta más que la anterior. Cada acuerdo que se rompe me hace sentir que estoy cayendo un poco más profundo. Y lo peor —o lo mejor— es que no quiero parar. Cada vez que hacía algo prohibido con Juan, quedaba tan llena de morbo que tenía que buscar a Andrés para desahogarme.
 
Al comienzo traté de hacerle entender que no podía. Pero había algo profundamente femenino en sentir que alguien quería invertir en ti sin que tú tuvieras que pedirlo: Tiempo, atención, detalles, regalos. Con esa insistencia tranquila de quien no pregunta cuánto vale algo, sino cuánto puede hacerte sonreír. Nuevamente empecé a ceder y a calentarme teniendo el momento en mi mente. Acepté su propuesta: buscar la forma de vernos en un hotel —aunque la distancia lo dificultara— y disfrutar de los dos antes de darle ese gusto a mi esposo.
 
Juan había empezado como un lector. Después se convirtió en una fantasía.
Luego en una costumbre. Y, sin que yo me diera cuenta, en algo mucho más peligroso: un hombre al que empecé a preguntarme qué podría regalarle yo...
cuando lo único que él quería era seguir regalándome a mí.

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u/TatiSabogal — 6 days ago
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Relato Erótico: conocí a un paypig sin saber siquiera que era eso

Contexto rápido para quienes tampoco saben. Paypig: alguien que obtiene satisfacción de dar dinero dentro de una dinámica con otra persona.

Empecé a publicar relatos eróticos porque descubrí que escribirlos me excitaba casi tanto como leerlos. Había algo profundamente íntimo en convertir una fantasía en palabras. Detenerme en los detalles, elegir exactamente qué decir y qué callar, prolongar durante páginas una escena que en la imaginación apenas duraba unos segundos.
 
Andrés, mi esposo, no solo lo sabía. Era parte de todo aquello. Era mi primer lector, mi crítico más honesto y, algunas veces, el hombre que más disfrutaba viendo hasta dónde podía llevar una fantasía.
 
Entre nosotros existe una libertad que muchos envidiarían: puedo tener sexo con otros hombres mientras él tenga la posibilidad de presenciarlo. Tambien puedo conversar con quien quiera, coquetear, dejarme seducir o intercambiar mensajes cargados de deseo. No necesito esconder nada. Tampoco rendir cuentas. Si pregunta respondo con absoluta sinceridad. Si no lo hace, cada uno continua con su vida. Pero incluso las relaciones mas libres necesitan fronteras para sostenerse. La nuestra tambien las tenia.
 
La fantasía cuckold ya habia dejado de ser una fantasia. Se habia convertido en un recuerdo compartido. Ya me había dejado coger por otro mientras Andrés miraba, se tocaba y se corría viéndome. Le había gustado tanto que quería mantener esa dinámica. Cualquier nuevo hombre que me metiera la verga debía hacerlo con él en la habitación. Esa era la regla.
 
Entre esas interacciones por correo con mis lectores, Juan apareció.
Comentó uno de mis relatos con un mensaje largo, preciso y asqueroso. Describía exactamente en qué momento se le endureció la polla, cómo se imaginaba mi boca abierta mientras escribía esa escena. Le respondí. Y en tres días ya estábamos en Telegram.
 
Juan era exactamente lo que yo esperaba encontrar detrás de un relato como los míos: un hombre excitado, curioso, atrevido. Al principio todo se mantuvo dentro de lo permitido: Texto, fantasía , sexo escrito, notas de voz que él me pedía y yo le mandaba sin problema. Me preguntaba por mis relatos, por mi relación, por mis gustos.
 
Aún recuerdo el primer sexting que tuvimos. Recreamos una escena en un club oscuro, con luces rojas y violetas que se reflejaban en el sudor de las pieles. Olía a alcohol barato, a perfume barato y a sexo contenido. Bailaba con Juan y luego con Andres, y en algunos casos bailábamos los tres. Cada vez que alguno era mi pareja de baile, me aseguraba de hacerme sentir. Cuando me pegaba a Juan, rozaba mi trasero contra la verga dura que se le marcaba en el pantalón al ritmo lento y pesado de una bachata. Sentía el calor de su erección a través de la tela, gruesa, latente. Apoyaba la cabeza hacia atrás sobre su hombro y mi cabello rizado se enredaba con su barba. Él me sujetaba la cadera con fuerza y yo movía el culo contra él con descaro, sintiendo cómo se le ponía todavía más dura.
 
Después me giraba, le hablaba sucio pegada a su oído, dejándole sentir mi aliento caliente y el olor de mi perfume mezclado con el sudor del baile. Le decía lo mucho que quería sentir esa polla abriéndome. Mientras tanto miraba por encima de su hombro a Andrés, que nos observaba desde la mesa, y le guiñaba el ojo o le sonreía con la boca entreabierta, provocándolo. La tensión era espesa, casi líquida.
 
En la historia le dije a mi esposo que iba a cogerme a Juan. Mientras se lo decía, puse mi mano sobre el pantalón de Andrés y apreté la polla dura que tenía. La sentí latir contra mi palma. En la siguiente canción volvía a jugar con Juan, le lamía el lóbulo de la oreja y le metía la mano dentro del pantalón. Envolví los dedos alrededor de su verga caliente, gruesa, con las venas marcadas. Estaba resbaladiza de líquido preseminal. Al mismo tiempo él metía la mano por debajo de mi falda, apartaba la tanga empapada y me hundía dos dedos de golpe en el coño. Entraron sin resistencia. Estaba tan mojada que se escuchaba el sonido húmedo cada vez que los movía. Me folló con los dedos al ritmo de la música mientras yo le masturbaba la polla con la mano entera, sintiendo cómo le latía contra los dedos.
 
El sexting continuó con la narración camino a casa. Dentro del Uber, a oscuras, el manoseo se volvió más sucio. A cuatro manos. Andrés me besaba el cuello mientras Juan me abría más las piernas y me metía los dedos otra vez, ahora más profundo, curvándolos para tocarme ese punto que me hacía arquear la espalda. Cada una de mis tetas le pertenecía a uno de ellos. El olor a sexo ya se sentía dentro del auto.
Al llegar, escribí en el chat que Andrés iba a servirse una copa de whiskey. Que Juan y yo nos adelantábamos a la habitación. Subiendo la escalera, le describí cómo movía el trasero despacio, sabiendo que él iba detrás y podía mirarme por debajo de la falda. La tanga negra estaba tan empapada que se me pegaba a los labios del coño. Le dije que si alzaba un poco más la tela podría ver cómo me brillaba el coño de lo mojada que estaba.
 
Juan escribió exactamente lo que quería al entrar al cuarto: que me sentara en el borde de la cama, que le bajara el pantalón con los dientes y que empezara a chupársela.
 
Le escribí todo con detalle: Cómo me arrodillaba frente a él. Cómo le bajaba la cremallera y sacaba esa polla gruesa, oscura, con la cabeza hinchada y brillante. Cómo me la frotaba primero contra los labios, sintiendo el calor y el olor fuerte, masculino, a sexo. Cómo sacaba la lengua y lamia desde la base, despacio, siguiendo cada vena gruesa hasta llegar a la punta. Allí encontraba la gota espesa de líquido preseminal que estaba a punto de caer. La recogía con la punta de la lengua y me la metía en la boca. Le escribí que sabía salado, un poco amargo, caliente. Que después abría la boca y me la metía entera, empujando hasta sentir la cabeza golpearme la garganta. Los hilos de saliva se me escurrían por la barbilla mientras lo chupaba con ganas, mirándolo a los ojos.
 
Juan tardaba cada vez más en responder. Cuando por fin lo hizo, escribió que me empujaba hacia atrás sobre la cama, me abría las piernas de un tirón y se enterraba entre mis muslos. Me describió cómo me lamía el coño con la lengua plana, de abajo hacia arriba, terminando cada lamida con una succión fuerte en el clítoris. Cómo me abría los labios con los dedos para chuparme mejor, cómo me follaba con la lengua mientras yo me agarraba a su pelo. Me hizo correrme así, describiéndome el sabor de mi propio coño en su boca, el olor a coño mojado.
 
El sexting terminó con él subiendo sobre mí, acomodando la polla gruesa entre mis labios hinchados y empujando de un solo tajo hasta el fondo. Sin condón. Me la metió completa. Me describió cómo se sentía el calor de mi coño apretándolo, cómo me follaba con ganas, profundo, sacándola casi entera para volver a enterrarla hasta los huevos. Me decía que iba a correrse dentro, que quería llenarme. Que quería sentir cómo su leche caliente me llenaba el útero mientras yo me aferraba a su espalda.
 
Y así terminó: con él corriéndose profundo dentro de mí, a chorros espesos, mientras yo le apretaba la polla con el coño y le pedía que me lo dejara todo adentro. Al final, envió una foto de como su semen había quedado sobre su abdomen.
 
Pensé que allí acabaría esta interacción con Juan. Que me escribiría un par de días después cuando estuviera otra vez erecto para jugar de nuevo a imaginarnos. Pero había algo diferente en él. Juan no parecía interesado únicamente en conseguir algo de mí.
Parecía interesado en mí.
 
Al día siguiente me escribió como un contacto normal: un saludo, un deseo de buenos días. Me preguntaba cómo había sido mi día. Recordaba cosas que yo había mencionado casualmente. Quería saber qué me gustaba, qué me hacía reír, qué cosas me daban vergüenza. A los pocos días la conversación fue transformándose y una tarde decidí llamarlo por Telegram. Dudé solo un instante, pero continué. Su voz era más grave de lo que imaginaba. Al colgar, Juan me escribió lo mucho que le gustaba mi tono de voz, mi acento colombiano. Me hacía sentir deseada.
 
Esa dinámica se empezó a volver normal y aún no estoy segura de por qué empecé a saltarme límites.
 
El primero fue el de “no llamadas sexuales”.
No fue planeado. Simplemente lo llamé como cualquier otro día, pero la conversación se fue cargando de ganas. Me contó cómo se le ponía de dura solo de hablar conmigo, de escuchar mi tono de voz. Yo había empezado a humedecer mi entrepierna algunos minutos antes. Me pidió que le describiera qué me excitaba si estuviera ahí. Empecé a hablarle sucio. Le dije que me estaba tocando el coño, que lo tenía hinchado, que se me resbalaban los dedos de lo mojada que estaba. Él me pidió que me metiera 2 dedos y me marcó el ritmo que quería que siguiera. Puse el altavoz, me recosté en el sofá, abrí las piernas y empecé a masturbarme de verdad mientras le hablaba. Comencé a gemirle al oído, le dije su nombre con la voz rota. Le conté cómo me imaginaba su pene abriéndome, cómo quería que me la metiera hasta el fondo. Él respiraba pesado al otro lado. Me pedía que no parara, que gimiera más fuerte, que le dijera exactamente dónde lo sentía. Me corrí escuchándolo jadear mi nombre. Cuando colgamos, me temblaban las manos y tenía el coño palpitando. Había cruzado una línea que hasta ese momento no había cruzado con nadie.
 
Juan lo notó de inmediato.
Me escribió minutos después:
—Me encanta como gimes. Acabas de romper un límite por mí… y se me puso todavía más dura solo de pensarlo. Me encanta que lo hayas hecho.
 
Después empezaron a colarse las conversaciones personales. Otro límite enfocado en tratar de dejar afuera los sentimientos.
No fue de golpe. Primero fue una foto del café de la mañana. Después una queja sobre un proyecto que tenía. Él me preguntaba cómo me iba, se preocupaba, me mandaba fotos de su propio día. Yo le respondía. Poco a poco el chat dejó de ser solo sexo. Había espacio para lo cotidiano, para lo que no tenía nada que ver con follar. Y eso, de alguna forma, me acercaba más a él.
 
Juan lo disfrutaba abiertamente.
—Me calienta que le cuentes a otras personas que quieres coger conmigo—me dijo una noche. Y yo sentía que él quería entrar donde no debería.
 
Y entonces comenzó a hacer algo que al principio no supe cómo interpretar. Me consentía. La primera vez que quiso enviarme dinero dijo que era para que comprara ropa interior y le enviara una foto con unos cacheteros rojos, pero luego entendió que ahí había un límite. Así que decidió hacerlo por nada a cambio.
 
—¿Qué es esto?
—Para ti.
—¿Para mí qué?
—Para que te compres algo que te guste.
 
Me reí. Le dije que no tenía sentido, que estaba loco. Que no tenía que hacerlo. Que podía hablar conmigo sin necesidad de mandarme absolutamente nada. Pero él insistió. No quería una foto. No quería una conversación sexual a cambio. No quería que le prometiera nada. Simplemente quería consentirme.
 
Eso fue lo que más me desconcertó. Porque estaba acostumbrada a entender las cosas como intercambios. Yo doy algo, alguien recibe algo, fin del asunto. Juan parecía disfrutar precisamente de lo contrario. Disfrutaba dar.
Y, para mi sorpresa, yo disfrutaba esa forma de sentirme deseada.
 
Era la sensación de saber que, en algún lugar, había un hombre pensando en mí y preguntándose qué podía hacer para hacerme sonreír.
 
Una tarde escribió:
—¿Qué te comprarías si yo te dijera que hoy quiero consentirte?
 
—No sé. ¿Maquillaje? — Le respondí en broma.
 
—Entonces cómprate maquillaje.
 
—Juan...
 
—Algo que te haga sentir preciosa—. Me interrumpió
 
Me quedé mirando la pantalla durante unos segundos. No necesitaba maquillaje. Podía comprármelo yo. Pero terminé haciéndolo. Y cuando se lo conté, no me pidió una foto.
 
Solo respondió:
—Quiero imaginarte feliz.
 
Aquella frase me hizo algo extraño porque hasta entonces había pensado que el atractivo estaba en conseguir mi atención. Juan parecía encontrar placer en algo mucho más sencillo: en hacerme disfrutar.
 
Empecé a notar que esperaba sus mensajes. No solamente los sexuales. Esperaba el “buenos días”.
La pregunta de cómo me había ido.
La pequeña sorpresa.
El mensaje que aparecía de repente porque había visto algo y había pensado en mí.
 
Y algunas veces llegaba otra transferencia, sin explicación. Sin exigencia.
 
—¿Y esto?
 
—Porque sí.
 
—Estás loco.
 
—Probablemente.
 
Me acostumbré peligrosamente rápido a que alguien me consintiera, a que alguien quisiera facilitarme un capricho. A sentir que había un hombre al otro lado de la pantalla al que le producía placer saber que podía darme algo que yo quería.
 
Y entonces ocurrió algo que me avergonzó un poco reconocer: empecé a querer darle algo a cambio. No porque él me lo pidiera, de hecho era precisamente porque no me lo pedía. Si me decía que le gustaba escuchar mi voz, a mí me nacía enviarle otra nota de voz. Si le gustaba que le dijera como se la chuparía, yo le decía: Te pasaría mi lengua desde la punta hasta la base solo para sentir tu verga dura por mí, te chuparía hasta tus huevos, y luego llegaría a la punta para así meterla toda en mi boca, empezaría despacio y no pararía de mirarte, me encantaría ver cómo te retuerces del placer que te estoy generando, luego pondría tu mano en mi cabello para que me guíes a un ritmo, cada vez más rápido mientras con mi mano aprieto tus bolas y solo te miro mientras te corres en mi boca.
 
Poco a poco, quería darle un poco más, y la única manera que tenía, al menos por ahora, era saltar algún limite. No era un intercambio explícito. Era más sutil. Más peligroso.
 
Y entonces rompí el acuerdo de “no notas de video”.
Fue algo que empezó inocente. Un día le mandé un video corto, de apenas unos segundos, saludándolo. Sonreía a la cámara, le decía “hola” con voz suave y me tocaba el pelo. Quería agradarle. Quería provocarlo un poco también. Él respondió diciéndome que se había puesto duro solo con eso. Nada explícito todavía, pero ya estábamos en un terreno que antes no pisábamos.
 
Juan no dejó pasar el momento:
—Uff Tatiana, otro acuerdo que cruzaste por mí. Me encanta verte ceder así. Sigue.
 
Quizás porque entendí que aquello ya no era solamente dinero. Era atención. Era deseo. Era una forma extraña de intimidad.
 
El último límite que crucé fue el de las fotos de cuerpo completo. Juan me pidió una. Nada íntimo. Solo quería ver mi silueta, cómo me veía de pie, de frente, de espaldas. Dudé. Al final se la envié. No fue algo de ese mismo momento; la busqué en la galería de mi celular. Estaba de pie en la orilla de la playa, sonriendo con la boca abierta, los dientes blancos a la vista y mis gafas de sol. Llevaba un vestido de baño tankini negro cuyo top de tirantes anchos y escote generoso marcaba y sostenía mis tetas al mismo tiempo que la zona del torso se ajustaba perfectamente para dejar ver mi cintura. En la parte de abajo, un bikini con lazos laterales que se anudan en las caderas, dejando ver la curva suave del vientre y el inicio de mis piernas. Él respondió casi al instante:
 
—Uff Tatiana. Cómo me gustas. Ahora puedo imaginarte mientras me masturbo. Gracias por esto.
 
Y después, más directo:
—Cada vez que rompes un acuerdo por mí se me pone más dura. Saber que lo haces aunque sepas que no deberías… eso es lo que más me calienta. Esa foto, tan normal, tan “de nada”, le permitió ilusionarse con mi cuerpo de una forma que las palabras no habían logrado.
 
La tensión sexual entre nosotros comenzaba a sobrepasarme. En ocasiones buscaba a Andres entre las sábanas después de chatear. Tenía sexo con mi esposo, pero en mi mente estaba Juan. Trataba de recrear en la cama alguna escena hablada en Telegram.
 
Esa tensión sexual pronto dejo de ser solo virtual. Comenzamos a hablar de vernos. De reservar una habitación. De coger de verdad. El problema era que vivíamos en ciudades bastante alejadas. La distancia hacía que cualquier encuentro real fuera complicado, caro y difícil de organizar. Aun así, la idea seguía ahí, girando entre los dos.
 
Fue entonces cuando Juan empezó a mostrar una faceta que chocaba frontalmente con mi forma de ser y con lo que he vivido casi toda mi vida: la exclusividad.
 
Empezó a hablarme de celos. Del malestar que le producía imaginarme hablando con otros hombres, del dolor concreto que le generaba pensar que alguien más pudiera tocarme, abrirme las piernas o correrse dentro. Poco a poco fue dejando claro lo que quería: aparte de mi esposo, deseaba ser el único. El único con quien yo tuviera sexo. El único que me follara además de Andrés.
 
Esa idea me resultaba extraña. Casi ajena. Yo estaba acostumbrada a la libertad, a no deberle exclusividad sexual a nadie más que a los acuerdos que yo misma había elegido. Pero entre nosotros ya había crecido algo más que solo excitación. Había una conexión real, una forma de hablarse, de cuidarse a distancia, de entenderse que no era amor… pero tampoco era solo sexo.
 
Y estaba esa manera tan insistente en que le interesaba cumplir mis caprichos, sin exigir casi nada a cambio. Esto empezó a pesar en mis decisiones.
 
No era que yo estuviera “vendiendo” exclusividad. Era más complejo. La conexión que teníamos me hacía querer darle algo que él claramente necesitaba, y su forma de darme mis gustos hacía que ese “algo” se sintiera menos pesado, más posible. Como si él estuviera invirtiendo no solo en mis palabras o en mis fotos, sino en un espacio solo para él dentro de mi cuerpo y de mi tiempo.
 
Acepté intentarlo.
No porque de repente creyera en la exclusividad, ni porque el dinero fuera lo único que me importaba. Sino porque la forma en que él me miraba a través de los mensajes, la forma en que se excitaba cada vez que cruzaba un límite por él y la constancia con la que me consentía… me hacían querer probarle que podía ser, al menos por un tiempo, solo de dos hombres: mi esposo… y él.
 
Y luego dejó clara una intención todavía más peligrosa:
 
Yo sé que ya lo han hecho. Sé que Andrés ya te ha visto con otra verga dentro. Sé que estuvo ahí, mirando, tocándose, oliendo el sexo mientras otro te abría las piernas. Sé que le gustó. Sé que se corrió viéndote gemir con una polla que no era la suya. Y sé que quiere volver a verlo. A mí no me disgusta esa idea… pero primero te quiero yo solo. Sin él. Sin su mirada encima. Sin su pene duro de cornudo esperando turno.
* *
Quiero tenerte en una habitación donde solo estemos nosotros dos. Quiero arrodillarme entre tus piernas, abrirte los labios del coño con los dedos y chuparte hasta que se te olvide el nombre de tu marido. Quiero lamerte despacio primero, de abajo hacia arriba, sintiendo cómo te mojas en mi lengua. Quiero succionarte el clítoris hasta que te estés retorciendo, hasta que me agarres del pelo con las dos manos y me empujes la cara contra tu coño. Quiero que te corras en mi boca. Que me dejes la barba empapada, brillante, oliendo a ti. Quiero tragar tus fluidos.
* *
Y después quiero tu boca. Pero no va a ser suave. No voy a dejarte chupármela con cariño. Te voy a agarrar del pelo, te voy a abrir la garganta y te voy a follar la boca con ganas. Quiero verte babear, quiero verte llorar un poco de lo profunda que te la meta. Quiero sentir cómo se te escurre la saliva por la barbilla mientras te golpeo la garganta con la cabeza de la polla. Vas a atragantarte. Vas a tener los ojos vidriosos. Y yo voy a seguir.
* *
Cuando ya no puedas más, te voy a tirar de espaldas, te voy a abrir las piernas y te la voy a meter de un solo empujón. Sin prepararte demasiado. Quiero sentirte apretada, quiero oírte quejarte un poco. Quiero follarte duro. Tan duro que se te salte el aire. Tan profundo que sientas que te llego al estómago. Te voy a lastimar un poco, sí. Lo suficiente para que al día siguiente todavía me sientas adentro.
* *
Y me voy a correr dentro. Profundo. A chorros espesos. Quiero llenarte. Quiero que cuando te levantes de la cama se te escurra mi leche por los muslos. Quiero que llegues con tu esposo todavía chorreando lo que te dejé adentro.
* *
Porque cuando él finalmente te vea conmigo… ya vas a saber cómo se siente mi polla. Ya vas a saber cómo te abro. Ya vas a saber cómo te hago correr.
* *
Ese primer momento va a ser solo mío. Antes de ser de él.
Esa frase me dejó el coño palpitando durante horas.
* *
A pesar de tener una gran libertad, yo siempre he sido llamada por la tentación de lo prohibido. Cada línea que cruzo con Juan me calienta más que la anterior. Cada acuerdo que se rompe me hace sentir que estoy cayendo un poco más profundo. Y lo peor —o lo mejor— es que no quiero parar. Cada vez que hacía algo prohibido con Juan, quedaba tan llena de morbo que tenía que buscar a Andrés para desahogarme.
 
Al comienzo traté de hacerle entender que no podía. Pero había algo profundamente femenino en sentir que alguien quería invertir en ti sin que tú tuvieras que pedirlo: Tiempo, atención, detalles, regalos. Con esa insistencia tranquila de quien no pregunta cuánto vale algo, sino cuánto puede hacerte sonreír. Nuevamente empecé a ceder y a calentarme teniendo el momento en mi mente. Acepté su propuesta: buscar la forma de vernos en un hotel —aunque la distancia lo dificultara— y disfrutar de los dos antes de darle ese gusto a mi esposo.
 
Juan había empezado como un lector. Después se convirtió en una fantasía.
Luego en una costumbre. Y, sin que yo me diera cuenta, en algo mucho más peligroso: un hombre al que empecé a preguntarme qué podría regalarle yo...
cuando lo único que él quería era seguir regalándome a mí.

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u/TatiSabogal — 6 days ago
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Relato Erótico: Christian, mirando desde el armario

Como sabrás si has leído mis otros relatos, el sexo con mi esposo siempre había sido muy bueno y después de haber sido grabada por él teniendo relaciones sexuales con otro hombre, mi libido se había disparado por los cielos. Los constantes viajes de mi esposo y míos me habían hecho recurrir a calmar mi necesidad de sexo en la infidelidad.
 
Hace unos días, un lector me preguntó si alguna vez mi esposo me había descubierto o había estado a punto de ser pillada siendo infiel. A lo largo de los años, he desarrollado varias, llamémoslas, reglas para mí cuando tengo mis aventuras que hacían mi vida más fácil. La primera y más importante regla es nunca apegarme. Hace años, tuve una aventura de larga duración con un hombre mayor y divorciado, que había comenzado como algo casual, pero luego estuve a punto de perder a mi esposo por él. Nunca más dejaré que las cosas se pongan tan serias, como alternativa, si aquel hombre no es casado o con lo mismo que perder que yo, no me lo tiraría por segunda vez. La siguiente regla es que siempre lo haría si mi esposo o yo estuviera de viaje, aunque he infringido esta regla muchas veces. Mi tercera regla, por llamarla de algún modo, es nunca llevar a un hombre a la casa. Las razones de esto son muchas y bastante obvias. Normalmente no hay negociación al respecto.
 
Hace unos años tuve una aventura con un hombre llamado Christian. Realmente no había nada especial en nuestra relación, y precisamente por eso funcionaba tan bien. Era la típica relación extramatrimonial entre dos personas casadas que conocían perfectamente los límites. Ninguno buscaba convertir aquello en algo más. No hay más expectativas que solo sexo sucio y desagradable, un escape de la monotonía diaria de la vida matrimonial. Christian me ofrecía una facilidad que, con el tiempo, aprendí a valorar mucho: no hablaba de amor, no hacía promesas y nunca intentaba ponerle un nombre a lo que estábamos haciendo. Sabía exactamente hasta dónde podía llegar sin salirse de su lugar. No pretendía ser especial para mí ni esperaba que yo lo hiciera sentir especial. No necesitaba mensajes emocionales, llamadas para decirme que me extrañaba ni conversaciones sobre nuestras vidas. Ninguno de los dos necesitaba saber demasiado del otro.
Y quizá eso era precisamente lo que hacía que fuera posible.
 
Christian era el hombre casado promedio: Tenía tres hijos, por lo que no tenía intención de dejar a su familia. No hubo lucha de poder, ni problemas de relación, ni citas ni cortejos. Se trataba sólo del sexo. Las razones de él para ser infiel eran las típicas historias de hombres casados que había escuchado muchas veces. Básicamente, todo se reduce a la falta de sexo. Ya sabes, la esposa ha perdido todo interés, el sexo se limitó a una vez al mes, ella no le hace mamadas si no es su cumpleaños o alguna ocasión especial (esa es una de las más importantes), se ha vuelto rutinario y mecánico, sin chispa, o siempre sucede porque el la busca, nunca porque ella muestre interés, etc. La misma historia de todos los demás hombres casados que tienen relaciones sexuales extramatrimoniales. Por mi parte, no es que el sexo con mi esposo fuera malo, de hecho, es muy bueno, lo hacemos con la regularidad que una hija pequeña y el cansancio laboral permiten. No, lo mío no era el llamado “mal cogida”, lo mío es más la excitación de una nueva verga, de la necesidad de sentirme deseada por alguien diferente, de la adrenalina de las emociones fuertes.
 
Christian era un buen hombre, atractivo y amable. Nos llevamos bien, cubríamos las necesidades de cada uno y nos divertíamos. Christian y yo empezamos a reunirnos en un hotel. Pero los hoteles pueden resultar caros y suelen dejar rastros en las tarjetas de crédito y los moteles de rato pueden dejar la evidencia si alguien ve tu auto entrar. Entonces nuestras reuniones se volvieron menos frecuentes de lo que ambos queríamos. Tanto Chris como yo estábamos frustrados por nuestra falta de encuentros y nuestra falta de sexo caliente.
 
En un momento de debilidad o tal vez fue por pura excitación, acepté dejar que Chris viniera a casa cuando mi esposo estaba en la oficina. Hacía mucho tiempo no entraba a otro hombre a casa. “Una visita rápida de mediodía que pudiera satisfacer nuestras necesidades” pensaba. Tendría mucho cuidado, por supuesto. Hice arreglos para trabajar desde casa, lavaría las sábanas después que él se fuera. Tendría mucho cuidado de no dejar manchas ni evidencia, él estacionaría su auto a la vuelta de la esquina y caminaría hasta la casa. Vivimos en una calle tranquila, por lo que, hasta donde yo sé, no hay vecinos entrometidos.
 
Cuando él llegó a la casa, yo abrí la puerta vestida con lencería sexy de color negro, medias hasta los muslos y tacones de aguja tratando de darle algo interesante. Por el bulto en sus pantalones me di cuenta de que estaba emocionado. Después de un breve beso y manoseo en el vestíbulo, lo tomé de la mano y le llevé escaleras arriba al dormitorio. Caminé de espaldas sin dejar de besarlo mientras le quitaba la ropa, hasta que toqué la cama con mis piernas. Le besé el pecho y abdomen en mi camino a sentarme en el borde de la cama, lentamente le desabroché el cinturón y dejé que sus pantalones cayeran al suelo. Su bóxer estaba abultado y lo acerqué para mordisquear su verga atrapada a través de la tela. Chris, de pie entre mis piernas, se agachó y me quitó la lencería de los hombros, exponiendo mis senos. A cambio, bajé su ropa interior y finalmente solté su polla completamente erecta. Lo mire a los ojos y desplace su prepucio de arriba a abajo un par de veces. Alcanzó mis tetas y comenzó a acariciarlas suavemente, estimulando lentamente mis pezones. Al mismo tiempo, agarré su pene palpitante de la base con firmeza entre mi dedo índice y pulgar y comencé a lamerlo, muy sutilmente desde la base hasta su abultada cabeza, sintiendo su vena inferior muy llena. Vi un chorrito de líquido preseminal y lo lamí, disfrutando su sabor. Tenía una verga bonita... no demasiado grande, del tamaño justo para mí. Él siempre estaba bien afeitado, lo cual aprecié ya que yo también lo estaba. Mientras lo chupaba, él se movió para acostarse en la cama y continué dándole una agradable experiencia oral. Fue entonces cuando escuché débilmente la puerta de un auto cerrarse de golpe. Me congelé momentáneamente y escuché. Supuse que estaba muy paranoica por tener un hombre en casa, así que lo atribuí a que uno de los vecinos entraba o salía de su auto y, después de unos segundos de silencio, seguí chupando aquel pedazo de carne. Entonces escuché el sonido inconfundible de una llave que abría la puerta principal.
 
T: ¡Mierda! – Salté muy rápido.
 
Iba a correr a una habitación en el frente de la casa para ver si el auto de mi esposo estaba en la entrada, pero ya era demasiado tarde. La puerta principal se abrió y lo oí entrar a la casa. Estaba frenética...
 
T: ¿Qué carajo está haciendo aquí? – Miré a Chris mientras saltaba de la cama. Estaba desnudo y tenía una expresión de terror en su rostro, como estoy segura de que yo también.
 
Le señalé y le susurré que entrara en el armario. ¿A dónde más podría ir? Era como una película de comedia de clasificación B, excepto que no era nada divertida. No tenía idea de cómo reaccionaría mi esposo si me encontrara con otro hombre en nuestra cama. Ciertamente no quería saberlo. Chris recogió su ropa, se metió corriendo en el armario y cerró la puerta. Ahora estaba en pánico. Estaba asustada y temblando. Estaba respirando pesadamente y mi corazón latía fuera de mi pecho.
 
T: Joder, joder, joder... ¿Qué debo hacer? – Pensaba – Llevo lencería y tacones de aguja a media tarde. ¿Cómo voy a explicar esto?
 
Pensé en correr al baño, pero no había manera de que saliera del dormitorio con Chris en el armario para que mi esposo lo encontrara. Además, no tuve tiempo de cambiarme.
 
T: ¡Ay carajo! – Escuché a mi esposo caminar por el piso principal y entrar a la cocina.
 
A: Tata, ¿estás en casa? – Lo escuché llamar, probablemente había escuchado los pasos.
 
En un último esfuerzo, agarré mi teléfono en un intento de enviarle un mensaje de texto y tal vez detenerlo en su búsqueda. Fue entonces cuando vi su mensaje: "Saldré a tramitar unos documentos, si me rinde paso por casa para un almuerzo rápido antes de regresar".
 
A: Tati, ¿estás arriba? – Lo escuché llamar mientras comenzaba a subir las escaleras.
 
Oh, mierda, escuché sus pasos cuando llegó a lo alto del pasillo. Eché un vistazo rápido a la habitación y noté que el edredón de la cama estaba hecho un desastre. Él estaba literalmente afuera de la puerta del dormitorio ahora. Le di un rápido tirón a la colcha, me senté al final de la cama y respiré profundamente. Me vi en el espejo de la pared con esa mirada de simplemente “estas jodida” al notar mi cabello todo revuelto y desordenado. Mi corazón latía con fuerza y mi cerebro se había quedado en blanco cuando Andrés entró al dormitorio. Bajé la cabeza, temerosa de mirar la decepción en su rostro.
 
A: ¡Oh, vaya!, no me esperaba esto – dijo con una sonrisa de aprobación en su rostro – Qué sorpresa tan sexy.
 
¿Sorpresa? ¿Qué acaba de decir? Levanté la cabeza y le di una mirada perpleja. Pasaron unas milésimas de segundo, pero finalmente hice clic, sus palabras me dieron una luz de esperanza.
 
T: Leí tu mensaje y pensé en sorprenderte para el almuerzo cariño – Una gran sonrisa cruzó mi rostro y dejé escapar un suspiro de alivio.
 
A: No tengo mucho tiempo – dijo mientras comenzaba a desvestirse.
 
No ha notado mi cabello desordenado, la colcha de la cama desordenada o el olor de otro hombre sobre mí. No puedo creer que pensara que estaba esperando aquí para tener sexo con él. ¡Que golpe de suerte! Afortunadamente los hombres piensan con la cabeza de abajo. Todavía estaba nerviosa y asustada, pero lo estaba ocultando bien. Aunque había tenido suerte hasta ahora, todavía no estaba fuera de peligro. Necesitaba satisfacerlo rápidamente y sacarlo del dormitorio y, preferiblemente, de la casa. Se inclinó para besarme, mientras yo aún estaba sentada en el borde de la cama, pero en el último segundo me di cuenta de que probablemente tenía el sabor de la verga de Chris y su líquido preseminal en mis labios. Así que me dirigí directamente hacia su pene semi erecto. Lo agarré e inmediatamente me lo llevé a la boca mientras él estaba parado frente a mí. No pude evitar pensar que esto era exactamente lo que había hecho con Chris minutos antes.
 
Lo agarré de las nalgas y lo giré un poco para que quedara de espaldas al armario, continué chupándolo, quería que eyaculara rápidamente para poder irse, pero él tenía otros planes, quería sexo. Yo no quería tener relaciones cuando tenía a Chris escondido en el armario. Pero no pude ver ninguna manera de evitarlo. Sólo quería satisfacerlo y sacarlo de la casa lo más rápido posible sin que fuera demasiado obvio. Estaba muerta de miedo de que algo saliera mal. Mi matrimonio, todo pendía de un hilo. Un error y mi vida se derrumbaría. Me recostó boca arriba y abrí las piernas para él. Hizo un gesto de que quería darme un oral, pero lo detuve. Chris había estado estimulando mi vagina y ya estaba bastante mojada.
 
T: Solo métemela, estoy muy caliente – dije, se reposicionó sobre mí y me enterró su polla.
 
A: Oh, vaya, estás tan mojada, cariño – “Sí, si supieras por qué”, pensé.
 
T: ¡Oh, MIERDA! – se me escapo cuando eché un vistazo rápido por encima de su hombro en dirección al armario y vi a Chris asomado para mirarnos follar – Awww, eso se siente maravilloso – gemí tratando de que mi esposo sintiera que estaba elogiando sus esfuerzos.
 
Pero ¿Qué carajo está haciendo? hará que nos atrapen. Chris continuó mirando. Cuanto más miraba, más cambiaba mi comportamiento. Había empezado a follarme a mi esposo por autoconservación, en un momento de terror, pero ahora me estaba excitando y excitando mucho. La idea de ser observada por mi amante mientras tengo relaciones sexuales con mi esposo era muy erótica. El hecho de que estaba escondido en el armario con la cabeza asomando desde el otro lado de la habitación. Todo fue muy excitante. Fue una descarga de adrenalina tan grande por casi ser atrapada. Empecé a disfrutar inmensamente.
 
A: Súbete – me pidió. Siempre le encantó cómo lo montaba. Pero me negué. Conmigo encima, tendría una visión clara del armario. Necesitaba permanecer en la posición misionera.
 
T: No, sólo fóllame así. Lo quiero así... fuerte y rápido – Bajé su cabeza y comencé a girar mis caderas hacia arriba. Lo estaba follando tan fuerte y rápido como podía. Ahora estaba empapado.
 
 Estaba gimiendo en voz alta para beneficio tanto de él como de Chris. Estoy bastante segura de que estábamos dando un buen espectáculo. Cada vez que miraba por encima del hombro de mi esposo, veía a Chris mirando. Fue tan erótico y caliente. No pasó mucho tiempo antes de que comenzara a llegar al clímax.
 
 T: SÍ, Oh, que rico... más fuerte, más rápido, dámelo... oooohhh – estaba teniendo un orgasmo como hace mucho no tenía.
 
Andres dejó escapar un gruñido largo y fuerte mientras me llenaba de semen. Contraje mis labios vaginales alrededor de su verga, apreté tan fuerte como mis músculos me lo permitieron. Lo ordeñé bien. Sabía que tenía una gran carga pues Andrés siempre ha tenido abundante leche.
 
T: Lléname con tu semen – Hablé en voz lo suficientemente alta como para que Chris pudiera oír.
 
Sentí que su semen caliente eyaculaba profundamente dentro de mí y me llenaba. Sentí un chorro de su semen salir de mí mientras se retiraba. Mi esposo se levantó y yo inmediatamente salté detrás de él. Estoy de nuevo en alerta máxima. Estaba a punto de dirigirse al baño de la habitación, que estaba justo enfrente del armario.
 
 T: Tú toma el baño de abajo, yo voy a entrar acá
 
Me lancé delante de él, mi mano ahuecó mi vagina para evitar que su leche se derramara sobre el piso de madera. Recogió su ropa del suelo y salió de la habitación. Fingí entrar al baño, pero en realidad esperé a que terminara para poder enviarlo a trabajar. No quería que volviera al dormitorio. Agarré una bata y le di un beso de despedida mientras bajaba las escaleras y regresaba al trabajo. Corrí hacia una ventana que daba al frente de la casa para asegurarme de que se había marchado. Me di la vuelta y estaba Chris, parado allí desnudo con su gran erección.
 
C: Mierda, eso estuvo cerca – comentó con un gran suspiro de alivio. – Eso estuvo muy caliente – continuó.
Por la sonrisa diabólica en su rostro y su erección, puedo decir que Chris obviamente disfrutó el espectáculo.
 
C: No puedo esperar para metértela ahora yo – dijo y de inmediato abrió y dejó caer mi bata.
 
Estaba tan excitada que me ardía el interior y quería más, pero pensé que mi momento con Chris se había dañado o que tendría que esperar a me bañara. Chris por su parte, inmediatamente se abalanzó sobre mí, lo que me tomó por sorpresa. Estaba llena del semen de mi esposo, incluso su esperma ya escurría por mis piernas y Chris empezó a tocarme a través del pegajoso fluido y a besarme como un perro salvaje. No tenía idea de que Chris estuviera metido en esto. No creo que nunca haya tenido un hombre jugando intencionalmente entre el semen de otro hombre, así que supuse que era de los que soñaban con ser humillado por su esposa mientras ella se coge a otro. Ahora que lo pienso, esta fantasía es más común de lo que algún día imaginé. Los acontecimientos de esa tarde activaron un interruptor en ambos y tuvimos el mejor sexo de nuestra relación, solo imaginar que la verga de Chris se deslizaba hacia adentro lubricada por la leche de mi esposo me hacía volar.
 
Una vez que Chris se fue a casa, me duché y le envié un mensaje de texto a mi esposo para que trajera comida para la cena. Le dije que todavía estaba muy caliente desde esa tarde. No podía esperar para volver a saltar sobre mi esposo.
 
Esa fue la última vez que invité a alguien a casa cuando mi esposo estaba en la ciudad. Una lección aprendida de la manera más aterradora y excitante.

u/TatiSabogal — 8 days ago

Relato Erótico: Sexo con mi ex mientras mi esposo no está.

Hace un par de meses, había vivido una experiencia que aún resonaba en cada fibra de mi ser, cumpliendo una fantasía de mi esposo que nos había unido de formas inesperadas. Desde entonces, nuestra relación florecía como nunca; el sexo era un torbellino de pasión y morbo, con caricias que se prolongaban en la oscuridad de la noche, susurrándonos secretos que nos encendían el alma. Sin embargo, en lo profundo de mi mente, durante algunos de esos momentos de éxtasis con mi esposo, no podía evitar fantasear con otros hombres, sus cuerpos fusionándose con el mío. No era que Andrés me dejara insatisfecha —al contrario, me hacía volar—, pero aquella aventura había despertado un hambre insaciable, un deseo de repetir esa excitación prohibida que me hacía temblar solo de pensarlo.
 
Personalmente, me había transformado. La inhibición que antes me ataba se había desvanecido, reemplazada por una confianza radiante que irradiaba hacia el mundo. Mis redes sociales se convirtieron en un lienzo de mi nueva yo: al principio, fotos inocentes de eventos especiales o lugares pintorescos, capturando sonrisas espontáneas bajo el sol de la tarde o en la calidez de una cena familiar. Pero pronto, el impulso creció; me fotografiaba en cualquier rincón de la vida cotidiana —en el asiento del carro, con el viento revolviendo mi cabello; en el gimnasio, sudorosa y triunfante tras una sesión intensa, el reflejo de mis músculos tensos en el espejo; frente a cualquier superficie reflectante que me devolviera una imagen empoderada. Vestida con el uniforme ajustado de la empresa, que acentuaba mis curvas profesionales; en jeans ceñidos que moldeaban mis caderas; en faldas cortas que danzaban con cada paso. Cada publicación atraía una oleada de likes, seguidores nuevos que surgían de la nada, solicitudes de amistad de desconocidos. Los comentarios fluían como un río: halagos dulces que me hacían sonreír, piropos morbosos que encendían un calor en mi vientre, y algunos que rozaban el límite del respeto, pero que, en secreto, me hacían sentir viva, deseada, poderosa.
 
Incluso mi esposo notó el cambio un día, mientras revisábamos mi feed juntos en el sofá; me preguntó con una ceja arqueada por qué esta repentina exhibición, aunque añadió con una sonrisa pícara que, por ahora, no le molestaba en absoluto. Sus palabras me animaron a seguir, sabiendo que caminaba en una línea fina pero excitante.
 
Un día, entre las notificaciones habituales, apareció una solicitud de seguidor en Instagram que me hizo pausar el corazón: era Gustavo, mi exnovio de hace años. Nuestra historia había terminado abruptamente por un viaje que lo obligó a partir, dejando atrás promesas rotas y un vacío que tardé en llenar. Dudé durante días, mi dedo flotando sobre la pantalla, pero al final acepté. Como era predecible, comenzó a dar likes a mis fotos y historias antiguas, un goteo constante de aprobación silenciosa. Pero no comentaba, no escribía. No se atrevía. Continué publicando fotos: montando bicicleta en un parque soleado, con el viento pegando mi camiseta al torso; o en un vestido ceñido que fluía como seda sobre mis curvas durante una salida nocturna; también la clásica toma desde arriba, inclinándome ligeramente para que mis pechos se insinuaran con elegancia; o posando frente al espejo del baño, girándome para mostrar el contorno firme de mis nalgas en leggings ajustados. Siempre cuidando no caer en lo vulgar, manteniendo un aire de misterio y clase. Quería que fuera él quien rompiera el silencio primero. A veces, antes de publicar, le mostraba la foto a mi esposo en la cama, con el teléfono iluminando nuestras caras en la penumbra; le preguntaba si le parecía bien, y en algunas ocasiones, asentía con un guiño, su mano rozando mi muslo como aprobación tácita.
 
Por fin, un día se animó. Un mensaje simple: "Hola". Lo dejé en visto durante dos días, no quería parecer ansiosa. Cuando respondí, fui cortante, frases secas como "Bien" o "Todo igual". Contestaba horas después, a veces días, manteniendo la distancia. Sus preguntas eran las típicas: "¿Cómo vas?", "¿Qué hay de tu vida?", "Veo que estás feliz", "¿Qué andas haciendo?", "¿Qué pasó con ese proyecto?". Pero poco a poco, la conversación fluyó como un río que gana caudal. Empecé a preguntar por él: su trabajo, dónde vivía ahora. Ganó confianza, y sus reacciones a mis publicaciones cambiaron: emojis de ojos en forma de corazón, caritas de fuego que ardían en la pantalla. Los comentarios se volvieron admirativos, halagando mi belleza con palabras que rozaban el coqueteo. Inevitablemente, tocamos el pasado: le recordé lo desgraciado que había sido, las veces que me dejó plantada en restaurantes vacíos, esperando en vano. Él admitió todo, con voz textual llena de arrepentimiento: "Tienes toda la razón, me arrepiento cada día, especialmente ahora que veo la mujer increíble en la que te has convertido". Sus mensajes se cargaron de morbo, enfocándose en partes de mi cuerpo —"Esa sonrisa tuya me mata", "Recuerdo cómo se sentían tus curvas"—, rememorando momentos íntimos que nos unieron en el pasado. Me invitaba a un café una y otra vez, y yo me negaba con excusas elegantes. Pero, como dice el dicho, tanto va el cántaro a la fuente hasta que se rompe. Terminé aceptando.
 
Nos encontramos en un café acogedor con el aroma a espresso flotando en el aire, y charlamos durante un par de horas sobre nada y todo. Fue una conversación normal, como viejos amigos, sin insinuaciones. Quedamos en vernos de nuevo. Pero no duró mucho esa inocencia. Insistía en ir por unos tragos en un bar tenuemente iluminado, con jazz de fondo y copas tintineando. Siempre me hacía del rogar, inventando compromisos, posponiendo una y otra vez, o simplemente diciéndole que no era correcto. Andrés —mi esposo— sabía cada vez que quedaba con Gustavo. Llevábamos una relación abierta, por lo que él conocía todos los detalles de mis salidas “inocentes”: “Voy a tomar un café con un viejo amigo”, le decía, y él sonreía, me daba un beso y respondía: “Que te vaya bien, amor”. Incluso bromeaba: “Si se pone muy pesado, me llamas y voy por ti”. Nunca había celos, nunca reproches; esa era nuestra regla y la vivíamos con libertad y confianza.
 
Pero en el fondo, algo en mí se resistía a cruzar del todo la línea mientras Andrés supiera exactamente con quién estaba. No era que él me prohibiera nada —al contrario, disfrutaba escuchar mis aventuras—, sino que la idea de que él imaginara a Gustavo, mi ex, tocándome, penetrándome, me producía una mezcla extraña de morbo y vergüenza. Si algún día decidía dejarme llevar de verdad, quería que fuera en un terreno que él no pudiera ubicar con nombre y apellido; quería proteger esa fantasía, ese rincón donde el deseo fuera solo mío por unas horas
 
Hasta que el destino jugó a mi favor: por trabajo, mi esposo tuvo que salir de viaje por un par de noches, o eso le habían dicho. Coordiné con Gustavo para esa misma noche. Me preparé con esmero, queriendo dejarlo sin aliento. Me puse una tanga de encaje negro, delicada y provocativa, que se adhería a mi piel; un sostén a juego que realzaba mis pechos con encajes intrincados. Sobre eso, un buso largo y suelto de color blanco, que caía como una falda improvisada, rozando mis muslos. Siempre he amado las botas altas en tacón, con caña que sube por encima de las rodillas, así que elegí mis favoritas en beige, combinadas con una gabardina del mismo tono que me daba un aire elegante y sobrio, pero con un toque irresistible. Tomé un Uber, el corazón latiéndome fuerte contra el pecho mientras el auto serpenteaba por las calles iluminadas.
 
Me llevó a cenar a un restaurante íntimo, con velas parpadeando sobre la mesa y el murmullo de conversaciones ajenas. Hablamos de banalidades: el clima, películas recientes, anécdotas laborales. Nada serio, nada comprometedor. Al finalizar, me llevó a casa; su plan era dejarme en la puerta e irse. Pero lo invité a entrar, con una sonrisa juguetona que no esperaba usar. Aceptó sin resistirse mucho, sus ojos brillando con sorpresa. Entramos al apartamento, el aire cálido y familiar envolviéndonos. Me quité la gabardina lentamente, colgándola en el perchero para que pudiera apreciar mi silueta delineada por el buso blanco. Destapé una botella de vino tinto, el corcho saliendo con un pop suave, y brindamos, el cristal chocando con un tintineo mientras uno de mis playlist eróticos comenzaba a sonar. Nos sentamos en el sofá, charlando sobre recuerdos lejanos y sueños actuales, el vino calentándonos las venas.
 
El alcohol hacia su magia rápidamente, aflojando inhibiciones. Él se levantaba para servir otra copa, ir al baño o cualquier excusa, y al regresar se sentaba cada vez más cerca, su muslo rozando el mío. Yo lo esperaba con las piernas cruzadas, las botas beige brillando bajo la luz tenue, permitiendo que vislumbrara la piel suave de mis muslos. Finalmente, estuvimos lado a lado; pasó su brazo izquierdo por detrás de mi cuello, abrazándome con calidez, y seguimos hablando como si nada. Unos segundos más, y su mano derecha descansó casualmente en mi pierna derecha, los dedos cálidos contra mi piel. Pronto, comenzó a acariciar suavemente, trazando círculos perezosos que enviaban cosquillitas nerviosas por mi espina dorsal, un escalofrío eléctrico que me hacía morderme el labio. Él lo sabía; no había olvidado cómo ese roce sutil me encendía como una mecha. Con la mano detrás de mi cabeza, rozaba mi oreja izquierda, su aliento cálido cerca de mi cuello. Lo tenía justo donde lo quería: cerca, tocándome, con un deseo palpable en el aire, listo para devorarme.
 
Me besó la oreja con delicadeza, un beso húmedo que me hizo cerrar los ojos. Se desplazó hacia adelante, buscando mi boca, y yo giré la cabeza rápidamente para ofrecérsela, nuestros labios encontrándose en un beso profundo, cargado de años de separación. La mano que rozaba mi pierna ahora la apretaba con firmeza, sus dedos hundiéndose en la carne suave. Bastaron unos segundos para que subiera decididamente hacia mis senos, apretándolos suavemente a través de la tela, enviando ondas de placer por mi cuerpo. Me tumbé en el sofá, quedando totalmente acostada, invitándolo con mi postura abierta. Levanté mis manos y tomé un cojín para apoyar mi cabeza, dejando mi cuerpo a su merced como un lienzo vivo. Él lo entendió al instante; bajó su mano derecha de nuevo a mis piernas, pero esta vez no se detuvo: me subió el buso hasta la cintura, exponiendo mi ombligo plano, mis caderas curvas y la tanga de encaje negro ya humedecida por la anticipación. Besó mi abdomen con labios temblorosos, se notaba nervioso, su respiración entrecortada mientras apretaba mis piernas con ambas manos, explorando la textura suave de mi piel. Yo cerré los ojos, dejándome llevar por el torrente de sensaciones, el aroma a vino y a su colonia mezclándose en el aire.
 
Estuvo así unos segundos eternos, saboreando mi piel, luego descendió a besar mis piernas, lamiendo desde las rodillas hacia arriba, donde soy tan sensible que corrientazos eléctricos me recorrieron el cuerpo, haciendo que mis músculos se tensaran involuntariamente. Mientras lo hacía, llevó una mano a mi tanga; la sintió empapada, el tejido pegajoso contra sus dedos, y sobre ella comenzó a mover su pulgar en círculos precisos, buscando y encontrando mi clítoris hinchado, frotándolo con una presión que me hacía arquear la espalda. Me masturbaba así, con maestría, mientras con la otra mano subía el buso por encima de mis pechos, bajando el sostén para liberarlos al aire fresco de la habitación. Su boca ascendió por mi abdomen, húmeda y caliente, hasta llegar a mis pezones; los lamió tiernamente, la lengua girando en espirales que me arrancaban suspiros. Todo sin detener el estímulo en mi clítoris, un ritmo constante que me hacía gemir suavemente. Mientras lamía uno de mis pezones, endurecido y sensible, con su mano izquierda masajeaba el otro seno, apretando y soltando en un vaivén hipnótico. Yo ya gemía sin control, los ojos cerrados, concentrada en el placer que invadía cada célula: el calor de su boca, la fricción de su dedo, el roce de sus palmas en mi piel.
 
De repente, sus manos se detuvieron, dejando un vacío momentáneo. Se levantó, me tomó de las manos con gentileza y me sentó erguida. Levantó mis brazos y, en un movimiento fluido, me quitó el buso por la cabeza, dejándome solo con las botas, la tanga y el sostén caído. Sentada frente a él, con las piernas abiertas y él de pie entre ellas, mis botas rozando sus pantorrillas, comencé a desabrocharle el pantalón con dedos temblorosos de excitación. Bajé el cierre con un zip audible, y el pantalón cayó a sus tobillos. Sobre sus bóxers, el bulto erecto se marcaba prominente, latiendo visiblemente. Tomé la cintura de su ropa interior y la bajé también, liberando su pene endurecido, venoso y caliente al tacto. Comencé a masturbarlo lentamente, moviendo la piel de arriba abajo con una presión suave pero firme, sintiendo cómo se hinchaba más en mi mano. Él llevó sus manos a mi cabeza, entrelazando los dedos en mi cabello, un gesto sutil que entendí perfectamente. Me acerqué, pasando mi lengua desde la base hasta la punta, lamiendo con lentitud mientras lo miraba a los ojos con una expresión coqueta, juguetona. Le sonreí disimuladamente, un guiño travieso, y procedí a metérmelo totalmente en la boca. Lo chupaba suavemente, mis labios envolviéndolo en un calor húmedo, succionando con ritmo mientras con una mano acariciaba sus testículos, rodándolos gentilmente entre mis dedos. Él se volvía loco, sus gemidos bajos resonando en la habitación, sus manos en mi cabello no presionando, solo guiando al ritmo de mi cabeza, mis labios deslizándose tiernamente por su longitud, saboreando el sabor salado de su excitación.
 
Pasaron unos minutos de ese intercambio intenso, el tiempo diluyéndose en placer. Me levantó con cuidado, me acercó a la mesa del comedor, sólida y fría bajo mis palmas. Me incliné sobre ella, ofreciéndole la vista de mi espalda arqueada y mis nalgas expuestas. Apoyé mis codos en la superficie, la madera pulida contra mi piel, mientras Gustavo lamía mi espalda, su lengua trazando líneas húmedas que me erizaban los vellos. Me agarraba las nalgas con fuerza, sus dedos hundiéndose en la carne blanda, y rozaba su pene erecto entre ellas, la fricción caliente y prometedora. Se arrodilló detrás de mí, bajó mi tanga lentamente sin quitármela del todo —aún con las botas puestas, que me daban una altura sensual—, y comenzó a practicarme sexo oral desde atrás. Esta sensación era un torbellino de placer: su lengua pasando por mi clítoris hinchado, lamiendo con avidez hasta mi ano y regresando en un ciclo interminable, el calor de su boca mezclado con mi humedad, haciendo que mi cuerpo se retorciera incontrolablemente. Lo único que podía hacer era agarrarme fuertemente de los bordes de la mesa, las uñas clavándose en la madera, gemidos escapando de mi garganta como un río desbordado.
 
Se levantó, su respiración agitada, y colocó la punta de su pene en la entrada de mi ano, empujando lentamente mientras murmuraba con voz ronca: "Este culo siempre será mío". Gustavo había sido quien me inició en el sexo anal años antes, y ahora, su miembro se abría camino con una presión deliciosa y familiar, estirándome hasta llenarme por completo. Me tomó de las caderas con manos firmes, comenzando un bombeo rítmico, profundo, cada embestida enviando ondas de placer y un leve dolor inicial que se disolvía en éxtasis. Estuvo así algún tiempo, el sonido de nuestros cuerpos chocando, llenando la habitación. Luego, con una mano me tomó del pelo y tiró con fuerza, haciendo que mi cabeza se echara hacia atrás; me dolía realmente, un tirón agudo que mezclaba placer y dolor, mientras taladraba mi trasero con ímpetu salvaje. Le pedí que me soltara, pero cuando intenté subir una mano, me tomó la muñeca y la aprisionó en mi espalda, inmovilizándome. Pasaron instantes eternos así, dominada por su urgencia. Luego me levantó, y casi sin sacármelo ni soltarme el pelo ó la muñeca, y me llevó unos pasos hasta una mesa perfecta para su altura. Salió de mi solo para acostarme boca arriba sobre ella, mis botas colgando en el aire.
 
Aún no terminaba de levantar mis piernas cuando, de una sola estocada profunda, me penetró de frente, su pene deslizándose en mi vagina ahora, húmeda y ansiosa. De todos los amantes que había tenido, ninguno había sido tan violento como él en ese momento; lo hacía con una rabia contenida, como vengándose de los años perdidos, embistiendo con una fuerza que me hacía jadear. Pero en esta nueva posición, comencé a disfrutar nuevamente: cada entrada y salida de su verga me llenaba de placer abrasador, gemía como loca, el sudor perlando mi piel, mi cuerpo retorciéndose sin control bajo él. De vez en cuando abría los ojos y lo veía ahí, dominante y empoderado, sus músculos tensos, sujetándose firmemente de mis caderas, soltándolas solo para apretar mis tetas que bailaban al ritmo de sus embestidas, los pezones endurecidos bajo sus palmas ásperas.
 
Estaba tan inmersa en el placer, las sensaciones abrumadoras —el roce interno, el calor de su cuerpo, el aroma a sexo y sudor— que no noté cuando Gustavo se acercaba al clímax. Me encanta ver a un hombre en esa fase de no retorno, pero solo sentí que sacó su miembro, lo colocó sobre mis labios vaginales y lo presionó con su pulgar, masturbándose con ellos, frotando su longitud contra mi clítoris hinchado, masturbándonos mutuamente en un frenesí. Comenzó a eyacular: chorros calientes que salpicaron mi abdomen, pero la mayoría chocando directamente contra mi clítoris, el calor de su semen provocándome un orgasmo explosivo. Sentí cómo su leche se mezclaba con mi humedad, extendiéndose con los movimientos persistentes de su pene, ondas de placer irradiando desde mi centro hasta las puntas de mis dedos.
 
Quedamos inmóviles unos segundos, recuperando el aliento, el pecho subiendo y bajando en sincronía, mientras su semen comenzaba a escurrir de mis labios hacia mis nalgas, una sensación pegajosa y cálida. Me ayudó a levantarme, murmurando con voz ronca: "Estás tan rica como siempre". Se fue al baño a limpiarse, el agua corriendo en el fondo, y regresó con papel higiénico para que yo me arreglara, pasándolo suavemente por mi piel sensible. Me dijo lo bien que la pasaríamos esas dos noches sin mi esposo, pero no era mi interés; le pedí que se arreglara y se fuera, con una sonrisa cansada pero firme. Me acosté desnuda como me había dejado, el cuerpo aún vibrando, y me dormí profundamente.
 
Un par de horas después, sentí una mano deslizándose sobre mi, un toque familiar que me despertó con un sobresalto. Pensé aterrorizada que Gustavo había encontrado la forma de regresar, pero no: era mi esposo, su voz suave en la oscuridad: "No fue necesario salir de la ciudad, trabajé desde la oficina".

reddit.com
u/TatiSabogal — 9 days ago

Relato erótico: Sexo con mi ex mientras mi esposo no está

Hace un par de meses, había vivido una experiencia que aún resonaba en cada fibra de mi ser, cumpliendo una fantasía de mi esposo que nos había unido de formas inesperadas. Desde entonces, nuestra relación florecía como nunca; el sexo era un torbellino de pasión y morbo, con caricias que se prolongaban en la oscuridad de la noche, susurrándonos secretos que nos encendían el alma. Sin embargo, en lo profundo de mi mente, durante algunos de esos momentos de éxtasis con mi esposo, no podía evitar fantasear con otros hombres, sus cuerpos fusionándose con el mío. No era que Andrés me dejara insatisfecha —al contrario, me hacía volar—, pero aquella aventura había despertado un hambre insaciable, un deseo de repetir esa excitación prohibida que me hacía temblar solo de pensarlo.
 
Personalmente, me había transformado. La inhibición que antes me ataba se había desvanecido, reemplazada por una confianza radiante que irradiaba hacia el mundo. Mis redes sociales se convirtieron en un lienzo de mi nueva yo: al principio, fotos inocentes de eventos especiales o lugares pintorescos, capturando sonrisas espontáneas bajo el sol de la tarde o en la calidez de una cena familiar. Pero pronto, el impulso creció; me fotografiaba en cualquier rincón de la vida cotidiana —en el asiento del carro, con el viento revolviendo mi cabello; en el gimnasio, sudorosa y triunfante tras una sesión intensa, el reflejo de mis músculos tensos en el espejo; frente a cualquier superficie reflectante que me devolviera una imagen empoderada. Vestida con el uniforme ajustado de la empresa, que acentuaba mis curvas profesionales; en jeans ceñidos que moldeaban mis caderas; en faldas cortas que danzaban con cada paso. Cada publicación atraía una oleada de likes, seguidores nuevos que surgían de la nada, solicitudes de amistad de desconocidos. Los comentarios fluían como un río: halagos dulces que me hacían sonreír, piropos morbosos que encendían un calor en mi vientre, y algunos que rozaban el límite del respeto, pero que, en secreto, me hacían sentir viva, deseada, poderosa.
 
Incluso mi esposo notó el cambio un día, mientras revisábamos mi feed juntos en el sofá; me preguntó con una ceja arqueada por qué esta repentina exhibición, aunque añadió con una sonrisa pícara que, por ahora, no le molestaba en absoluto. Sus palabras me animaron a seguir, sabiendo que caminaba en una línea fina pero excitante.
 
Un día, entre las notificaciones habituales, apareció una solicitud de seguidor en Instagram que me hizo pausar el corazón: era Gustavo, mi exnovio de hace años. Nuestra historia había terminado abruptamente por un viaje que lo obligó a partir, dejando atrás promesas rotas y un vacío que tardé en llenar. Dudé durante días, mi dedo flotando sobre la pantalla, pero al final acepté. Como era predecible, comenzó a dar likes a mis fotos y historias antiguas, un goteo constante de aprobación silenciosa. Pero no comentaba, no escribía. No se atrevía. Continué publicando fotos: montando bicicleta en un parque soleado, con el viento pegando mi camiseta al torso; o en un vestido ceñido que fluía como seda sobre mis curvas durante una salida nocturna; también la clásica toma desde arriba, inclinándome ligeramente para que mis pechos se insinuaran con elegancia; o posando frente al espejo del baño, girándome para mostrar el contorno firme de mis nalgas en leggings ajustados. Siempre cuidando no caer en lo vulgar, manteniendo un aire de misterio y clase. Quería que fuera él quien rompiera el silencio primero. A veces, antes de publicar, le mostraba la foto a mi esposo en la cama, con el teléfono iluminando nuestras caras en la penumbra; le preguntaba si le parecía bien, y en algunas ocasiones, asentía con un guiño, su mano rozando mi muslo como aprobación tácita.
 
Por fin, un día se animó. Un mensaje simple: "Hola". Lo dejé en visto durante dos días, no quería parecer ansiosa. Cuando respondí, fui cortante, frases secas como "Bien" o "Todo igual". Contestaba horas después, a veces días, manteniendo la distancia. Sus preguntas eran las típicas: "¿Cómo vas?", "¿Qué hay de tu vida?", "Veo que estás feliz", "¿Qué andas haciendo?", "¿Qué pasó con ese proyecto?". Pero poco a poco, la conversación fluyó como un río que gana caudal. Empecé a preguntar por él: su trabajo, dónde vivía ahora. Ganó confianza, y sus reacciones a mis publicaciones cambiaron: emojis de ojos en forma de corazón, caritas de fuego que ardían en la pantalla. Los comentarios se volvieron admirativos, halagando mi belleza con palabras que rozaban el coqueteo. Inevitablemente, tocamos el pasado: le recordé lo desgraciado que había sido, las veces que me dejó plantada en restaurantes vacíos, esperando en vano. Él admitió todo, con voz textual llena de arrepentimiento: "Tienes toda la razón, me arrepiento cada día, especialmente ahora que veo la mujer increíble en la que te has convertido". Sus mensajes se cargaron de morbo, enfocándose en partes de mi cuerpo —"Esa sonrisa tuya me mata", "Recuerdo cómo se sentían tus curvas"—, rememorando momentos íntimos que nos unieron en el pasado. Me invitaba a un café una y otra vez, y yo me negaba con excusas elegantes. Pero, como dice el dicho, tanto va el cántaro a la fuente hasta que se rompe. Terminé aceptando.
 
Nos encontramos en un café acogedor con el aroma a espresso flotando en el aire, y charlamos durante un par de horas sobre nada y todo. Fue una conversación normal, como viejos amigos, sin insinuaciones. Quedamos en vernos de nuevo. Pero no duró mucho esa inocencia. Insistía en ir por unos tragos en un bar tenuemente iluminado, con jazz de fondo y copas tintineando. Siempre me hacía del rogar, inventando compromisos, posponiendo una y otra vez, o simplemente diciéndole que no era correcto. Andrés —mi esposo— sabía cada vez que quedaba con Gustavo. Llevábamos una relación abierta, por lo que él conocía todos los detalles de mis salidas “inocentes”: “Voy a tomar un café con un viejo amigo”, le decía, y él sonreía, me daba un beso y respondía: “Que te vaya bien, amor”. Incluso bromeaba: “Si se pone muy pesado, me llamas y voy por ti”. Nunca había celos, nunca reproches; esa era nuestra regla y la vivíamos con libertad y confianza.
 
Pero en el fondo, algo en mí se resistía a cruzar del todo la línea mientras Andrés supiera exactamente con quién estaba. No era que él me prohibiera nada —al contrario, disfrutaba escuchar mis aventuras—, sino que la idea de que él imaginara a Gustavo, mi ex, tocándome, penetrándome, me producía una mezcla extraña de morbo y vergüenza. Si algún día decidía dejarme llevar de verdad, quería que fuera en un terreno que él no pudiera ubicar con nombre y apellido; quería proteger esa fantasía, ese rincón donde el deseo fuera solo mío por unas horas
 
Hasta que el destino jugó a mi favor: por trabajo, mi esposo tuvo que salir de viaje por un par de noches, o eso le habían dicho. Coordiné con Gustavo para esa misma noche. Me preparé con esmero, queriendo dejarlo sin aliento. Me puse una tanga de encaje negro, delicada y provocativa, que se adhería a mi piel; un sostén a juego que realzaba mis pechos con encajes intrincados. Sobre eso, un buso largo y suelto de color blanco, que caía como una falda improvisada, rozando mis muslos. Siempre he amado las botas altas en tacón, con caña que sube por encima de las rodillas, así que elegí mis favoritas en beige, combinadas con una gabardina del mismo tono que me daba un aire elegante y sobrio, pero con un toque irresistible. Tomé un Uber, el corazón latiéndome fuerte contra el pecho mientras el auto serpenteaba por las calles iluminadas.
 
Me llevó a cenar a un restaurante íntimo, con velas parpadeando sobre la mesa y el murmullo de conversaciones ajenas. Hablamos de banalidades: el clima, películas recientes, anécdotas laborales. Nada serio, nada comprometedor. Al finalizar, me llevó a casa; su plan era dejarme en la puerta e irse. Pero lo invité a entrar, con una sonrisa juguetona que no esperaba usar. Aceptó sin resistirse mucho, sus ojos brillando con sorpresa. Entramos al apartamento, el aire cálido y familiar envolviéndonos. Me quité la gabardina lentamente, colgándola en el perchero para que pudiera apreciar mi silueta delineada por el buso blanco. Destapé una botella de vino tinto, el corcho saliendo con un pop suave, y brindamos, el cristal chocando con un tintineo mientras uno de mis playlist eróticos comenzaba a sonar. Nos sentamos en el sofá, charlando sobre recuerdos lejanos y sueños actuales, el vino calentándonos las venas.
 
El alcohol hacia su magia rápidamente, aflojando inhibiciones. Él se levantaba para servir otra copa, ir al baño o cualquier excusa, y al regresar se sentaba cada vez más cerca, su muslo rozando el mío. Yo lo esperaba con las piernas cruzadas, las botas beige brillando bajo la luz tenue, permitiendo que vislumbrara la piel suave de mis muslos. Finalmente, estuvimos lado a lado; pasó su brazo izquierdo por detrás de mi cuello, abrazándome con calidez, y seguimos hablando como si nada. Unos segundos más, y su mano derecha descansó casualmente en mi pierna derecha, los dedos cálidos contra mi piel. Pronto, comenzó a acariciar suavemente, trazando círculos perezosos que enviaban cosquillitas nerviosas por mi espina dorsal, un escalofrío eléctrico que me hacía morderme el labio. Él lo sabía; no había olvidado cómo ese roce sutil me encendía como una mecha. Con la mano detrás de mi cabeza, rozaba mi oreja izquierda, su aliento cálido cerca de mi cuello. Lo tenía justo donde lo quería: cerca, tocándome, con un deseo palpable en el aire, listo para devorarme.
 
Me besó la oreja con delicadeza, un beso húmedo que me hizo cerrar los ojos. Se desplazó hacia adelante, buscando mi boca, y yo giré la cabeza rápidamente para ofrecérsela, nuestros labios encontrándose en un beso profundo, cargado de años de separación. La mano que rozaba mi pierna ahora la apretaba con firmeza, sus dedos hundiéndose en la carne suave. Bastaron unos segundos para que subiera decididamente hacia mis senos, apretándolos suavemente a través de la tela, enviando ondas de placer por mi cuerpo. Me tumbé en el sofá, quedando totalmente acostada, invitándolo con mi postura abierta. Levanté mis manos y tomé un cojín para apoyar mi cabeza, dejando mi cuerpo a su merced como un lienzo vivo. Él lo entendió al instante; bajó su mano derecha de nuevo a mis piernas, pero esta vez no se detuvo: me subió el buso hasta la cintura, exponiendo mi ombligo plano, mis caderas curvas y la tanga de encaje negro ya humedecida por la anticipación. Besó mi abdomen con labios temblorosos, se notaba nervioso, su respiración entrecortada mientras apretaba mis piernas con ambas manos, explorando la textura suave de mi piel. Yo cerré los ojos, dejándome llevar por el torrente de sensaciones, el aroma a vino y a su colonia mezclándose en el aire.
 
Estuvo así unos segundos eternos, saboreando mi piel, luego descendió a besar mis piernas, lamiendo desde las rodillas hacia arriba, donde soy tan sensible que corrientazos eléctricos me recorrieron el cuerpo, haciendo que mis músculos se tensaran involuntariamente. Mientras lo hacía, llevó una mano a mi tanga; la sintió empapada, el tejido pegajoso contra sus dedos, y sobre ella comenzó a mover su pulgar en círculos precisos, buscando y encontrando mi clítoris hinchado, frotándolo con una presión que me hacía arquear la espalda. Me masturbaba así, con maestría, mientras con la otra mano subía el buso por encima de mis pechos, bajando el sostén para liberarlos al aire fresco de la habitación. Su boca ascendió por mi abdomen, húmeda y caliente, hasta llegar a mis pezones; los lamió tiernamente, la lengua girando en espirales que me arrancaban suspiros. Todo sin detener el estímulo en mi clítoris, un ritmo constante que me hacía gemir suavemente. Mientras lamía uno de mis pezones, endurecido y sensible, con su mano izquierda masajeaba el otro seno, apretando y soltando en un vaivén hipnótico. Yo ya gemía sin control, los ojos cerrados, concentrada en el placer que invadía cada célula: el calor de su boca, la fricción de su dedo, el roce de sus palmas en mi piel.
 
De repente, sus manos se detuvieron, dejando un vacío momentáneo. Se levantó, me tomó de las manos con gentileza y me sentó erguida. Levantó mis brazos y, en un movimiento fluido, me quitó el buso por la cabeza, dejándome solo con las botas, la tanga y el sostén caído. Sentada frente a él, con las piernas abiertas y él de pie entre ellas, mis botas rozando sus pantorrillas, comencé a desabrocharle el pantalón con dedos temblorosos de excitación. Bajé el cierre con un zip audible, y el pantalón cayó a sus tobillos. Sobre sus bóxers, el bulto erecto se marcaba prominente, latiendo visiblemente. Tomé la cintura de su ropa interior y la bajé también, liberando su pene endurecido, venoso y caliente al tacto. Comencé a masturbarlo lentamente, moviendo la piel de arriba abajo con una presión suave pero firme, sintiendo cómo se hinchaba más en mi mano. Él llevó sus manos a mi cabeza, entrelazando los dedos en mi cabello, un gesto sutil que entendí perfectamente. Me acerqué, pasando mi lengua desde la base hasta la punta, lamiendo con lentitud mientras lo miraba a los ojos con una expresión coqueta, juguetona. Le sonreí disimuladamente, un guiño travieso, y procedí a metérmelo totalmente en la boca. Lo chupaba suavemente, mis labios envolviéndolo en un calor húmedo, succionando con ritmo mientras con una mano acariciaba sus testículos, rodándolos gentilmente entre mis dedos. Él se volvía loco, sus gemidos bajos resonando en la habitación, sus manos en mi cabello no presionando, solo guiando al ritmo de mi cabeza, mis labios deslizándose tiernamente por su longitud, saboreando el sabor salado de su excitación.
 
Pasaron unos minutos de ese intercambio intenso, el tiempo diluyéndose en placer. Me levantó con cuidado, me acercó a la mesa del comedor, sólida y fría bajo mis palmas. Me incliné sobre ella, ofreciéndole la vista de mi espalda arqueada y mis nalgas expuestas. Apoyé mis codos en la superficie, la madera pulida contra mi piel, mientras Gustavo lamía mi espalda, su lengua trazando líneas húmedas que me erizaban los vellos. Me agarraba las nalgas con fuerza, sus dedos hundiéndose en la carne blanda, y rozaba su pene erecto entre ellas, la fricción caliente y prometedora. Se arrodilló detrás de mí, bajó mi tanga lentamente sin quitármela del todo —aún con las botas puestas, que me daban una altura sensual—, y comenzó a practicarme sexo oral desde atrás. Esta sensación era un torbellino de placer: su lengua pasando por mi clítoris hinchado, lamiendo con avidez hasta mi ano y regresando en un ciclo interminable, el calor de su boca mezclado con mi humedad, haciendo que mi cuerpo se retorciera incontrolablemente. Lo único que podía hacer era agarrarme fuertemente de los bordes de la mesa, las uñas clavándose en la madera, gemidos escapando de mi garganta como un río desbordado.
 
Se levantó, su respiración agitada, y colocó la punta de su pene en la entrada de mi ano, empujando lentamente mientras murmuraba con voz ronca: "Este culo siempre será mío". Gustavo había sido quien me inició en el sexo anal años antes, y ahora, su miembro se abría camino con una presión deliciosa y familiar, estirándome hasta llenarme por completo. Me tomó de las caderas con manos firmes, comenzando un bombeo rítmico, profundo, cada embestida enviando ondas de placer y un leve dolor inicial que se disolvía en éxtasis. Estuvo así algún tiempo, el sonido de nuestros cuerpos chocando, llenando la habitación. Luego, con una mano me tomó del pelo y tiró con fuerza, haciendo que mi cabeza se echara hacia atrás; me dolía realmente, un tirón agudo que mezclaba placer y dolor, mientras taladraba mi trasero con ímpetu salvaje. Le pedí que me soltara, pero cuando intenté subir una mano, me tomó la muñeca y la aprisionó en mi espalda, inmovilizándome. Pasaron instantes eternos así, dominada por su urgencia. Luego me levantó, y casi sin sacármelo ni soltarme el pelo ó la muñeca, y me llevó unos pasos hasta una mesa perfecta para su altura. Salió de mi solo para acostarme boca arriba sobre ella, mis botas colgando en el aire.
 
Aún no terminaba de levantar mis piernas cuando, de una sola estocada profunda, me penetró de frente, su pene deslizándose en mi vagina ahora, húmeda y ansiosa. De todos los amantes que había tenido, ninguno había sido tan violento como él en ese momento; lo hacía con una rabia contenida, como vengándose de los años perdidos, embistiendo con una fuerza que me hacía jadear. Pero en esta nueva posición, comencé a disfrutar nuevamente: cada entrada y salida de su verga me llenaba de placer abrasador, gemía como loca, el sudor perlando mi piel, mi cuerpo retorciéndose sin control bajo él. De vez en cuando abría los ojos y lo veía ahí, dominante y empoderado, sus músculos tensos, sujetándose firmemente de mis caderas, soltándolas solo para apretar mis tetas que bailaban al ritmo de sus embestidas, los pezones endurecidos bajo sus palmas ásperas.
 
Estaba tan inmersa en el placer, las sensaciones abrumadoras —el roce interno, el calor de su cuerpo, el aroma a sexo y sudor— que no noté cuando Gustavo se acercaba al clímax. Me encanta ver a un hombre en esa fase de no retorno, pero solo sentí que sacó su miembro, lo colocó sobre mis labios vaginales y lo presionó con su pulgar, masturbándose con ellos, frotando su longitud contra mi clítoris hinchado, masturbándonos mutuamente en un frenesí. Comenzó a eyacular: chorros calientes que salpicaron mi abdomen, pero la mayoría chocando directamente contra mi clítoris, el calor de su semen provocándome un orgasmo explosivo. Sentí cómo su leche se mezclaba con mi humedad, extendiéndose con los movimientos persistentes de su pene, ondas de placer irradiando desde mi centro hasta las puntas de mis dedos.
 
Quedamos inmóviles unos segundos, recuperando el aliento, el pecho subiendo y bajando en sincronía, mientras su semen comenzaba a escurrir de mis labios hacia mis nalgas, una sensación pegajosa y cálida. Me ayudó a levantarme, murmurando con voz ronca: "Estás tan rica como siempre". Se fue al baño a limpiarse, el agua corriendo en el fondo, y regresó con papel higiénico para que yo me arreglara, pasándolo suavemente por mi piel sensible. Me dijo lo bien que la pasaríamos esas dos noches sin mi esposo, pero no era mi interés; le pedí que se arreglara y se fuera, con una sonrisa cansada pero firme. Me acosté desnuda como me había dejado, el cuerpo aún vibrando, y me dormí profundamente.
 
Un par de horas después, sentí una mano deslizándose sobre mi, un toque familiar que me despertó con un sobresalto. Pensé aterrorizada que Gustavo había encontrado la forma de regresar, pero no: era mi esposo, su voz suave en la oscuridad: "No fue necesario salir de la ciudad, trabajé desde la oficina".

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u/TatiSabogal — 9 days ago
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Relato: Sexo con mi ex mientras mi esposo no está

Hace un par de meses, había vivido una experiencia que aún resonaba en cada fibra de mi ser, cumpliendo una fantasía de mi esposo que nos había unido de formas inesperadas. Desde entonces, nuestra relación florecía como nunca; el sexo era un torbellino de pasión y morbo, con caricias que se prolongaban en la oscuridad de la noche, susurrándonos secretos que nos encendían el alma. Sin embargo, en lo profundo de mi mente, durante algunos de esos momentos de éxtasis con mi esposo, no podía evitar fantasear con otros hombres, sus cuerpos fusionándose con el mío. No era que Andrés me dejara insatisfecha —al contrario, me hacía volar—, pero aquella aventura había despertado un hambre insaciable, un deseo de repetir esa excitación prohibida que me hacía temblar solo de pensarlo.
 
Personalmente, me había transformado. La inhibición que antes me ataba se había desvanecido, reemplazada por una confianza radiante que irradiaba hacia el mundo. Mis redes sociales se convirtieron en un lienzo de mi nueva yo: al principio, fotos inocentes de eventos especiales o lugares pintorescos, capturando sonrisas espontáneas bajo el sol de la tarde o en la calidez de una cena familiar. Pero pronto, el impulso creció; me fotografiaba en cualquier rincón de la vida cotidiana —en el asiento del carro, con el viento revolviendo mi cabello; en el gimnasio, sudorosa y triunfante tras una sesión intensa, el reflejo de mis músculos tensos en el espejo; frente a cualquier superficie reflectante que me devolviera una imagen empoderada. Vestida con el uniforme ajustado de la empresa, que acentuaba mis curvas profesionales; en jeans ceñidos que moldeaban mis caderas; en faldas cortas que danzaban con cada paso. Cada publicación atraía una oleada de likes, seguidores nuevos que surgían de la nada, solicitudes de amistad de desconocidos. Los comentarios fluían como un río: halagos dulces que me hacían sonreír, piropos morbosos que encendían un calor en mi vientre, y algunos que rozaban el límite del respeto, pero que, en secreto, me hacían sentir viva, deseada, poderosa.
 
Incluso mi esposo notó el cambio un día, mientras revisábamos mi feed juntos en el sofá; me preguntó con una ceja arqueada por qué esta repentina exhibición, aunque añadió con una sonrisa pícara que, por ahora, no le molestaba en absoluto. Sus palabras me animaron a seguir, sabiendo que caminaba en una línea fina pero excitante.
 
Un día, entre las notificaciones habituales, apareció una solicitud de seguidor en Instagram que me hizo pausar el corazón: era Gustavo, mi exnovio de hace años. Nuestra historia había terminado abruptamente por un viaje que lo obligó a partir, dejando atrás promesas rotas y un vacío que tardé en llenar. Dudé durante días, mi dedo flotando sobre la pantalla, pero al final acepté. Como era predecible, comenzó a dar likes a mis fotos y historias antiguas, un goteo constante de aprobación silenciosa. Pero no comentaba, no escribía. No se atrevía. Continué publicando fotos: montando bicicleta en un parque soleado, con el viento pegando mi camiseta al torso; o en un vestido ceñido que fluía como seda sobre mis curvas durante una salida nocturna; también la clásica toma desde arriba, inclinándome ligeramente para que mis pechos se insinuaran con elegancia; o posando frente al espejo del baño, girándome para mostrar el contorno firme de mis nalgas en leggings ajustados. Siempre cuidando no caer en lo vulgar, manteniendo un aire de misterio y clase. Quería que fuera él quien rompiera el silencio primero. A veces, antes de publicar, le mostraba la foto a mi esposo en la cama, con el teléfono iluminando nuestras caras en la penumbra; le preguntaba si le parecía bien, y en algunas ocasiones, asentía con un guiño, su mano rozando mi muslo como aprobación tácita.
 
Por fin, un día se animó. Un mensaje simple: "Hola". Lo dejé en visto durante dos días, no quería parecer ansiosa. Cuando respondí, fui cortante, frases secas como "Bien" o "Todo igual". Contestaba horas después, a veces días, manteniendo la distancia. Sus preguntas eran las típicas: "¿Cómo vas?", "¿Qué hay de tu vida?", "Veo que estás feliz", "¿Qué andas haciendo?", "¿Qué pasó con ese proyecto?". Pero poco a poco, la conversación fluyó como un río que gana caudal. Empecé a preguntar por él: su trabajo, dónde vivía ahora. Ganó confianza, y sus reacciones a mis publicaciones cambiaron: emojis de ojos en forma de corazón, caritas de fuego que ardían en la pantalla. Los comentarios se volvieron admirativos, halagando mi belleza con palabras que rozaban el coqueteo. Inevitablemente, tocamos el pasado: le recordé lo desgraciado que había sido, las veces que me dejó plantada en restaurantes vacíos, esperando en vano. Él admitió todo, con voz textual llena de arrepentimiento: "Tienes toda la razón, me arrepiento cada día, especialmente ahora que veo la mujer increíble en la que te has convertido". Sus mensajes se cargaron de morbo, enfocándose en partes de mi cuerpo —"Esa sonrisa tuya me mata", "Recuerdo cómo se sentían tus curvas"—, rememorando momentos íntimos que nos unieron en el pasado. Me invitaba a un café una y otra vez, y yo me negaba con excusas elegantes. Pero, como dice el dicho, tanto va el cántaro a la fuente hasta que se rompe. Terminé aceptando.
 
Nos encontramos en un café acogedor con el aroma a espresso flotando en el aire, y charlamos durante un par de horas sobre nada y todo. Fue una conversación normal, como viejos amigos, sin insinuaciones. Quedamos en vernos de nuevo. Pero no duró mucho esa inocencia. Insistía en ir por unos tragos en un bar tenuemente iluminado, con jazz de fondo y copas tintineando. Siempre me hacía del rogar, inventando compromisos, posponiendo una y otra vez, o simplemente diciéndole que no era correcto. Andrés —mi esposo— sabía cada vez que quedaba con Gustavo. Llevábamos una relación abierta, por lo que él conocía todos los detalles de mis salidas “inocentes”: “Voy a tomar un café con un viejo amigo”, le decía, y él sonreía, me daba un beso y respondía: “Que te vaya bien, amor”. Incluso bromeaba: “Si se pone muy pesado, me llamas y voy por ti”. Nunca había celos, nunca reproches; esa era nuestra regla y la vivíamos con libertad y confianza.
 
Pero en el fondo, algo en mí se resistía a cruzar del todo la línea mientras Andrés supiera exactamente con quién estaba. No era que él me prohibiera nada —al contrario, disfrutaba escuchar mis aventuras—, sino que la idea de que él imaginara a Gustavo, mi ex, tocándome, penetrándome, me producía una mezcla extraña de morbo y vergüenza. Si algún día decidía dejarme llevar de verdad, quería que fuera en un terreno que él no pudiera ubicar con nombre y apellido; quería proteger esa fantasía, ese rincón donde el deseo fuera solo mío por unas horas
 
Hasta que el destino jugó a mi favor: por trabajo, mi esposo tuvo que salir de viaje por un par de noches, o eso le habían dicho. Coordiné con Gustavo para esa misma noche. Me preparé con esmero, queriendo dejarlo sin aliento. Me puse una tanga de encaje negro, delicada y provocativa, que se adhería a mi piel; un sostén a juego que realzaba mis pechos con encajes intrincados. Sobre eso, un buso largo y suelto de color blanco, que caía como una falda improvisada, rozando mis muslos. Siempre he amado las botas altas en tacón, con caña que sube por encima de las rodillas, así que elegí mis favoritas en beige, combinadas con una gabardina del mismo tono que me daba un aire elegante y sobrio, pero con un toque irresistible. Tomé un Uber, el corazón latiéndome fuerte contra el pecho mientras el auto serpenteaba por las calles iluminadas.
 
Me llevó a cenar a un restaurante íntimo, con velas parpadeando sobre la mesa y el murmullo de conversaciones ajenas. Hablamos de banalidades: el clima, películas recientes, anécdotas laborales. Nada serio, nada comprometedor. Al finalizar, me llevó a casa; su plan era dejarme en la puerta e irse. Pero lo invité a entrar, con una sonrisa juguetona que no esperaba usar. Aceptó sin resistirse mucho, sus ojos brillando con sorpresa. Entramos al apartamento, el aire cálido y familiar envolviéndonos. Me quité la gabardina lentamente, colgándola en el perchero para que pudiera apreciar mi silueta delineada por el buso blanco. Destapé una botella de vino tinto, el corcho saliendo con un pop suave, y brindamos, el cristal chocando con un tintineo mientras uno de mis playlist eróticos comenzaba a sonar. Nos sentamos en el sofá, charlando sobre recuerdos lejanos y sueños actuales, el vino calentándonos las venas.
 
El alcohol hacia su magia rápidamente, aflojando inhibiciones. Él se levantaba para servir otra copa, ir al baño o cualquier excusa, y al regresar se sentaba cada vez más cerca, su muslo rozando el mío. Yo lo esperaba con las piernas cruzadas, las botas beige brillando bajo la luz tenue, permitiendo que vislumbrara la piel suave de mis muslos. Finalmente, estuvimos lado a lado; pasó su brazo izquierdo por detrás de mi cuello, abrazándome con calidez, y seguimos hablando como si nada. Unos segundos más, y su mano derecha descansó casualmente en mi pierna derecha, los dedos cálidos contra mi piel. Pronto, comenzó a acariciar suavemente, trazando círculos perezosos que enviaban cosquillitas nerviosas por mi espina dorsal, un escalofrío eléctrico que me hacía morderme el labio. Él lo sabía; no había olvidado cómo ese roce sutil me encendía como una mecha. Con la mano detrás de mi cabeza, rozaba mi oreja izquierda, su aliento cálido cerca de mi cuello. Lo tenía justo donde lo quería: cerca, tocándome, con un deseo palpable en el aire, listo para devorarme.
 
Me besó la oreja con delicadeza, un beso húmedo que me hizo cerrar los ojos. Se desplazó hacia adelante, buscando mi boca, y yo giré la cabeza rápidamente para ofrecérsela, nuestros labios encontrándose en un beso profundo, cargado de años de separación. La mano que rozaba mi pierna ahora la apretaba con firmeza, sus dedos hundiéndose en la carne suave. Bastaron unos segundos para que subiera decididamente hacia mis senos, apretándolos suavemente a través de la tela, enviando ondas de placer por mi cuerpo. Me tumbé en el sofá, quedando totalmente acostada, invitándolo con mi postura abierta. Levanté mis manos y tomé un cojín para apoyar mi cabeza, dejando mi cuerpo a su merced como un lienzo vivo. Él lo entendió al instante; bajó su mano derecha de nuevo a mis piernas, pero esta vez no se detuvo: me subió el buso hasta la cintura, exponiendo mi ombligo plano, mis caderas curvas y la tanga de encaje negro ya humedecida por la anticipación. Besó mi abdomen con labios temblorosos, se notaba nervioso, su respiración entrecortada mientras apretaba mis piernas con ambas manos, explorando la textura suave de mi piel. Yo cerré los ojos, dejándome llevar por el torrente de sensaciones, el aroma a vino y a su colonia mezclándose en el aire.
 
Estuvo así unos segundos eternos, saboreando mi piel, luego descendió a besar mis piernas, lamiendo desde las rodillas hacia arriba, donde soy tan sensible que corrientazos eléctricos me recorrieron el cuerpo, haciendo que mis músculos se tensaran involuntariamente. Mientras lo hacía, llevó una mano a mi tanga; la sintió empapada, el tejido pegajoso contra sus dedos, y sobre ella comenzó a mover su pulgar en círculos precisos, buscando y encontrando mi clítoris hinchado, frotándolo con una presión que me hacía arquear la espalda. Me masturbaba así, con maestría, mientras con la otra mano subía el buso por encima de mis pechos, bajando el sostén para liberarlos al aire fresco de la habitación. Su boca ascendió por mi abdomen, húmeda y caliente, hasta llegar a mis pezones; los lamió tiernamente, la lengua girando en espirales que me arrancaban suspiros. Todo sin detener el estímulo en mi clítoris, un ritmo constante que me hacía gemir suavemente. Mientras lamía uno de mis pezones, endurecido y sensible, con su mano izquierda masajeaba el otro seno, apretando y soltando en un vaivén hipnótico. Yo ya gemía sin control, los ojos cerrados, concentrada en el placer que invadía cada célula: el calor de su boca, la fricción de su dedo, el roce de sus palmas en mi piel.
 
De repente, sus manos se detuvieron, dejando un vacío momentáneo. Se levantó, me tomó de las manos con gentileza y me sentó erguida. Levantó mis brazos y, en un movimiento fluido, me quitó el buso por la cabeza, dejándome solo con las botas, la tanga y el sostén caído. Sentada frente a él, con las piernas abiertas y él de pie entre ellas, mis botas rozando sus pantorrillas, comencé a desabrocharle el pantalón con dedos temblorosos de excitación. Bajé el cierre con un zip audible, y el pantalón cayó a sus tobillos. Sobre sus bóxers, el bulto erecto se marcaba prominente, latiendo visiblemente. Tomé la cintura de su ropa interior y la bajé también, liberando su pene endurecido, venoso y caliente al tacto. Comencé a masturbarlo lentamente, moviendo la piel de arriba abajo con una presión suave pero firme, sintiendo cómo se hinchaba más en mi mano. Él llevó sus manos a mi cabeza, entrelazando los dedos en mi cabello, un gesto sutil que entendí perfectamente. Me acerqué, pasando mi lengua desde la base hasta la punta, lamiendo con lentitud mientras lo miraba a los ojos con una expresión coqueta, juguetona. Le sonreí disimuladamente, un guiño travieso, y procedí a metérmelo totalmente en la boca. Lo chupaba suavemente, mis labios envolviéndolo en un calor húmedo, succionando con ritmo mientras con una mano acariciaba sus testículos, rodándolos gentilmente entre mis dedos. Él se volvía loco, sus gemidos bajos resonando en la habitación, sus manos en mi cabello no presionando, solo guiando al ritmo de mi cabeza, mis labios deslizándose tiernamente por su longitud, saboreando el sabor salado de su excitación.
 
Pasaron unos minutos de ese intercambio intenso, el tiempo diluyéndose en placer. Me levantó con cuidado, me acercó a la mesa del comedor, sólida y fría bajo mis palmas. Me incliné sobre ella, ofreciéndole la vista de mi espalda arqueada y mis nalgas expuestas. Apoyé mis codos en la superficie, la madera pulida contra mi piel, mientras Gustavo lamía mi espalda, su lengua trazando líneas húmedas que me erizaban los vellos. Me agarraba las nalgas con fuerza, sus dedos hundiéndose en la carne blanda, y rozaba su pene erecto entre ellas, la fricción caliente y prometedora. Se arrodilló detrás de mí, bajó mi tanga lentamente sin quitármela del todo —aún con las botas puestas, que me daban una altura sensual—, y comenzó a practicarme sexo oral desde atrás. Esta sensación era un torbellino de placer: su lengua pasando por mi clítoris hinchado, lamiendo con avidez hasta mi ano y regresando en un ciclo interminable, el calor de su boca mezclado con mi humedad, haciendo que mi cuerpo se retorciera incontrolablemente. Lo único que podía hacer era agarrarme fuertemente de los bordes de la mesa, las uñas clavándose en la madera, gemidos escapando de mi garganta como un río desbordado.
 
Se levantó, su respiración agitada, y colocó la punta de su pene en la entrada de mi ano, empujando lentamente mientras murmuraba con voz ronca: "Este culo siempre será mío". Gustavo había sido quien me inició en el sexo anal años antes, y ahora, su miembro se abría camino con una presión deliciosa y familiar, estirándome hasta llenarme por completo. Me tomó de las caderas con manos firmes, comenzando un bombeo rítmico, profundo, cada embestida enviando ondas de placer y un leve dolor inicial que se disolvía en éxtasis. Estuvo así algún tiempo, el sonido de nuestros cuerpos chocando, llenando la habitación. Luego, con una mano me tomó del pelo y tiró con fuerza, haciendo que mi cabeza se echara hacia atrás; me dolía realmente, un tirón agudo que mezclaba placer y dolor, mientras taladraba mi trasero con ímpetu salvaje. Le pedí que me soltara, pero cuando intenté subir una mano, me tomó la muñeca y la aprisionó en mi espalda, inmovilizándome. Pasaron instantes eternos así, dominada por su urgencia. Luego me levantó, y casi sin sacármelo ni soltarme el pelo ó la muñeca, y me llevó unos pasos hasta una mesa perfecta para su altura. Salió de mi solo para acostarme boca arriba sobre ella, mis botas colgando en el aire.
 
Aún no terminaba de levantar mis piernas cuando, de una sola estocada profunda, me penetró de frente, su pene deslizándose en mi vagina ahora, húmeda y ansiosa. De todos los amantes que había tenido, ninguno había sido tan violento como él en ese momento; lo hacía con una rabia contenida, como vengándose de los años perdidos, embistiendo con una fuerza que me hacía jadear. Pero en esta nueva posición, comencé a disfrutar nuevamente: cada entrada y salida de su verga me llenaba de placer abrasador, gemía como loca, el sudor perlando mi piel, mi cuerpo retorciéndose sin control bajo él. De vez en cuando abría los ojos y lo veía ahí, dominante y empoderado, sus músculos tensos, sujetándose firmemente de mis caderas, soltándolas solo para apretar mis tetas que bailaban al ritmo de sus embestidas, los pezones endurecidos bajo sus palmas ásperas.
 
Estaba tan inmersa en el placer, las sensaciones abrumadoras —el roce interno, el calor de su cuerpo, el aroma a sexo y sudor— que no noté cuando Gustavo se acercaba al clímax. Me encanta ver a un hombre en esa fase de no retorno, pero solo sentí que sacó su miembro, lo colocó sobre mis labios vaginales y lo presionó con su pulgar, masturbándose con ellos, frotando su longitud contra mi clítoris hinchado, masturbándonos mutuamente en un frenesí. Comenzó a eyacular: chorros calientes que salpicaron mi abdomen, pero la mayoría chocando directamente contra mi clítoris, el calor de su semen provocándome un orgasmo explosivo. Sentí cómo su leche se mezclaba con mi humedad, extendiéndose con los movimientos persistentes de su pene, ondas de placer irradiando desde mi centro hasta las puntas de mis dedos.
 
Quedamos inmóviles unos segundos, recuperando el aliento, el pecho subiendo y bajando en sincronía, mientras su semen comenzaba a escurrir de mis labios hacia mis nalgas, una sensación pegajosa y cálida. Me ayudó a levantarme, murmurando con voz ronca: "Estás tan rica como siempre". Se fue al baño a limpiarse, el agua corriendo en el fondo, y regresó con papel higiénico para que yo me arreglara, pasándolo suavemente por mi piel sensible. Me dijo lo bien que la pasaríamos esas dos noches sin mi esposo, pero no era mi interés; le pedí que se arreglara y se fuera, con una sonrisa cansada pero firme. Me acosté desnuda como me había dejado, el cuerpo aún vibrando, y me dormí profundamente.
 
Un par de horas después, sentí una mano deslizándose sobre mi, un toque familiar que me despertó con un sobresalto. Pensé aterrorizada que Gustavo había encontrado la forma de regresar, pero no: era mi esposo, su voz suave en la oscuridad: "No fue necesario salir de la ciudad, trabajé desde la oficina".

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u/TatiSabogal — 9 days ago

Confieso que le fui infiel a mi esposo con un desconocido

Trabajaba en el aeropuerto de Bogotá en el muelle internacional. En una ocasión con un vuelo cancelado tuve que gestionar el hospedaje de varios pasajeros. Sin embargo, uno de ellos estaba bastante agradecido y ofreció pagar mi taxi a casa, si aceptaba cenar con él.

El transporte de la empresa normalmente tomaba dos horas para llevarme, y el hombre estaba lindo, así que no me pareció mala idea.

Fui a cenar con él, después por unos tragos, y al final terminé pagando los inconvenientes de la cancelación de su vuelo en su habitación del hotel.

Al llegar a Casa, le dije a mi esposo que la operación en el aeropue rto había estado bastante fea, y por ello había tenido que continuar hasta tarde.

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u/TatiSabogal — 9 days ago
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Confieso que le fui infiel a mi esposo con un desconocido

Trabajaba en el aeropuerto de Bogotá en el muelle internacional. En una ocasión con un vuelo cancelado tuve que gestionar el hospedaje de varios pasajeros. Sin embargo, uno de ellos estaba bastante agradecido y ofreció pagar mi taxi a casa, si aceptaba cenar con él.

El transporte de la empresa normalmente tomaba dos horas para llevarme, y el hombre estaba lindo, así que no me pareció mala idea.

Fui a cenar con él, después por unos tragos, y al final terminé pagando los inconvenientes de la cancelación de su vuelo en su habitación del hotel.

Al llegar a Casa, le dije a mi esposo que la operación en el aeropue rto había estado bastante fea, y por ello había tenido que continuar hasta tarde.

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u/TatiSabogal — 9 days ago

Le decía a quien me gustara que tenía una relación abierta sin ser verdad

Dure un tiempo diciéndole a los hombres que me gustaban que tenía una relación abierta y no era cierto. Un par de años después decidimos abrir la relación de verdad.

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u/TatiSabogal — 10 days ago
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Hay algo en la noche que despierta mis ganas de escribir

Sabías que soy escritora de relatos eróticos? La noche es mi momento de mayor inspiración

u/TatiSabogal — 10 days ago

Cuando aún vivía con mis padres tuve sexo con un amigo de papá 25 años mayor

Se quedó unos días en casa. Para ese entonces yo aún tenía que esconderme para tener sexo con mi novio, éramos muy jóvenes. Y en uno de esos encuentros el amigo de mi papá nos vio.

Le rogué y le rogué que no le dijera nada a mis papás, pero al fin lo convencí cuando me metí en su cama por la noche. En mi mente iba a masturbarlo únicamente. Pero el decidió mejor penetrarme y correrse dentro.

Fue una experiencia aterradora, pero a la vez increíble. Desde ese momento me gustan los mayores y casi siempre las mejores experiencias sexuales me las han dado ellos.

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u/TatiSabogal — 10 days ago
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Relato erótico: Venganza Escurriéndose entre mis Muslos

Cap 1: La Euforia de la Venganza

Justo mientras me recuperaba del segundo orgasmo de ese fin de semana, un torbellino de sensaciones me invadió como una marea impetuosa. Por un lado, la euforia triunfante de haber conquistado finalmente a este hombre, de haberlo tenido hundido entre mis muslos, su calor fusionándose con el mío en una danza prohibida. Por el otro, el dulce alivio de la venganza, un bálsamo ardiente contra las heridas infligidas por Alejandro, mi novio hasta ese momento, con sus ausencias constantes y su traición oculta. Abrí los ojos lentamente, como si emergiera de un sueño febril, reuniendo fuerzas para girar la cabeza. Andrés ya se había retirado de mí, su miembro aún palpitante, reluciente bajo la luz tenue de la habitación. Lo observé: su cara parecía de película de vampiros, untado de rojo en su boca, mejillas y cuello. Su torso desnudo brillaba con perlas de sudor que trazaban ríos irregulares sobre su piel bronceada, descendiendo por los surcos de sus músculos definidos. Su pecho subía y bajaba en respiraciones entrecortadas, como un mar agitado por la tormenta, y sus ojos, oscuros y hambrientos, devoraban la visión ante él: mis manos aún aferradas al cabecero de la cama, con los nudillos blancos por la tensión residual; mis rodillas hundidas en el lugar donde debería estar la almohada, temblando ligeramente; y él, arrodillado entre mis piernas abiertas, inclinado hacia atrás sobre sus palmas, admirando la curva arqueada de mi espalda, el globo redondeado de mi culo elevado en oferta, y mis muslos internos donde su semen caliente comenzaba a escurrir en hilos viscosos, tibios y pegajosos, mezclándose con mis propios jugos en un aroma dulce de un vino tinto, de sexo crudo y liberación.

Decidí en ese instante que todo era culpa de Alejandro, que él se lo había buscado con sus plantas repetidas, sus excusas huecas que olían a indiferencia y mentiras. Para justificar mi transgresión y cargar el peso sobre sus hombros, había guardado el secreto de su infidelidad como un as en la manga, esperando el momento perfecto para usarlo.

Cap 2: La Llamada y la Preparación

Le había propuesto un viaje a Alejandro ese fin de semana, sabiendo de antemano que su profesión lo ataría, pero sin percibir en él ni un atisbo de esfuerzo por compartir tiempo conmigo. Apenas rechazó la idea, con esa voz distante que me erizaba la piel de frustración, llamé a Andrés: un hombre 10 años mayor, con esa madurez que lo hacía irresistible, guapo hasta el punto de doler, con facciones angulosas y ojos que penetraban como dagas. Lo había conocido meses atrás en el trabajo, dos áreas diferentes que trabajaban en equipo, y desde el primer instante me atrajo como un imán invisible. Sin embargo, me ignoraba, y cuanto más lo hacía —sin pedir mi número, sin agregar en redes, sin un solo mensaje—, más crecía mi obsesión, un fuego lento que me consumía. Incluso después de darle mi número nunca llamó. Su indiferencia me desconcertaba, yo acostumbrada a ser la que juega a ser el premio, la que maneja las intenciones ajenas con un guiño o una sonrisa distante. Sin embargo, con el tiempo, hablábamos más seguido y comenzamos a compartir historias.

—Aló —su voz grave resonó al otro lado de la línea, un timbre que me erizaba la piel como una caricia lejana.

—No vas a creer lo que me hizo Alejandro —fingí rabia, mi voz temblando con un matiz de furia simulada, mientras mi corazón latía con anticipación—. No quiso salir conmigo el fin de semana de su cumpleaños, después de que yo reservara un restaurante.

—Cuanto lo siento, te mereces a alguien mejor —intentó consolarme, su tono cálido envolviéndome como un abrazo invisible.

—Pues no pienso amargarme. Si él tiene quien le celebre el cumpleaños, yo no voy a perder la reserva del restaurante —le dije, notando que no tomaría la iniciativa, y agregué con un dejo juguetón—: Ven conmigo, o voy a buscar a alguien por Tinder.

Tras su aceptación, colgué y me lancé a la tarea de orquestar el escenario perfecto: un restaurante exquisito pero modesto en Villavicencio (a un par de horas de Bogotá), con su clima delicioso que envolvía la piel como una caricia tropical; un hotel no tan vulgar, con piscina que prometía reflejos danzantes bajo el sol. Días antes, salí de compras, mi mente ya tejiendo la red de seducción. Elegí un vestido de baño negro de dos piezas: la parte superior sin tirantes, ceñida como una segunda piel, empujando mis senos hacia arriba en una oferta voluptuosa que hacía que mis pezones se endurecieran al roce del tejido; el panty con un costado transparente, revelando la curva de mis caderas en un susurro de encaje, invitando a la mirada a demorarse. Estaba decidida: a reparar el descuido perpetuo de Alejandro, a vengarme de su traición con un acto igual de crudo, y a poseer a este hombre que osaba hacerse el difícil conmigo.

Cap 3: La Llegada y el Juego en la Piscina

Llegado el día, Andrés pasó por mi casa en su auto, el aroma a cuero nuevo y su colonia amaderada invadiendo el espacio como una promesa. Le indiqué la dirección sin revelar el destino, y cuando vio que salíamos de la ciudad, su ceja se arqueó en curiosidad, pero me limité a sonreír: “Es un restaurante lindo fuera de la ciudad”. Al llegar al hotel, sus ojos se iluminaron con comprensión, y creí ver una sonrisa curvando sus labios carnosos.

—¿Sabes que voy a tener que cambiar algunas actividades que tenía planeadas? —dijo, su voz teñida de diversión, mientras el sol besaba su piel.

Nos registramos, dejamos las maletas en la habitación —un espacio acogedor con sábanas blancas que olían a lavanda fresca y promesas ilícitas— y salimos por cervezas heladas, cuya condensación goteaba como sudor en mis dedos. Alejandro me había llamado temprano, atendí con voz neutra, pero ignoré las siguientes, su insistencia vibrando en mi bolsillo como un recordatorio molesto. Apagué el teléfono para sumergirme en el juego: desde el inicio, trabajé en su subconsciente: me inclinaba cerca de su oído para susurrar cuando veníamos en el auto, mi aliento cálido rozando su lóbulo; tocaba sus brazos musculosos, sintiendo la textura áspera de su vello bajo mis yemas; lo abrazaba en cada oportunidad, presionando mis senos contra su pecho. Dejaba caer migajas de galletas sobre mi blusa escotada, riendo y comentando: —Bote más de lo que me comí—, guiando su mirada a mis pechos salpicados, donde las migas se adherían a la piel húmeda por el calor.

Con el sol abrasador, me despojaba de capas, hasta quedar en el vestido de baño; sentí sus ojos recorriéndome, intentando disimular, pero fallando: devorando la curva de mis senos, la transparencia que insinuaba mis caderas. Le pedí que aplicara bloqueador en mi espalda, sus manos fuertes untando la crema fría, descendiendo hasta mi cintura, donde sus dedos se demoraban, rozando el borde de mi culo, enviando chispas eléctricas por mi espina dorsal. Entré a la piscina, el agua fresca envolviéndome como un amante líquido, e invité a Andrés; sin dejar las cervezas, cuyo amargor helado contrastaba con el calor creciente entre nosotros. Aproveché la proximidad para deslizar mis manos por su pecho húmedo, sintiendo los latidos acelerados bajo su piel; rozando su miembro disimuladamente con mis muslos suaves, notando cómo se endurecía gradualmente, un bulto firme presionando contra mí. Pronto, él replicaba, sus manos “accidentalmente” rozando mis nalgas, mi vientre; en una de esas, sentí su verga pronunciándose contra mis piernas, dura y caliente, un pulso vivo que aceleraba mi respiración.

Cap 4: La Cena y el Taxi

En la noche, me arreglé con esmero para la cena: un vestido diseñado para el calor, con falda suelta que flotaba varios centímetros sobre mis rodillas, rozando mis muslos con cada paso; espalda descubierta, expuesta al aire cálido que erizaba mi piel; escote pronunciado que revelaba la unión de mis tetas, temblando ligeramente con mi andar. Al sentarnos, pidió una copa de vino tinto, cuyo aroma afrutado y terroso llenaba el aire, mezclándose con el de la comida especiada. El ambiente —luces tenues, música suave como un susurro— me hizo reflexionar: no solo en este viaje, sino siempre, la pasaba exquisitamente con Andrés, su conversación fluida como seda, despertando en mí un deseo profundo, el mejor afrodisíaco para una mujer. Solo recordé mi teléfono apagado al salir del restaurante. La charla había virado a lo íntimo, compartiendo secretos que quemaban la lengua, tocando temas eróticos: preferencias, fantasías, el roce de palabras que encendían mi piel como chispas.

En el taxi de regreso, lo miré fijamente mientras él observaba el exterior, su perfil iluminado por las luces callejeras. Me acerqué a él, y cuando nuestras miradas se cruzaron, el silencio cayó como un velo pesado; sostuve mi mirada en sus ojos, oscuros y magnéticos, luego descendí a sus labios carnosos, mordiendo el mío con los colmillos en un gesto sensual, sintiendo el leve dolor que avivaba mi excitación. Me acerqué más, rocé su nariz con la mía, aliento entremezclándose en un aroma de vino y deseo. Él quedó petrificado, así que tomé la iniciativa: saqué la lengua, lamiendo tenuemente el espacio entre sus labios entreabiertos, saboreando su sal y calidez. Cerró los ojos y respondió con un beso apasionado, su lengua invadiendo mi boca como una conquista, explorando cada rincón con urgencia. Alcanzó a recorrer mis labios, mejillas y hasta el lóbulo de mi oreja, mordisqueándolo suavemente, su aliento caliente enviando ondas de placer por mi cuello, erizando cada vello, el trayecto hasta el hotel se hizo corto, pero desde que nos bajamos del taxi a la habitación fue eterno, cuando entramos, mi vestido ya colgaba por la cintura, el brasier expuesto, mis tacones en las manos; su camisa abierta, cayendo de sus hombros. Todo cayó al suelo al cerrar la puerta, un estruendo sordo.

Cap 5: La Danza de la Pasión

Entre besos y tropiezos, chocamos con el mesón de la cocina; el hielo en la cubitera tintineó con el vino dentro, como un llamado. Tomé la botella fría con una mano, su cuello helado contrastando con mi piel ardiente, y la colgué alrededor de su cuello mientras caminaba hacia atrás, tanteando con la otra mano para no romper nada, hasta la cama. Con un empujón firme, lo tiré sobre su espalda, el colchón crujiendo bajo su peso; mis rodillas se acomodaron a cada lado de su cuerpo, sintiendo su calor irradiando hacia mí. Puse mi mano libre en su pecho, palpando los latidos furiosos, y lo miré: con un giro de cabeza, mi cabello cayó en cascada sobre mi hombro izquierdo, un velo oscuro. Me incliné a su oreja, mi aliento cálido rozando su piel.

—Quiero más vino —susurré, mordiendo su lóbulo con dientes suaves, enviando un escalofrío por su cuerpo, mientras ponía la botella en su mano.

Mientras Andrés trataba de destapar la botella, yo recorría su cuello con besos húmedos, descendiendo por su pecho desnudo, saboreando la sal de su sudor, notando cómo se retorcía con espasmos cuando rozaba sus costillas sensibles, el costado de su vientre. Ahora veía su abdomen tonificado, músculos definidos como esculturas, un tatuaje provocador en su costado izquierdo —un diseño intrincado que besé, lamiendo la tinta imaginaria—. Tardé segundos en soltar su cinturón, el metal frío contra mis dedos, al abrir su pantalón revelé su boxer manchado con gotas preseminales, viscosas y saladas. Su verga pugnaba por liberarse; puse mi boca sobre ella a través de la tela, saboreando el líquido que se filtraba, un sabor almizclado y primitivo, mientras bajaba su pantalón a las rodillas. Retiré el boxer y su miembro se irguió en toda su longitud, venoso y pulsante, el glande brillante. Me arrodillé en el suelo entre sus piernas, mirándolo a los ojos —tratando de leer el anhelo en su mirada fija, la anticipación de un hombre a punto de ser devorado—. Sonreí pícaramente, asegurándome de que viera, y procedí: mi lengua trazó un camino lento desde sus testículos arrugados, sintiendo su textura rugosa, subiendo por la vena hinchada en la base, palpitante bajo mi toque; el glande salado, un deleite prohibido. Llegué a la punta, solo en este momento tuve que dejar de mirarlo a los ojos, envolví mis labios alrededor, succionando hasta la base, mis manos apretando sus bolas pesadas, sintiendo su calor y plenitud. Puso su mano en mi cabello, presionando, dictando el ritmo; su ímpetu creció, follándome la boca con embestidas profundas, el sabor de su liquido inundándome, pero me detuve antes del clímax, no quería que se corriera así.

Me puse de pie entre sus piernas, tomé la botella destapada y bebí un sorbo grande, el vino tinto bajando por mi garganta como fuego líquido, mientras él se sentaba y bajaba mi panty con manos ansiosas, besando mis caderas, su aliento caliente contra mi piel. Al soltar la tela desde mis rodillas, sus manos ascendieron a mis tetas, amasándolas con firmeza, pezones endureciéndose bajo sus palmas ásperas. Bajé la botella con la boca llena de vino; intentó levantarse, pero se lo impedí con una mano en su hombro, agachándome para pasarle las últimas gotas en un beso líquido, sabores mezclándose en un torrente erótico. Esta noche era mía, mi venganza me empoderaba como una diosa. Le pedí que se ubicara sobre la almohada boca arriba; caminé de rodillas sobre la cama mientras él retrocedía, sin salir de entre sus piernas, controlándolo con mi presencia. Tal vez pensó que lo iba a montar, pero al acomodarse, puse mi mano en su pecho para apoyarme, pasando mis rodillas a cada lado de su torso, ascendiendo hasta ubicar su cara entre mis muslos, la almohada elevándolo perfectamente. Inmediatamente entendió: comenzó a lamer mi vagina hinchada, caliente y húmeda, explorando los pliegues con maestría. Puse mi mano en su cabello, marcando el ritmo, y bebí otro sorbo de vino, el alcohol nublaba mis sentidos en una niebla deliciosa.

Los espasmos llegaron como olas crecientes, apoderándose de mí; Andrés sabía chupar un coño con precisión, su lengua penetrando mi vagina profunda, su nariz rozando mi clítoris, enviando rayos de placer por mi espina. La imagen se grabó en mi mente: arrodillada, una mano en el cabecero de madera fría, bajando la vista para ver mis tetas balanceándose con el vaivén de mis caderas, pezones erectos rozando el aire; al fondo de la imagen, él entre mis piernas, bebiendo mis flujos vaginales como un ternero sediento, el aroma de mi excitación —dulce y musgoso— mezclado con su saliva. Disfruté tanto su lengua hundiéndose, explorando paredes internas, que decidí que este sería mi primer orgasmo. Pensé en compartir: incliné la botella en mi cuello, el vino tinto frio descendía dolorosamente por mi piel caliente en un río rojo, trazando caminos entre mis tetas, algunas gotas colgando de los pezones como joyas, pero la mayoría colándose por mi vientre, llenando mi ombligo, bajando hasta mezclarse con mis jugos en su boca. ¿Cómo sabría esa mezcla pecaminosa? Él no se quejó, lamiendo con avidez. Derramé un par de veces más, pero los espasmos me traicionaron: vino escurría por mis muslos, manchando sábanas en un caos húmedo de alcohol, flujo, saliva y sudor. Bebí de nuevo y me rendí: contracciones intensas, seguidas, mi cuerpo convulsionando, fuera de control en un éxtasis alcohólico. Nunca esta posición me había llenado así —placer crudo, erótico—; solté el cabecero, agarré su pelo con fuerza, halándolo hacia mi vagina empapada, un gemido incontrolable escapando de mi garganta mientras el orgasmo explotaba, ondas de fuego irradiando desde mi centro.

Tardé segundos en volver, ojos cerrados, piernas temblando, luchando por mantenerme erguida. En ese lapso, Andrés se deslizó de debajo, arrodillándose detrás mío, su verga dura presionando mi entrada. Sin fuerzas para resistir, lo dejé: con una mano guio su miembro, el glande caliente rozando mis labios vaginales hinchados, y empujó, llenándome en un deslizamiento profundo, venoso. Bombeó aferrándose a mis caderas, dedos hundiéndose en mi carne suave, ocasionalmente masajeando mis tetas, pellizcando pezones con rudeza, pero siempre volviendo a mis caderas para controlarme. Me sentía anclada, su fuerza dirigiendo mi cuerpo; el sonido de carne chocando —aplausos húmedos, rítmicos— me excitaba, su pedazo de carne deslizándose en mi interior, rozando paredes sensibles, llenándome hasta el borde. Su frenesí hacía que mi cara chocara con el cabecero, madera fría contra mi mejilla caliente. Sus gruñidos se intensificaron, guturales y primitivos; mi segundo orgasmo se acercaba, pero temí que él culminara primero. Cuando sentí su verga ensanchándose, un dolor agudo me despertó: mi cabeza tirada hacia atrás por su mano enrollada en mi cabello, un tirón salvaje que disparó mi clímax, ondas de placer y dolor fusionándose. Su voz se sincronizó con su esperma caliente llenándome: “Aaaaaaaahhhhhhh”, inmóvil mientras su pene escupía chorros espesos, calientes, inundando mi interior.

Segundos después, se dejó caer hacia atrás, su miembro saliendo con un pop húmedo, pero quedando entre mis labios, semen escurriendo sobre él o por mis muslos en hilos pegajosos, un aroma intenso de sexo y vino seco. Me sentí plena, realizada: había conquistado al hombre deseado por meses, y la culpa por la infidelidad de Alejandro se disipaba como niebla. Lo miré sobre el hombro: sudando profusamente, cara llena de vino seco en mejillas y nariz, respiración jadeante, ojos fijos en mi espalda arqueada y culo reluciente. Sonreí para mí misma; sería un fin de semana largo, interminable en placeres.

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u/TatiSabogal — 13 days ago

Pagando en 4 la demora de un vuelo

Llevo años trabajando en el aeropuerto de Bogotá, en ese limbo de pasillos interminables y voces amplificadas, donde ayudo a los viajeros a embarcar o a completar su check-in, guiándolos hacia cielos que a menudo se vuelven caprichosos. Pero ese día… ese día la paciencia tenía filo.

Aquel viernes, el cielo se rebeló con furia: nubes densas como algodón empapado en plomo cerraron el aeropuerto durante gran parte de la mañana, tejiendo un tapiz de demoras que se extendió como venas rotas por todo el día. Los pasajeros, atrapados en esa red de frustración, se volvían sombras iracundas, descargando su veneno sobre nosotros, el personal de la aerolínea, como si fuéramos los artífices de la tormenta. Insultos volaban como flechas envenenadas, y algunos incluso alzaban manos temblorosas en amenazas físicas, convirtiendo el caos en un campo de batalla invisible

Mi tarea ese día era un ritual de misericordia forzada: ubicar a los pasajeros en conexión que habían sido dejados por sus vuelos, asignarles vouchers de comida como consuelo, y en los casos más extremos, un hotel que sirviera de refugio temporal. El peso de sus miradas acusadoras me aplastaba; me insultaban como si yo hubiera invocado la niebla, me trataban con desprecio crudo, y en un momento, un hombre furioso extendió su brazo hacia mí, rozando el límite de la violencia. Mi corazón latía como un tambor desbocado, el estrés se acumulaba en mis venas como humo espeso. Pedí a mi supervisor un respiro, un paréntesis para exhalar el veneno acumulado, antes de que mis palabras se volvieran insultos contra pasajeros. Me dirigí a la cafetería, un oasis precario en el bullicio, compré un café humeante y algo de comer sencillo, y me encaminé hacia una zona reservada solo para empleados, donde el ruido del mundo se atenuaba como un eco lejano.

Apenas había avanzado unos metros cuando un pasajero, distraído por su propia prisa, me empujó sin malicia aparente, mi café cayó al piso, salpicándome los zapatos, la media pierna y el ánimo. Avergonzado, balbuceó disculpas entrecortadas, pero mi ira bullía como lava, y apenas le presté atención, mi mente nublada por el agotamiento. Al verme así, se ofreció a reponerlo, y en mi rabia contenida, acepté; después de todo, era lo justo. Regresamos juntos a la cafetería, y mientras esperábamos la orden, se presentó: Sebastián, que aunque con una voz que fluía algo calmada, me contaba de su urgencia desesperada por llegar a Buenos Aires al día siguiente. Había una mezcla de ansiedad y derrota en sus ojos que, por alguna razón, me atravesó. Me dio lástima. Y yo, que ya estaba al borde de mis propios límites, terminé queriendo ayudarlo.

Le busqué opciones, revisé vuelos, confirmé lo que ya sabía: no habría forma de que saliera esa noche. Ni con mi aerolínea ni con ninguna. La opción que surco por mi mente le ilumino la vida: Y si no espera al próximo vuelo directo a Buenos Aires en 24 horas, sino que le puedo acomodar en uno que sale temprano en la mañana hacia Lima y de allí embarcar otro, podría estar llegando incluso antes que la hora de itinerario del vuelo directo y, además podría gestionar su hotel para esa noche solitaria. Hizo sus cálculos mentales, el alivio iluminando su rostro como un rayo de sol perforando las nubes, y accedió. Terminé mi café, le pedí su pasaporte y le indiqué que esperara en la cafetería. Me alejé, manejé los trámites con la precisión de quien domina ese laberinto burocrático, y regresé con los documentos en mano.

Pero al volver, Sebastián había desaparecido, como un fantasma engullido por la multitud. Busqué con la vista, escudriñando mesas y rincones, pero no lo encontré. Mi tiempo libre se agotaba como arena en un reloj, y no podía demorarme. Decidí guardar sus papeles en lugar de entregarlos a objetos perdidos; quizás él me buscaría.

No lo hizo.

Así que indagué en el sistema, encontré su contacto y lo llamé. Su voz al otro lado reveló el error: una compañera lo había llamado con otros pasajeros para el hotel, olvidando que yo tenía su pasaporte. Me pidió que lo esperara, pero le expliqué que perdería el transporte de la empresa que me llevaba a casa. —Yo te pago el taxi, no te preocupes— respondió de inmediato. Hombre que soluciona, y la idea me sedujo: en lugar de una hora y media de trayecto agotador, treinta minutos de comodidad. Acepté, y cuando regresó, traía un detalle envuelto —un gesto de gratitud por el reembolso y el pasaporte devuelto—. Me invitó a cenar algo rápido, y con el hambre royéndome y sin prisa ya, asentí.

Nos sentamos en una mesa apartada del aeropuerto, donde las luces fluorescentes bailaban como estrellas artificiales, y la conversación fluyó como vino derramado. Olvidé el estrés, que se disipaba como humo en el viento, y a Andrés, mi esposo, esperándome en casa. Sebastián hablaba con una elocuencia que me envolvía, hilvanando anécdotas de viajes y sueños truncados, sus ojos clavándose en los míos como anclas en el mar. El tiempo se estiraba, perezoso, hasta que terminó la cena y me propuso unos tragos en un lugar más accesible, lejos del aeropuerto pero cerca de su hotel. En tres segundos calculé una excusa para Andrés —trabajo extenuante, demoras inevitables— y acepté, el pulso acelerándose como preludio de una tormenta.

Llegamos a un bar donde la música pulsaba como un corazón vivo, obligándonos a acercarnos para hablar, rozando oídos y alientos de una manera que encendía chispas invisibles. Dos copas, risas compartidas, y de pronto sus labios buscaron los míos. El alcohol tejía su red sutil, y lo evité con una debilidad que él notó, como un cazador oliendo la presa. Con pulgar e índice en mi barbilla, giró mi rostro hacia él, y esta vez no huí; el beso se hundió en mí como una ola, despertando un calor húmedo en mi entrepierna, un río secreto que fluía sin control.

Me propuso ir a su hotel, y sin dudar, lo seguí, el deseo latiendo como un tambor en mis venas. Entramos a la habitación, donde su ropa yacía en desorden sobre la cama como testigos mudos de su prisa anterior. Apenas cerró la puerta, me arrinconó contra la pared, una mano en mi vientre como barrera firme, la otra sujetando mi muñeca, inmovilizándome en un abrazo de poder sutil. Sus ojos recorrieron mi rostro en silencio —labios, ojos, cuello—, como un pintor estudiando su lienzo. Con el pulgar, trazó mi mejilla izquierda, el lóbulo de mi oreja, un toque que erizaba mi piel como brisa en hojas secas. Giró mi cabeza con suavidad pero firmeza, exponiendo mi cuello, y su mirada descendió a mis pechos, devorándolos sin tocar. El silencio era un velo cargado de promesas, mi excitación un incendio lento imaginando sus pensamientos prohibidos.

—Te voy a cobrar lo que tu aerolínea me está haciendo perder —susurró.

Sus dedos se colaron entre los botones de mi camisa, y de un tirón violento la abrió, exponiendo mi piel al aire fresco. Rozó apenas el encaje de mi sostén con los pulgares, y luego, con la misma fiereza, lo arrancó, dejando mis pezones endurecidos bajo su mirada hambrienta — la sensación de un extraño observándome no la había sentido en mucho tiempo, pero ahora cargada de lo ilícito, como un fruto robado.

Inmediatamente, su mano izquierda cubrió uno de mis senos, mientras sus labios atacaban mi cuello, mordisqueando mi oreja, pellizcándome los pezones que respondían como flores al sol. Bajó con besos lentos, explorando mis pechos, su lengua danzando sobre mis aureolas y pezones, mientras sus manos buscaban el cierre de mi pantalón. Lo abrió con facilidad, bajando la cremallera lo justo para insinuar, pero sin invadir aún. Descendió con su boca por mi cuerpo hasta quedar arrodillado, pusé mis manos en su cabeza mientras bajó el pantalón hasta mis tobillos, mordisqueando mis piernas en el proceso, dejándome solo en tanga, vulnerable y ardiente. Se levantó, le quité la camisa, revelando un torso esculpido por el tiempo; él se desabrochó el pantalón, dejándolo caer con los boxers, exponiendo su erección orgullosa, con una gota perlada en la punta como promesa de lo inminente.

De nuevo, con violencia controlada, me giró contra la pared, abrazándome por detrás, sus manos en mis senos, y yo me empiné instintivamente, buscando su miembro que se posó entre mis nalgas. Comencé a mover mis glúteos en un ritmo primitivo, masturbándolo con la fricción, mientras él murmuraba: —Qué buen culo tienes—, su voz ronca como grava. Segundos después, su mano derecha descendió, apartando mi tanga y así encontrar mi clítoris, comenzó a frotarlo con maestría experta, mientras la izquierda alternaba entre mis senos. Mis gemidos se elevaban como olas crecientes, eché la cabeza atrás sobre su hombro, y él apretó mi cuello con una mano, elevándome al éxtasis con la otra. Llevé mi mano hacia atrás y tomé su pene, húmedo por la excitación, y lo masturbé brevemente, pero él apartó mi mano, bajó mi tanga y apuntó su miembro a mi entrada.

Un empujón sutil, yo alzando las caderas, empalándome en él por completo. Su mano abandonó mi clítoris para volver a mis senos, y comenzó su vaivén, entrando y saliendo con una deliciosa precisión que me llevaba al borde una y otra vez. Orgasmos se encadenaban como perlas en un collar. Estuvimos algunos minutos así, hasta que me llevó a la cama, aún sin sacarme su hombría, posicionándome en cuatro, para luego reanudar, esta vez con sus manos aferradas a mis caderas, de vez en cuando una nalgada que marcaba como fuego en mi piel y que avivaba el incendio —un placer que Andrés nunca me había dado. Y con lo que me gusta que me nalgueen.

Cuando sintió el clímax acercándose, se detuvo, me levantó y me pidió que lo montara. Obedecí, tomé su pene con mi mano para guiarlo a mi entrada y comenzar a descender lentamente, cabalgándolo con suavidad, con ritmo lento, sus manos en mis caderas. Cuando noté que su verga comenzaba a crecer dentro de mí y que estaba al límite, quise prolongar el momento, subiendo y bajando con lentitud torturadora, hasta que sus manos se posaron en mis senos y vi su rostro contorsionarse en éxtasis. Sentí cada chorro dentro de mí, llenándome hasta rebosar, escurriendo sobre él mientras jadeábamos, recuperando el aliento en un abrazo efímero.

Me sentí como una diosa caída —o una puta redimida— cuando me negué a quedarme, pidiéndole el dinero del taxi y marchándome, aun sintiendo su esencia escurrir entre mis piernas como un secreto viscoso. Al llegar a casa, Andrés se despertó, su voz somnolienta preguntando por la tardanza. Con tono de rabia fingida, le conté de la operación caótica, los insultos, las demoras, el estrés que solo quería lavar en la ducha y olvidar en el sueño

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Pagando en 4 la demora de un vuelo

Llevo años trabajando en el aeropuerto de Bogotá, en ese limbo de pasillos interminables y voces amplificadas, donde ayudo a los viajeros a embarcar o a completar su check-in, guiándolos hacia cielos que a menudo se vuelven caprichosos. Pero ese día… ese día la paciencia tenía filo.

Aquel viernes, el cielo se rebeló con furia: nubes densas como algodón empapado en plomo cerraron el aeropuerto durante gran parte de la mañana, tejiendo un tapiz de demoras que se extendió como venas rotas por todo el día. Los pasajeros, atrapados en esa red de frustración, se volvían sombras iracundas, descargando su veneno sobre nosotros, el personal de la aerolínea, como si fuéramos los artífices de la tormenta. Insultos volaban como flechas envenenadas, y algunos incluso alzaban manos temblorosas en amenazas físicas, convirtiendo el caos en un campo de batalla invisible

Mi tarea ese día era un ritual de misericordia forzada: ubicar a los pasajeros en conexión que habían sido dejados por sus vuelos, asignarles vouchers de comida como consuelo, y en los casos más extremos, un hotel que sirviera de refugio temporal. El peso de sus miradas acusadoras me aplastaba; me insultaban como si yo hubiera invocado la niebla, me trataban con desprecio crudo, y en un momento, un hombre furioso extendió su brazo hacia mí, rozando el límite de la violencia. Mi corazón latía como un tambor desbocado, el estrés se acumulaba en mis venas como humo espeso. Pedí a mi supervisor un respiro, un paréntesis para exhalar el veneno acumulado, antes de que mis palabras se volvieran insultos contra pasajeros. Me dirigí a la cafetería, un oasis precario en el bullicio, compré un café humeante y algo de comer sencillo, y me encaminé hacia una zona reservada solo para empleados, donde el ruido del mundo se atenuaba como un eco lejano.

Apenas había avanzado unos metros cuando un pasajero, distraído por su propia prisa, me empujó sin malicia aparente, mi café cayó al piso, salpicándome los zapatos, la media pierna y el ánimo. Avergonzado, balbuceó disculpas entrecortadas, pero mi ira bullía como lava, y apenas le presté atención, mi mente nublada por el agotamiento. Al verme así, se ofreció a reponerlo, y en mi rabia contenida, acepté; después de todo, era lo justo. Regresamos juntos a la cafetería, y mientras esperábamos la orden, se presentó: Sebastián, que aunque con una voz que fluía algo calmada, me contaba de su urgencia desesperada por llegar a Buenos Aires al día siguiente. Había una mezcla de ansiedad y derrota en sus ojos que, por alguna razón, me atravesó. Me dio lástima. Y yo, que ya estaba al borde de mis propios límites, terminé queriendo ayudarlo.

Le busqué opciones, revisé vuelos, confirmé lo que ya sabía: no habría forma de que saliera esa noche. Ni con mi aerolínea ni con ninguna. La opción que surco por mi mente le ilumino la vida: Y si no espera al próximo vuelo directo a Buenos Aires en 24 horas, sino que le puedo acomodar en uno que sale temprano en la mañana hacia Lima y de allí embarcar otro, podría estar llegando incluso antes que la hora de itinerario del vuelo directo y, además podría gestionar su hotel para esa noche solitaria. Hizo sus cálculos mentales, el alivio iluminando su rostro como un rayo de sol perforando las nubes, y accedió. Terminé mi café, le pedí su pasaporte y le indiqué que esperara en la cafetería. Me alejé, manejé los trámites con la precisión de quien domina ese laberinto burocrático, y regresé con los documentos en mano.

Pero al volver, Sebastián había desaparecido, como un fantasma engullido por la multitud. Busqué con la vista, escudriñando mesas y rincones, pero no lo encontré. Mi tiempo libre se agotaba como arena en un reloj, y no podía demorarme. Decidí guardar sus papeles en lugar de entregarlos a objetos perdidos; quizás él me buscaría.

No lo hizo.

Así que indagué en el sistema, encontré su contacto y lo llamé. Su voz al otro lado reveló el error: una compañera lo había llamado con otros pasajeros para el hotel, olvidando que yo tenía su pasaporte. Me pidió que lo esperara, pero le expliqué que perdería el transporte de la empresa que me llevaba a casa. —Yo te pago el taxi, no te preocupes— respondió de inmediato. Hombre que soluciona, y la idea me sedujo: en lugar de una hora y media de trayecto agotador, treinta minutos de comodidad. Acepté, y cuando regresó, traía un detalle envuelto —un gesto de gratitud por el reembolso y el pasaporte devuelto—. Me invitó a cenar algo rápido, y con el hambre royéndome y sin prisa ya, asentí.

Nos sentamos en una mesa apartada del aeropuerto, donde las luces fluorescentes bailaban como estrellas artificiales, y la conversación fluyó como vino derramado. Olvidé el estrés, que se disipaba como humo en el viento, y a Andrés, mi esposo, esperándome en casa. Sebastián hablaba con una elocuencia que me envolvía, hilvanando anécdotas de viajes y sueños truncados, sus ojos clavándose en los míos como anclas en el mar. El tiempo se estiraba, perezoso, hasta que terminó la cena y me propuso unos tragos en un lugar más accesible, lejos del aeropuerto pero cerca de su hotel. En tres segundos calculé una excusa para Andrés —trabajo extenuante, demoras inevitables— y acepté, el pulso acelerándose como preludio de una tormenta.

Llegamos a un bar donde la música pulsaba como un corazón vivo, obligándonos a acercarnos para hablar, rozando oídos y alientos de una manera que encendía chispas invisibles. Dos copas, risas compartidas, y de pronto sus labios buscaron los míos. El alcohol tejía su red sutil, y lo evité con una debilidad que él notó, como un cazador oliendo la presa. Con pulgar e índice en mi barbilla, giró mi rostro hacia él, y esta vez no huí; el beso se hundió en mí como una ola, despertando un calor húmedo en mi entrepierna, un río secreto que fluía sin control.

Me propuso ir a su hotel, y sin dudar, lo seguí, el deseo latiendo como un tambor en mis venas. Entramos a la habitación, donde su ropa yacía en desorden sobre la cama como testigos mudos de su prisa anterior. Apenas cerró la puerta, me arrinconó contra la pared, una mano en mi vientre como barrera firme, la otra sujetando mi muñeca, inmovilizándome en un abrazo de poder sutil. Sus ojos recorrieron mi rostro en silencio —labios, ojos, cuello—, como un pintor estudiando su lienzo. Con el pulgar, trazó mi mejilla izquierda, el lóbulo de mi oreja, un toque que erizaba mi piel como brisa en hojas secas. Giró mi cabeza con suavidad pero firmeza, exponiendo mi cuello, y su mirada descendió a mis pechos, devorándolos sin tocar. El silencio era un velo cargado de promesas, mi excitación un incendio lento imaginando sus pensamientos prohibidos.

—Te voy a cobrar lo que tu aerolínea me está haciendo perder —susurró.

Sus dedos se colaron entre los botones de mi camisa, y de un tirón violento la abrió, exponiendo mi piel al aire fresco. Rozó apenas el encaje de mi sostén con los pulgares, y luego, con la misma fiereza, lo arrancó, dejando mis pezones endurecidos bajo su mirada hambrienta — la sensación de un extraño observándome no la había sentido en mucho tiempo, pero ahora cargada de lo ilícito, como un fruto robado.

Inmediatamente, su mano izquierda cubrió uno de mis senos, mientras sus labios atacaban mi cuello, mordisqueando mi oreja, pellizcándome los pezones que respondían como flores al sol. Bajó con besos lentos, explorando mis pechos, su lengua danzando sobre mis aureolas y pezones, mientras sus manos buscaban el cierre de mi pantalón. Lo abrió con facilidad, bajando la cremallera lo justo para insinuar, pero sin invadir aún. Descendió con su boca por mi cuerpo hasta quedar arrodillado, pusé mis manos en su cabeza mientras bajó el pantalón hasta mis tobillos, mordisqueando mis piernas en el proceso, dejándome solo en tanga, vulnerable y ardiente. Se levantó, le quité la camisa, revelando un torso esculpido por el tiempo; él se desabrochó el pantalón, dejándolo caer con los boxers, exponiendo su erección orgullosa, con una gota perlada en la punta como promesa de lo inminente.

De nuevo, con violencia controlada, me giró contra la pared, abrazándome por detrás, sus manos en mis senos, y yo me empiné instintivamente, buscando su miembro que se posó entre mis nalgas. Comencé a mover mis glúteos en un ritmo primitivo, masturbándolo con la fricción, mientras él murmuraba: —Qué buen culo tienes—, su voz ronca como grava. Segundos después, su mano derecha descendió, apartando mi tanga y así encontrar mi clítoris, comenzó a frotarlo con maestría experta, mientras la izquierda alternaba entre mis senos. Mis gemidos se elevaban como olas crecientes, eché la cabeza atrás sobre su hombro, y él apretó mi cuello con una mano, elevándome al éxtasis con la otra. Llevé mi mano hacia atrás y tomé su pene, húmedo por la excitación, y lo masturbé brevemente, pero él apartó mi mano, bajó mi tanga y apuntó su miembro a mi entrada.

Un empujón sutil, yo alzando las caderas, empalándome en él por completo. Su mano abandonó mi clítoris para volver a mis senos, y comenzó su vaivén, entrando y saliendo con una deliciosa precisión que me llevaba al borde una y otra vez. Orgasmos se encadenaban como perlas en un collar. Estuvimos algunos minutos así, hasta que me llevó a la cama, aún sin sacarme su hombría, posicionándome en cuatro, para luego reanudar, esta vez con sus manos aferradas a mis caderas, de vez en cuando una nalgada que marcaba como fuego en mi piel y que avivaba el incendio —un placer que Andrés nunca me había dado. Y con lo que me gusta que me nalgueen.

Cuando sintió el clímax acercándose, se detuvo, me levantó y me pidió que lo montara. Obedecí, tomé su pene con mi mano para guiarlo a mi entrada y comenzar a descender lentamente, cabalgándolo con suavidad, con ritmo lento, sus manos en mis caderas. Cuando noté que su verga comenzaba a crecer dentro de mí y que estaba al límite, quise prolongar el momento, subiendo y bajando con lentitud torturadora, hasta que sus manos se posaron en mis senos y vi su rostro contorsionarse en éxtasis. Sentí cada chorro dentro de mí, llenándome hasta rebosar, escurriendo sobre él mientras jadeábamos, recuperando el aliento en un abrazo efímero.

Me sentí como una diosa caída —o una puta redimida— cuando me negué a quedarme, pidiéndole el dinero del taxi y marchándome, aun sintiendo su esencia escurrir entre mis piernas como un secreto viscoso. Al llegar a casa, Andrés se despertó, su voz somnolienta preguntando por la tardanza. Con tono de rabia fingida, le conté de la operación caótica, los insultos, las demoras, el estrés que solo quería lavar en la ducha y olvidar en el sueño

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