Los Gritos de mi Roomie
Estoy viviendo en CDMX por la universidad. Comparto un departamento con dos compañeras: Paulina (de Querétaro) y Ana (de Guadalajara).
Paulina es súper seria y concentrada en sus estudios. Siempre dice que no quiere novio ni encuentros casuales porque “distraen demasiado”. Ana, en cambio, lleva cinco años con su novio Diego y no tiene problema en demostrarlo.
Una noche de Lunes pasó algo que rompió por completo nuestra “convivencia respetuosa”. Eran como las 11:40 pm. Yo estaba en mi cuarto estudiando para un examen cuando escuché la puerta del departamento abrirse. Ana y Diego entraron riendo bajito. Pensé que solo iban a ver una película o algo, pero me equivoqué.
Apenas pasaron diez minutos cuando empezaron los ruidos. Primero fueron besos húmedos y risitas. Luego la cama de Ana empezó a crujir. Y de repente…
—Ahhh… Diego… sí… —gimió Ana, sin ninguna vergüenza. Las paredes son terriblemente delgadas. Escuchaba todo como si estuvieran en mi cuarto. Me quedé quieta en la cama, con el libro en las manos. El corazón se me aceleró. Ana empezó a gemir más fuerte, más agudo. La cama golpeaba rítmicamente contra la pared que compartíamos.
—Más duro… ¡cógeme más duro! —gritó.
Escuché claramente el sonido de piel contra piel, rápido y fuerte. Diego gruñía como animal. Ana ya no controlaba su voz:
—¡Sí! ¡Así! ¡Me estás cogiendo tan rico! ¡No pares! Gemía sin filtro, casi gritando. Se escuchaban los golpes húmedos de cada embestida. La cama se sacudía con violencia. Paulina también debía estar escuchando todo desde su cuarto, porque en un momento oí que cerraba su puerta con más fuerza de lo normal.
Ana se volvió loca:
—Estoy a punto… ¡me voy a venirme! ¡Diego, no pares!
Su orgasmo fue escandaloso. Gritó fuerte, largo, sin control. Un gemido agudo y tembloroso que atravesó todo el departamento. Diego gruñó fuerte y se corrió también, probablemente dentro de ella.
Duró menos de diez minutos en total. Pero fueron diez minutos intensos, ruidosos y sin ninguna vergüenza. Después solo se escucharon risitas bajas y besos.
Yo me quedé en mi cama, con la vagina completamente empapada y el corazón latiendo fuerte. Tuve que meterme la mano dentro y tocarme un rato para calmarme, mordiendo la almohada para no hacer ruido. Al día siguiente en el desayuno, como a las 6:30 am. Paulina ya estaba ahí preparando café, con cara seria. Ana apareció poco después, despeinada y con una sonrisa satisfecha, usando solo una playera de Diego.
Hubo un silencio incómodo de unos segundos.
—Buenos días… —dije yo, tratando de sonar normal. Paulina no se aguantó. Revolvió su café con fuerza y soltó:
—Ana… en serio. ¿Tenías que gritar así? Parecía que te estaban matando. Se escuchó en todo el departamento. Ana soltó una carcajada, sin ninguna vergüenza.
—Ay, Pauli, ¿qué quieres que haga? Es que me cogía demasiado rico anoche. No pude controlarme.
Paulina puso los ojos en blanco.
—Llevan cinco años juntos y todavía cogen como si fuera la primera vez. Respeto, por favor. Algunas estamos tratando de estudiar. Ana me miró a mí, todavía sonriendo.
—¿Y tú, Val? ¿Te molestó mucho? Me sonrojé un poco, recordando cómo me toqué escuchándolos.
—…Un poco — mentí —. Gritaste muy fuerte. Ana se encogió de hombros y mordió un pan.
—Qué se le va a hacer. Cuando está bueno, está bueno. Además… Diego me tiene loca con esa verga.
Paulina casi se atraganta con el café. Yo solo bajé la mirada, apretando los muslos, todavía sintiendo un poco de calor entre las piernas.
El desayuno siguió entre risas nerviosas, comentarios incómodos y Ana presumiendo sin filtro lo que le había hecho su novio. Y yo… solo podía pensar en que ojalá la próxima vez dure más de diez minutos.