Diego
Hay un papá de la escuela de mi hijo que siempre me llamó muchísimo la atención. Se llama Diego. Es cocinero, tiene un emprendimiento de comidas para eventos y siempre aparece con esa actitud segura y masculina que me desarma: voz grave, manos grandes y ásperas de tanto trabajar, olor a hombre mezclado con especias y sudor limpio. Desde el primer día empezó a acercarse más de lo normal. Me saludaba con besos largos y lentos en la mejilla, dejando sus labios calientes un segundo de más contra mi piel, respirándome despacio, como si quisiera guardarse mi perfume. Los abrazos eran todavía peor… o mejor. Me apretaba fuerte contra su pecho ancho, pegándome entero contra él para que sintiera claramente cómo mis tetas grandes y pesadas se aplastaban contra su cuerpo. Yo notaba cómo se tomaba su tiempo, cómo su mano grande bajaba un poco más de lo correcto en mi espalda, rozando el borde de mi culo.
Me miraba de más. Cuando creía que nadie lo veía, sus ojos me recorrían sin vergüenza: el escote, la forma de mis tetas, la curva de mi culo, las piernas. Me hacía elogios discretos pero cargados de intención: “¿Te hiciste algo en el pelo? Te queda lindo…”, “Estás más flaca, ¿no? Se te nota en todos lados”, “Estás linda hoy, Sofía… muy linda”, “Ese jean te queda espectacular”. Yo me dejaba. Sonreía, bajaba un poco la mirada y sentía cómo se me calentaba todo por dentro. Sabía que estaba casado, que su mujer estaba en el mismo grupo de WhatsApp de las mamis, que nuestros hijos iban juntos a la escuela… y justamente eso era lo que me ponía tan puta. Esa tensión prohibida, ese peligro constante de que alguien nos viera, me mojaba la concha antes de que él terminara de hablarme.
En un acto escolar estaba apoyada en la baranda del primer piso, mirando hacia el escenario. El sol de la tarde me daba de lleno y sentía el calor en la espalda. De repente, sin aviso, sentí a alguien justo atrás mío. Una verga gruesa, semi-dura, se apoyó claramente contra mi culo, presionando con intención contra la tela fina de mi pantalón. El calor que emanaba era inconfundible. Me quedé congelada un segundo, con el corazón saltándome en el pecho.
Me di vuelta despacio, tratando de mantener la calma, y ahí estaba él: Diego. Se hacía el distraído, con la mirada fija en el escenario, como si nada estuviera pasando. Pero su cuerpo decía otra cosa. Su esposa estaba a solo unos metros, concentrada en el hijo y charlando animadamente con las otras mamis. Podía escuchar su voz perfectamente.
No me quejé. Al contrario. Me acomodé mejor contra la baranda, arqueando apenas la espalda y empujando mi culo hacia atrás con disimulo, sintiendo cómo su verga respondía al instante. Se hinchó, se puso más dura, más gruesa, latiendo con fuerza contra mí. Podía sentir claramente su forma a través del pantalón: el grosor, la cabeza hinchada, el calor que traspasaba la tela. Diego siguió sin mirarme, pero empezó a rozarse disimuladamente, frotando esa verga dura entre mis nalgas con movimientos cortos y precisos, como si solo estuviera acomodándose.
Nos quedamos así varios minutos que se sintieron eternos. Él presionando, yo empujando apenas hacia atrás cada vez que sentía que nadie miraba. Mi concha se mojó muchísimo, casi al instante. Sentía cómo me palpitaba, cómo se me empapaba la tanga, cómo mis jugos empezaban a chorrear. El calor de su verga latiendo contra mi culo me estaba volviendo loca. Sabía que su esposa estaba ahí nomás, a pocos pasos, riéndose con las otras madres, completamente ajena a que su marido tenía la pija dura apretada contra el culo de otra mamá. Esa idea me ponía mil veces más puta. El peligro, lo prohibido, lo sucio… todo mezclado me tenía chorreando.
Días después, como yo misma había recomendado su servicio para un evento de mi hermana, Diego me escribió por Whatsapp. El mensaje era aparentemente inocente: “Hola Sofía, ya tengo todo listo. ¿Puedo pasar por tu casa durante la siesta para dejar las cosas? Salgo del trabajo a esa hora y me queda de camino.”
Leí el mensaje sentada en la cama y sentí una puntada directa entre las piernas. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo. No dudé ni un segundo en contestarle: “Claro, cuando quieras. Te espero.”
En el fondo, lo estaba invitando. Quería que viniera. Quería volver a sentir esa tensión pesada, esa electricidad prohibida. Sabía que su esposa no estaría, que a esa hora ella trabajaba, y que yo iba a estar completamente sola en casa. La idea me tenía mojada desde que leí el mensaje. Me pasé el resto de la mañana imaginando distintas posibilidades: cómo me miraría, cómo se le marcaría la pija cuando me viera vestida de cierta forma, qué podría llegar a pasar si me animaba a cruzar la línea.
A la hora acordada ya estaba nerviosa y cachonda perdida. Me pasé un buen rato frente al espejo probándome ropa. Quería algo que pareciera casual pero que fuera una provocación total. Al final elegí un vestidito gris cortito, escotado y ajustado que se me pegaba al cuerpo como una segunda piel. Me lo puse sin nada debajo: ni corpiño ni tanga. Me miré de frente, de costado, de atrás… los pezones se me marcaban clarito, duros, oscuros y parados contra la tela fina, casi transparentes por lo excitada que estaba. El vestido apenas me tapaba el culo; si me agachaba un poco, se me iba a ver todo.
Me gustaba sentirme así: puta, decidida y peligrosa. Sabía que estaba mal, que era el papá de un compañero de mi hijo, que estaba casado… pero esa culpa solo me mojaba más. Me pasé los dedos por la concha un par de veces para comprobar lo empapada que ya estaba y sonreí. Estaba lista para provocarlo… y para lo que pudiera pasar.
Cuando tocó el timbre, el corazón me dio un salto. Salí a recibirlo descalza, con el vestidito ajustado marcándome cada curva. Apenas abrió la puerta y me vio, Diego no pudo disimular. Sus ojos bajaron directo a mis tetas como imanes. Se quedó varios segundos clavado en mis pezones duros y oscuros que se transparentaban descaradamente.
Después bajó la mirada lentamente por mi cuerpo, recorriendo mis piernas desnudas hasta donde el vestido apenas cubría la mitad de mis muslos y el comienzo de mi culo.
Se le trabó la voz cuando intentó hablarme de las cajas. Tragó saliva visiblemente, se le notaba la respiración más pesada y gruesa. En el pantalón ya se le empezaba a marcar un bulto grande y evidente. Verlo así, perdiendo el control desde el primer segundo, me puso todavía más caliente.
—Pasá, dejá las cosas adentro —le dije con una sonrisa inocente, casi angelical, haciéndose la que no sabía nada.
Él entró con las cajas, tratando de mantener la compostura. Yo empecé a ayudarlo enseguida, agachándome delante suyo con toda la intención. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo. El vestidito cortito se me subía solo, dejando al descubierto mi culo redondo y mi concha completamente depilada y empapada. Me tomaba mi tiempo en cada movimiento. A veces doblaba las rodillas y abría un poquito las piernas, ofreciéndole una vista clara de mis labios hinchados y brillantes de jugos. Otras veces me agachaba sin doblarlas, arqueando fuerte la espalda como una gata en celo, haciendo que el vestido se levantara casi hasta la cintura. Sentía el aire fresco rozándome la concha abierta y eso me excitaba todavía más.
Diego ya no disimulaba. Sus ojos estaban clavados en mi culo y en mi concha expuesta. Respiraba más pesado, con la boca entreabierta. Cada vez que me agachaba sentía su mirada quemándome. En varios momentos se acercó “a ayudarme” a levantar cajas, pegándose mucho. Su cuerpo grande y caliente quedaba justo atrás mío, y su mano “sin querer” me rozaba el culo, a veces me apretaba suavemente la cintura, bajando un poco más de lo necesario.
Se le marcaba un bulto enorme, grueso y pesado en el pantalón. La pija se le hinchaba visiblemente, latiendo contra la tela, pidiendo salir. Yo podía ver el contorno perfecto de su verga y eso me tenía chorreando. Terminamos de acomodar las cajas y nos quedamos parados en el living, charlando de cualquier pavada: del evento de mi hermana, del calor que hacía, de la escuela… pero los dos sabíamos perfectamente lo que estaba pasando. El aire estaba espeso, cargado de tensión sexual. Se podía cortar con un cuchillo. Ninguno quería ser el primero en romperla, pero los dos lo deseábamos con fuerza.
Me excitó muchísimo provocarlo de esa forma. Verlo tan duro, tan desesperado, respirando pesado… ya no aguantaba más la tensión.
Me acerqué despacio, lo miré fijo a los ojos y sin decir nada le puse la mano sobre el bulto enorme que tenía en el pantalón. Lo apreté suave pero firme, sintiendo cómo latía.
—Diego… los dos sabemos lo que queremos —le susurré con la voz ronca de calentura.
Él soltó un gruñido bajo y me agarró fuerte de la cintura. Nos besamos con hambre salvaje, lenguas enredadas, saliva mezclándose, mordiéndonos los labios. Sus manos grandes me sacaron el vestidito de un tirón y me apretó las tetas con ganas, amasándolas, pellizcándome los pezones duros. Gemí en su boca. Bajó una mano y me metió dos dedos gruesos directo en la concha empapada. Chorreaba.
—Estás re mojada… —gruñó contra mis labios.
Me di vuelta rápido, apoyé las manos en la mesa del living y arqueé la espalda ofreciéndole todo. Diego se bajó el pantalón con urgencia. Su pija saltó libre: gruesa, venosa, con la cabeza hinchada y brillante de precum. Me agarró fuerte de la cintura y me la metió de un solo empujón hasta el fondo. Gemí fuerte. Me abrió entera.
Empezó a cogerme duro, salvaje, agarrándome de las caderas. Cada embestida hacía que mis tetas rebotaran sobre la mesa. El sonido mojado y obsceno de su pelvis chocando contra mi culo llenaba toda la casa. Me tiró del pelo y me susurró al oído con voz ronca:
—Hace meses que quiero cogerte, Sofía…
Yo empujaba hacia atrás con fuerza, pidiéndole más. Me dio vuelta, me sentó en el borde de la mesa, me abrió bien las piernas y me siguió cogiendo cara a cara, mirándome a los ojos mientras me partía la concha. Le clavé las uñas en la espalda y le mordí el cuello, fuera de control.
Después me arrodillé frente a él. Le chupé la pija con ganas, babeándola toda, lamiendo desde los huevos pesados y sudados hasta la cabeza hinchada, metiéndomela hasta la garganta. Diego me agarraba la cabeza y me follaba la boca con fuerza.
No aguantó más. Me levantó, me puso contra la pared, me levantó una pierna y me la metió otra vez bien profundo. Me cogió como un animal, rápido y salvaje. Cuando sentí que estaba por venirse le pedí entre gemidos:
—Acabame adentro…
Y explotó. Chorros calientes, espesos y abundantes de leche me llenaron la concha. Sentí cada pulsación, cada disparo fuerte contra mi fondo. Me corrí con él, apretándole la verga con la concha, temblando entera y gimiendo contra su cuello.
Nos quedamos un rato pegados, respirando agitados, sudados. Su semen espeso empezó a chorrearme por los muslos. Me miró con una mezcla de culpa y deseo, me dio un beso largo y profundo.
—Yo también hace mucho que lo quería… —dije sonriendo con picardía mientras le acomodaba la pija todavía semi-dura dentro del pantalón.