Diego

Hay un papá de la escuela de mi hijo que siempre me llamó muchísimo la atención. Se llama Diego. Es cocinero, tiene un emprendimiento de comidas para eventos y siempre aparece con esa actitud segura y masculina que me desarma: voz grave, manos grandes y ásperas de tanto trabajar, olor a hombre mezclado con especias y sudor limpio. Desde el primer día empezó a acercarse más de lo normal. Me saludaba con besos largos y lentos en la mejilla, dejando sus labios calientes un segundo de más contra mi piel, respirándome despacio, como si quisiera guardarse mi perfume. Los abrazos eran todavía peor… o mejor. Me apretaba fuerte contra su pecho ancho, pegándome entero contra él para que sintiera claramente cómo mis tetas grandes y pesadas se aplastaban contra su cuerpo. Yo notaba cómo se tomaba su tiempo, cómo su mano grande bajaba un poco más de lo correcto en mi espalda, rozando el borde de mi culo.

Me miraba de más. Cuando creía que nadie lo veía, sus ojos me recorrían sin vergüenza: el escote, la forma de mis tetas, la curva de mi culo, las piernas. Me hacía elogios discretos pero cargados de intención: “¿Te hiciste algo en el pelo? Te queda lindo…”, “Estás más flaca, ¿no? Se te nota en todos lados”, “Estás linda hoy, Sofía… muy linda”, “Ese jean te queda espectacular”. Yo me dejaba. Sonreía, bajaba un poco la mirada y sentía cómo se me calentaba todo por dentro. Sabía que estaba casado, que su mujer estaba en el mismo grupo de WhatsApp de las mamis, que nuestros hijos iban juntos a la escuela… y justamente eso era lo que me ponía tan puta. Esa tensión prohibida, ese peligro constante de que alguien nos viera, me mojaba la concha antes de que él terminara de hablarme.

En un acto escolar estaba apoyada en la baranda del primer piso, mirando hacia el escenario. El sol de la tarde me daba de lleno y sentía el calor en la espalda. De repente, sin aviso, sentí a alguien justo atrás mío. Una verga gruesa, semi-dura, se apoyó claramente contra mi culo, presionando con intención contra la tela fina de mi pantalón. El calor que emanaba era inconfundible. Me quedé congelada un segundo, con el corazón saltándome en el pecho.

Me di vuelta despacio, tratando de mantener la calma, y ahí estaba él: Diego. Se hacía el distraído, con la mirada fija en el escenario, como si nada estuviera pasando. Pero su cuerpo decía otra cosa. Su esposa estaba a solo unos metros, concentrada en el hijo y charlando animadamente con las otras mamis. Podía escuchar su voz perfectamente.

No me quejé. Al contrario. Me acomodé mejor contra la baranda, arqueando apenas la espalda y empujando mi culo hacia atrás con disimulo, sintiendo cómo su verga respondía al instante. Se hinchó, se puso más dura, más gruesa, latiendo con fuerza contra mí. Podía sentir claramente su forma a través del pantalón: el grosor, la cabeza hinchada, el calor que traspasaba la tela. Diego siguió sin mirarme, pero empezó a rozarse disimuladamente, frotando esa verga dura entre mis nalgas con movimientos cortos y precisos, como si solo estuviera acomodándose.

Nos quedamos así varios minutos que se sintieron eternos. Él presionando, yo empujando apenas hacia atrás cada vez que sentía que nadie miraba. Mi concha se mojó muchísimo, casi al instante. Sentía cómo me palpitaba, cómo se me empapaba la tanga, cómo mis jugos empezaban a chorrear. El calor de su verga latiendo contra mi culo me estaba volviendo loca. Sabía que su esposa estaba ahí nomás, a pocos pasos, riéndose con las otras madres, completamente ajena a que su marido tenía la pija dura apretada contra el culo de otra mamá. Esa idea me ponía mil veces más puta. El peligro, lo prohibido, lo sucio… todo mezclado me tenía chorreando.

Días después, como yo misma había recomendado su servicio para un evento de mi hermana, Diego me escribió por Whatsapp. El mensaje era aparentemente inocente: “Hola Sofía, ya tengo todo listo. ¿Puedo pasar por tu casa durante la siesta para dejar las cosas? Salgo del trabajo a esa hora y me queda de camino.”

Leí el mensaje sentada en la cama y sentí una puntada directa entre las piernas. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo. No dudé ni un segundo en contestarle: “Claro, cuando quieras. Te espero.”

En el fondo, lo estaba invitando. Quería que viniera. Quería volver a sentir esa tensión pesada, esa electricidad prohibida. Sabía que su esposa no estaría, que a esa hora ella trabajaba, y que yo iba a estar completamente sola en casa. La idea me tenía mojada desde que leí el mensaje. Me pasé el resto de la mañana imaginando distintas posibilidades: cómo me miraría, cómo se le marcaría la pija cuando me viera vestida de cierta forma, qué podría llegar a pasar si me animaba a cruzar la línea.

A la hora acordada ya estaba nerviosa y cachonda perdida. Me pasé un buen rato frente al espejo probándome ropa. Quería algo que pareciera casual pero que fuera una provocación total. Al final elegí un vestidito gris cortito, escotado y ajustado que se me pegaba al cuerpo como una segunda piel. Me lo puse sin nada debajo: ni corpiño ni tanga. Me miré de frente, de costado, de atrás… los pezones se me marcaban clarito, duros, oscuros y parados contra la tela fina, casi transparentes por lo excitada que estaba. El vestido apenas me tapaba el culo; si me agachaba un poco, se me iba a ver todo.

Me gustaba sentirme así: puta, decidida y peligrosa. Sabía que estaba mal, que era el papá de un compañero de mi hijo, que estaba casado… pero esa culpa solo me mojaba más. Me pasé los dedos por la concha un par de veces para comprobar lo empapada que ya estaba y sonreí. Estaba lista para provocarlo… y para lo que pudiera pasar.

Cuando tocó el timbre, el corazón me dio un salto. Salí a recibirlo descalza, con el vestidito ajustado marcándome cada curva. Apenas abrió la puerta y me vio, Diego no pudo disimular. Sus ojos bajaron directo a mis tetas como imanes. Se quedó varios segundos clavado en mis pezones duros y oscuros que se transparentaban descaradamente.

Después bajó la mirada lentamente por mi cuerpo, recorriendo mis piernas desnudas hasta donde el vestido apenas cubría la mitad de mis muslos y el comienzo de mi culo.

Se le trabó la voz cuando intentó hablarme de las cajas. Tragó saliva visiblemente, se le notaba la respiración más pesada y gruesa. En el pantalón ya se le empezaba a marcar un bulto grande y evidente. Verlo así, perdiendo el control desde el primer segundo, me puso todavía más caliente.

—Pasá, dejá las cosas adentro —le dije con una sonrisa inocente, casi angelical, haciéndose la que no sabía nada.

Él entró con las cajas, tratando de mantener la compostura. Yo empecé a ayudarlo enseguida, agachándome delante suyo con toda la intención. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo. El vestidito cortito se me subía solo, dejando al descubierto mi culo redondo y mi concha completamente depilada y empapada. Me tomaba mi tiempo en cada movimiento. A veces doblaba las rodillas y abría un poquito las piernas, ofreciéndole una vista clara de mis labios hinchados y brillantes de jugos. Otras veces me agachaba sin doblarlas, arqueando fuerte la espalda como una gata en celo, haciendo que el vestido se levantara casi hasta la cintura. Sentía el aire fresco rozándome la concha abierta y eso me excitaba todavía más.

Diego ya no disimulaba. Sus ojos estaban clavados en mi culo y en mi concha expuesta. Respiraba más pesado, con la boca entreabierta. Cada vez que me agachaba sentía su mirada quemándome. En varios momentos se acercó “a ayudarme” a levantar cajas, pegándose mucho. Su cuerpo grande y caliente quedaba justo atrás mío, y su mano “sin querer” me rozaba el culo, a veces me apretaba suavemente la cintura, bajando un poco más de lo necesario.

Se le marcaba un bulto enorme, grueso y pesado en el pantalón. La pija se le hinchaba visiblemente, latiendo contra la tela, pidiendo salir. Yo podía ver el contorno perfecto de su verga y eso me tenía chorreando. Terminamos de acomodar las cajas y nos quedamos parados en el living, charlando de cualquier pavada: del evento de mi hermana, del calor que hacía, de la escuela… pero los dos sabíamos perfectamente lo que estaba pasando. El aire estaba espeso, cargado de tensión sexual. Se podía cortar con un cuchillo. Ninguno quería ser el primero en romperla, pero los dos lo deseábamos con fuerza.

Me excitó muchísimo provocarlo de esa forma. Verlo tan duro, tan desesperado, respirando pesado… ya no aguantaba más la tensión.

Me acerqué despacio, lo miré fijo a los ojos y sin decir nada le puse la mano sobre el bulto enorme que tenía en el pantalón. Lo apreté suave pero firme, sintiendo cómo latía.

—Diego… los dos sabemos lo que queremos —le susurré con la voz ronca de calentura.

Él soltó un gruñido bajo y me agarró fuerte de la cintura. Nos besamos con hambre salvaje, lenguas enredadas, saliva mezclándose, mordiéndonos los labios. Sus manos grandes me sacaron el vestidito de un tirón y me apretó las tetas con ganas, amasándolas, pellizcándome los pezones duros. Gemí en su boca. Bajó una mano y me metió dos dedos gruesos directo en la concha empapada. Chorreaba.

—Estás re mojada… —gruñó contra mis labios.

Me di vuelta rápido, apoyé las manos en la mesa del living y arqueé la espalda ofreciéndole todo. Diego se bajó el pantalón con urgencia. Su pija saltó libre: gruesa, venosa, con la cabeza hinchada y brillante de precum. Me agarró fuerte de la cintura y me la metió de un solo empujón hasta el fondo. Gemí fuerte. Me abrió entera.

Empezó a cogerme duro, salvaje, agarrándome de las caderas. Cada embestida hacía que mis tetas rebotaran sobre la mesa. El sonido mojado y obsceno de su pelvis chocando contra mi culo llenaba toda la casa. Me tiró del pelo y me susurró al oído con voz ronca:

—Hace meses que quiero cogerte, Sofía…

Yo empujaba hacia atrás con fuerza, pidiéndole más. Me dio vuelta, me sentó en el borde de la mesa, me abrió bien las piernas y me siguió cogiendo cara a cara, mirándome a los ojos mientras me partía la concha. Le clavé las uñas en la espalda y le mordí el cuello, fuera de control.

Después me arrodillé frente a él. Le chupé la pija con ganas, babeándola toda, lamiendo desde los huevos pesados y sudados hasta la cabeza hinchada, metiéndomela hasta la garganta. Diego me agarraba la cabeza y me follaba la boca con fuerza.

No aguantó más. Me levantó, me puso contra la pared, me levantó una pierna y me la metió otra vez bien profundo. Me cogió como un animal, rápido y salvaje. Cuando sentí que estaba por venirse le pedí entre gemidos:

—Acabame adentro…

Y explotó. Chorros calientes, espesos y abundantes de leche me llenaron la concha. Sentí cada pulsación, cada disparo fuerte contra mi fondo. Me corrí con él, apretándole la verga con la concha, temblando entera y gimiendo contra su cuello.

Nos quedamos un rato pegados, respirando agitados, sudados. Su semen espeso empezó a chorrearme por los muslos. Me miró con una mezcla de culpa y deseo, me dio un beso largo y profundo.

—Yo también hace mucho que lo quería… —dije sonriendo con picardía mientras le acomodaba la pija todavía semi-dura dentro del pantalón.

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u/sofia-maulet — 19 hours ago

Mí sobrino cumplió 18

Tengo 35 años y Fran, el hijo mayor de mi hermana Claudia, cumplió 18 hace una semana. Lo que pasó el lunes próximo en mi casa venía gestándose desde hacía años. Sabía que estaba mal, muy mal… pero ya no podía parar. Era más fuerte que yo.

Desde chico Fran pasaba muchísimo tiempo conmigo. Como Claudia es viuda y trabajaba todo el día, yo era como su segunda mamá. Lo cuidaba, lo llevaba al club, le preparaba la comida, lo ayudaba con la tarea. Pero cuando entró en la adolescencia todo cambió.

A los 13 o 14 años empezó con los abrazos. Se apretaba fuerte contra mí, hundiendo la cara entre mis tetas grandes y pesadas, respirando profundo, casi temblando, como si quisiera guardarse mi olor para siempre. Yo sentía clarito cómo frotaba su pija todavía adolescente, ya semi-dura, contra mi muslo. Al principio me sorprendía, me ponía un poco tensa… pero en vez de apartarlo, muchas veces lo apretaba más contra mí. Le acariciaba la espalda despacio, con la mano abierta, dejándolo que se frotara un poquito más, sintiendo cómo se le hinchaba contra mi pierna. Sabía que estaba mal, que era mi sobrino, que era solo un pibe… pero me gustaba. Me gustaba ese poder silencioso, esa inocencia pervertida que iba creciendo entre los dos, y cómo mi concha se me humedecía un poco cada vez que lo sentía así, duro y necesitado, contra mí.

A medida que iba creciendo, más de una vez lo vi encerrado en la habitación de invitados donde se quedaba en mi casa, con la puerta apenas entreabierta. Yo me acercaba en silencio y lo espiaba. Lo veía con una de mis bombachas —que muchas veces dejaba a propósito en la ducha, todavía húmeda y con mi olor— pegada a la cara, oliéndola con desesperación mientras se pajeaba frenéticamente. Otras veces se frotaba la tela suave y manchada directo contra la verga, gimiendo bajito mi nombre. El sonido húmedo de su mano subiendo y bajando, el olor a sexo adolescente y a mi ropa interior… todo me tenía clavada ahí, mirando.

Muchas veces, después, encontraba las bombachas no solo mal lavadas donde yo las había dejado, sino todavía con todo su semen espeso y blanco pegado, seco en algunos lugares, fresco en otros. En vez de tirarlas directamente a la lavadora, las llevaba en la mano hasta mi habitación. Tocaba ese semen pegajoso con los dedos, lo olía profundamente, metía la punta de la lengua apenas… y terminaba tocándome, con los dedos dentro de la concha, pensando en él, sintiendo una culpa densa y sucia que solo me excitaba más.

También vinieron las miradas. Me miraba el culo cada vez que me agachaba a recoger algo o a limpiar el piso, se quedaba embobado con mi escote cuando me inclinaba a servirle la comida. Yo lo notaba y lo aprovechaba. Empecé a usar vestidos más cortos, escotados, remeras finas sin corpiño para que se me marcaran los pezones, pantalones cortos que se me subían cuando me sentaba. Me gustaba sentir su mirada pesada sobre mí, esa forma de tragar saliva cuando se me veía un poco de más.

En la pileta era peor. Me sacaba fotos a escondidas cuando estaba en bikini tomando sol, boca abajo, con el culo levantado apenas. Yo me hacía la que no me daba cuenta… pero me gustaba. A veces me daba vuelta despacio, dejando que me viera bien las tetas, o me ajustaba el corpiño del bikini sabiendo que él estaba mirando desde la ventana o detrás de algún árbol. Esa tensión muda, ese juego de “yo sé que vos sabés”, me tenía siempre un poco mojada.

Con el tiempo las cosas se pusieron más obvias para ambos. A mí me gustaba provocarlo. Me daba cuenta cuando me espiaba mientras me duchaba o me cambiaba en mi habitación. Podía sentirlo ahí, quieto, respirando más fuerte del otro lado de la puerta. A veces dejaba la puerta entreabierta a propósito. Otras veces notaba su celular apoyado en algún lugar raro, en un ángulo perfecto para grabarme o sacarme fotos. Me espiaba. Y yo, en vez de enojarme, me excitaba. Me movía más despacio, me tocaba un poco más de la cuenta, sabiendo que él estaba mirando.

También los abrazos siguieron intensificándose. A los 16 ya era grandote, fuerte. Me levantaba del piso como si no pesara nada, me apretaba las tetas con fuerza y hundía la cara entre ellas como si quisiera meterse adentro. Una noche, viendo una película en el sillón, me acosté con la cabeza en su regazo. Sentí su verga endurecerse contra mi mejilla. No dije nada. Solo moví la cabeza despacito, rozándola “sin querer”, sintiendo cómo latía debajo de la tela. Ninguno de los dos abrió la boca. El silencio era denso, cargado. Seguimos mirando la tele como si nada estuviera pasando… pero los dos sabíamos perfectamente lo que acababa de ocurrir.

Otra vez le pedí que me subiera el cierre de un vestido. Estaba atrás mío, muy pegado, casi respirándome en el cuello. Sentí cómo apoyaba su pija ya dura y gruesa contra mi culo mientras subía el cierre con dificultad, centímetro a centímetro. El silencio era pesado, cargado. Ninguno de los dos decía nada. Solo sentía el calor de su cuerpo, la presión de su verga contra mis nalgas y cómo se le trababa un poco la respiración. Cuando terminó de cerrarlo, se quedó unos segundos más de lo necesario, todavía apretado contra mí, como si no quisiera separarse.

A los 17 los abrazos de despedida se volvieron peligrosos. Me empujaba suave contra la pared, me apretaba entero contra él y yo sentía su verga ya dura y latiente contra mi panza. “No quiero irme todavía, tía”, me decía con la voz temblorosa, casi ronca. Yo sonreía, lo miraba a los ojos y lo dejaba un rato más. Le acariciaba la nuca, le dejaba que se frotara un poco, sintiendo cómo se le hinchaba más. Sabía exactamente lo que estaba haciendo… y me gustaba.

Mi hermana Claudia, inocente total, a veces me comentaba preocupada, casi avergonzada:

—Fran ya está hecho un hombre, Sofía… no sabés las cosas que me dice, lo que hace, las miradas que tiene. Ya no es un nene.

Y yo asentía, fingiendo sorpresa, mientras por dentro me mojaba pensando en todo lo que sabía y en todo lo que había provocado “sin darme cuenta”.

Claudia me contaba cosas. Que lo había encontrado pajeándose en el baño más de una vez, con la puerta mal cerrada. Que una noche lo encontró con una de sus bombachas en la cara, oliéndola desesperado. Que otras veces encontraba bombachas que no eran suyas —más chicas, más sexy— tiradas en su cama o debajo de la almohada, todavía con restos de semen espeso. Que veía mucho porno, y que una vez le había descubierto el historial del celular: vídeos de tías, de hermanas, de maduras, de incest. Que varias veces le había encontrado fotos en el celular y en la computadora de nosotras dos juntas: de ella y de mí en bikini en la pileta, abrazadas, tomando sol, algunas donde se nos veía bastante el cuerpo. Que cuando dormían juntos en la misma cama (porque a veces todavía lo hacía cuando ella estaba triste o necesitaba compañía) se le paraba y se le quedaba dura toda la noche, rozándola “sin querer”, empujando suavemente contra su culo o su espalda. Que se masturbaba a escondidas incluso cuando ella estaba en la habitación fingiendo dormir, y después encontraba las sábanas manchadas, las toallas pegajosas, su propia ropa interior llena de semen. Que le hacía un montón de preguntas sobre sexo: cómo se sentía, si a las mujeres les gustaba que las miraran, si era normal tener tantas ganas. Y a veces, casi al pasar, le preguntaba cosas sobre mí: “¿La tía Sofía siempre se viste así?”, “¿A la tía le gustan los abrazos fuertes?”, “¿La tía es muy cariñosa con todos o solo conmigo?”.

Claudia me lo contaba preocupada, sin sospechar nada. Yo la escuchaba con cara de sorpresa y le decía, casi riéndome un poco:

—A mí también me desaparecen tangas, Clau… deben ser esas que encontrás.

—Es varón, es normal. Yo no he notado que me falte el respeto. Y si se toca mirándome o con mis bombachas… la verdad, no me hace ningún daño.

—Si querés hablo con él, pero no para frenarlo. Al contrario. Tiene que aprender, tiene que explorar. Sé una madre comprensiva, compañera… dejalo que se paje, dejalo que mire, dejalo que huela. Mejor que lo haga con nosotras que con cualquiera.

—No lo reprimas, incentivalo un poco no está mal. Mientras no te toque sin permiso, ¿qué tiene de malo? Es natural. Y si un día se le escapa algo más… tampoco es el fin del mundo.

Mientras le hablaba así, con tono liviano y casi de chiste, sentía cómo se me empapaba la concha solo de imaginar todo lo que mi sobrino hacía pensando en su madre… y en mí. Sabía que era un pervertido sexual, sucio, intenso… y me encantaba.

Todos esos años Fran acumuló un deseo prohibido, intenso y sucio. Y yo lo alimenté en silencio. Lo provoqué. Lo disfruté. Cada abrazo de más, cada bombacha dejada a propósito, cada mirada que le devolvía… todo fue construyendo algo que ya no tenía vuelta atrás.

Por eso, luego de que cumplió 18, lo invité solo a casa.

Apenas entró lo abracé fuerte, apretando mis tetas grandes y pesadas contra su pecho. Sentí cómo se tensaba, cómo se le trababa un segundo la respiración. Después me separé un poco, lo miré fijo a los ojos y le dije con una sonrisa suave:

—Esperame un segundo… voy a ponerme algo más cómodo.

Fui a mi habitación y volví rápido con un baby doll negro, corto, transparente, sin nada debajo. Los pezones se me notaban clarito, duros, y el ruedo apenas me cubría la mitad del culo. Me planté frente a él, lo miré de nuevo y le dije bajito, con la voz ronca de calentura:

—Fran… sé todo. Sé cómo me mirabas, cómo me olías las bombachas, cómo te pajeabas pensando en mí desde los trece. Ya sos mayor. Hoy te voy a dar lo que tanto deseaste.

Lo llevé al living. Me saqué el baby doll despacio, muy despacio, frente a él. Primero me bajé los tirantes, después dejé que la tela fina cayera hasta la cintura y finalmente me lo quité del todo, quedando completamente desnuda de la cintura para arriba. Mis tetas grandes y pesadas quedaron libres, con los pezones duros y oscuros apuntando hacia él. Fran se quedó quieto, respirando agitado, con los ojos clavados en mis pechos como si no pudiera creer lo que estaba viendo.

—Tocame —le susurré.

Se acercó temblando. Al principio las tocó con cuidado, casi con miedo, apenas rozándome con las yemas de los dedos. Después las apretó con más fuerza, hundiendo los dedos en mi carne blanda y pesada, amasándolas. Bajó la cabeza y hundió la cara entre ellas, oliéndome profundo, lamiéndome, chupándome los pezones con desesperación. Babeaba, gemía contra mi piel, me mordisqueaba suavemente. Yo le agarré la cabeza con las dos manos y lo apreté más contra mí, sintiendo cómo se le endurecía la respiración.

—Chupá, Fran… chupale las tetas a tu tía. Todas esas veces que te abrazaba y sentías esto contra tu cara… ahora las tenés de verdad. Chupá fuerte.

Le bajé el pantalón y el boxer de un tirón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, joven y durísima, con la cabeza hinchada y ya brillante de precum. Era más grande de lo que había imaginado todas esas veces que la sentía contra mí. La agarré con la mano y empecé a pajearlo despacio, apretando apenas, subiendo y bajando la piel, sintiendo cómo latía fuerte contra mi palma. Él seguía chupándome las tetas con hambre, lamiendo, succionando, gimiendo contra mi piel.

Con la otra mano le agarré la muñeca y se la llevé directo a mi concha. Estaba empapada. Los labios hinchados, resbaladizos, abiertos. Le hice que me tocara, que metiera los dedos un poco, que sintiera lo mojada que estaba. Sus dedos entraron fácil, resbalando entre mis jugos. Yo seguí pajeándolo más firme, más rápido, mirándolo a la cara mientras él me miraba a mí con los ojos vidriosos.

—Mirá cómo te ponés por tu tía… —le dije bajito, con la voz ronca, acelerando el movimiento de mi mano alrededor de su verga—. Vos a mí también me tenés así. Tocame. Sentí lo mojada que estoy por vos. Meteme los dedos más adentro… así.

Fran gemía contra mis tetas, chupando más fuerte, lamiéndome los pezones, mordisqueándome la carne. Yo no aguanté más. Me arrodillé frente a él, mirándolo desde abajo. Agarré su verga con las dos manos y me la llevé a la boca. La chupé con devoción, lamiendo toda la longitud venosa, saboreando el gusto salado y caliente de su precum. Empecé despacio, rodeando la cabeza hinchada con la lengua, chupándola fuerte, y después fui bajando más profundo, metiéndomela hasta que me daba arcadas. Babeaba, hacía ruidos húmedos y sucios, subiendo y bajando la cabeza, dejando que la saliva le corriera por los huevos. Lo miré a los ojos todo el tiempo mientras le comía la verga. Fran gemía mi nombre, me acariciaba el pelo con manos temblorosas, empujando suavemente hacia adelante, como si no pudiera evitarlo.

Cuando sentí que no aguantaba más, que se le trababa la respiración y se le tensaban las piernas, me saqué la pija de la boca con un hilo de saliva todavía unido a mis labios. La apoyé entre mis tetas grandes y pesadas y las apreté fuerte alrededor de su verga, empezando a pajearlo con ellas. Subía y bajaba, apretando, dejando que la cabeza hinchada saliera y entrara entre mi carne. Él miraba hipnotizado, gimiendo, con las manos en mis hombros.

—Acabame en las tetas, Fran… —le dije mirándolo a los ojos, con la voz ronca y sucia—. Llenale las tetas a tu tía. Descargá toda esa leche que guardaste durante años espiándome, oliendo mis bombachas, pajeándote pensando en mí. Tirála toda acá… toda.

No tardó ni veinte segundos. Se tensó entero, soltó un gemido largo y ronco, casi un gruñido, y empezó a corrérsele. Chorros potentes, espesos y abundantes de semen caliente me bañaron las tetas enteras. El primero me pegó directo en el pezón derecho, el segundo subió por el canalillo, y después vinieron varios más, calientes, espeso, jóvenes, manchándome toda la carne. Goteaba por mis pezones, resbalaba por la curva de mis tetas, me corría por la panza. Mucha leche. Mucha, mucha leche. Me quedé arrodillada, mirándolo a los ojos, con las tetas completamente pintadas de blanco, mientras su verga seguía pulsando entre ellas y soltando los últimos chorros temblorosos sobre mí.

Cuando terminó, todavía con la verga temblando y goteando, me incliné y le lamí la cabecita despacio, limpiándole los restos de semen, saboreando el gusto salado y espeso. Lo miré a los ojos mientras lo hacía.

—Sabés rico… —susurré.

Fran me miraba con los ojos vidriosos, todavía jadeando, con el pecho subiendo y bajando rápido, como si no pudiera creer lo que acababa de pasar. Yo sentía el corazón latiéndome fuerte en el pecho, la concha palpitando, empapada, y una mezcla densa de culpa, excitación y poder recorriéndome el cuerpo. Mis tetas seguían brillando y goteando su leche. Me sentía sucia, poderosa… y completamente dueña de la situación.

Agarré su celular, desbloqueé la cámara y me saqué una foto de cerca: mis tetas grandes, pesadas, completamente cubiertas de su semen blanco y espeso, brillando bajo la luz del living, con algunos hilos todavía goteando por los pezones. Se la mostré.

—Consideralo mi regalo de cumpleaños —le dije sonriendo con picardía, todavía arrodillada frente a él, con su leche pintándome el pecho.

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u/sofia-maulet — 19 hours ago
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Diego

Hay un papá de la escuela de mi hijo que siempre me llamó muchísimo la atención. Se llama Diego. Es cocinero, tiene un emprendimiento de comidas para eventos y siempre aparece con esa actitud segura y masculina que me desarma: voz grave, manos grandes y ásperas de tanto trabajar, olor a hombre mezclado con especias y sudor limpio. Desde el primer día empezó a acercarse más de lo normal. Me saludaba con besos largos y lentos en la mejilla, dejando sus labios calientes un segundo de más contra mi piel, respirándome despacio, como si quisiera guardarse mi perfume. Los abrazos eran todavía peor… o mejor. Me apretaba fuerte contra su pecho ancho, pegándome entero contra él para que sintiera claramente cómo mis tetas grandes y pesadas se aplastaban contra su cuerpo. Yo notaba cómo se tomaba su tiempo, cómo su mano grande bajaba un poco más de lo correcto en mi espalda, rozando el borde de mi culo.

Me miraba de más. Cuando creía que nadie lo veía, sus ojos me recorrían sin vergüenza: el escote, la forma de mis tetas, la curva de mi culo, las piernas. Me hacía elogios discretos pero cargados de intención: “¿Te hiciste algo en el pelo? Te queda lindo…”, “Estás más flaca, ¿no? Se te nota en todos lados”, “Estás linda hoy, Sofía… muy linda”, “Ese jean te queda espectacular”. Yo me dejaba. Sonreía, bajaba un poco la mirada y sentía cómo se me calentaba todo por dentro. Sabía que estaba casado, que su mujer estaba en el mismo grupo de WhatsApp de las mamis, que nuestros hijos iban juntos a la escuela… y justamente eso era lo que me ponía tan puta. Esa tensión prohibida, ese peligro constante de que alguien nos viera, me mojaba la concha antes de que él terminara de hablarme.

En un acto escolar estaba apoyada en la baranda del primer piso, mirando hacia el escenario. El sol de la tarde me daba de lleno y sentía el calor en la espalda. De repente, sin aviso, sentí a alguien justo atrás mío. Una verga gruesa, semi-dura, se apoyó claramente contra mi culo, presionando con intención contra la tela fina de mi pantalón. El calor que emanaba era inconfundible. Me quedé congelada un segundo, con el corazón saltándome en el pecho.

Me di vuelta despacio, tratando de mantener la calma, y ahí estaba él: Diego. Se hacía el distraído, con la mirada fija en el escenario, como si nada estuviera pasando. Pero su cuerpo decía otra cosa. Su esposa estaba a solo unos metros, concentrada en el hijo y charlando animadamente con las otras mamis. Podía escuchar su voz perfectamente.

No me quejé. Al contrario. Me acomodé mejor contra la baranda, arqueando apenas la espalda y empujando mi culo hacia atrás con disimulo, sintiendo cómo su verga respondía al instante. Se hinchó, se puso más dura, más gruesa, latiendo con fuerza contra mí. Podía sentir claramente su forma a través del pantalón: el grosor, la cabeza hinchada, el calor que traspasaba la tela. Diego siguió sin mirarme, pero empezó a rozarse disimuladamente, frotando esa verga dura entre mis nalgas con movimientos cortos y precisos, como si solo estuviera acomodándose.

Nos quedamos así varios minutos que se sintieron eternos. Él presionando, yo empujando apenas hacia atrás cada vez que sentía que nadie miraba. Mi concha se mojó muchísimo, casi al instante. Sentía cómo me palpitaba, cómo se me empapaba la tanga, cómo mis jugos empezaban a chorrear. El calor de su verga latiendo contra mi culo me estaba volviendo loca. Sabía que su esposa estaba ahí nomás, a pocos pasos, riéndose con las otras madres, completamente ajena a que su marido tenía la pija dura apretada contra el culo de otra mamá. Esa idea me ponía mil veces más puta. El peligro, lo prohibido, lo sucio… todo mezclado me tenía chorreando.

Días después, como yo misma había recomendado su servicio para un evento de mi hermana, Diego me escribió por Whatsapp. El mensaje era aparentemente inocente: “Hola Sofía, ya tengo todo listo. ¿Puedo pasar por tu casa durante la siesta para dejar las cosas? Salgo del trabajo a esa hora y me queda de camino.”

Leí el mensaje sentada en la cama y sentí una puntada directa entre las piernas. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo. No dudé ni un segundo en contestarle: “Claro, cuando quieras. Te espero.”

En el fondo, lo estaba invitando. Quería que viniera. Quería volver a sentir esa tensión pesada, esa electricidad prohibida. Sabía que su esposa no estaría, que a esa hora ella trabajaba, y que yo iba a estar completamente sola en casa. La idea me tenía mojada desde que leí el mensaje. Me pasé el resto de la mañana imaginando distintas posibilidades: cómo me miraría, cómo se le marcaría la pija cuando me viera vestida de cierta forma, qué podría llegar a pasar si me animaba a cruzar la línea.

A la hora acordada ya estaba nerviosa y cachonda perdida. Me pasé un buen rato frente al espejo probándome ropa. Quería algo que pareciera casual pero que fuera una provocación total. Al final elegí un vestidito gris cortito, escotado y ajustado que se me pegaba al cuerpo como una segunda piel. Me lo puse sin nada debajo: ni corpiño ni tanga. Me miré de frente, de costado, de atrás… los pezones se me marcaban clarito, duros, oscuros y parados contra la tela fina, casi transparentes por lo excitada que estaba. El vestido apenas me tapaba el culo; si me agachaba un poco, se me iba a ver todo.

Me gustaba sentirme así: puta, decidida y peligrosa. Sabía que estaba mal, que era el papá de un compañero de mi hijo, que estaba casado… pero esa culpa solo me mojaba más. Me pasé los dedos por la concha un par de veces para comprobar lo empapada que ya estaba y sonreí. Estaba lista para provocarlo… y para lo que pudiera pasar.

Cuando tocó el timbre, el corazón me dio un salto. Salí a recibirlo descalza, con el vestidito ajustado marcándome cada curva. Apenas abrió la puerta y me vio, Diego no pudo disimular. Sus ojos bajaron directo a mis tetas como imanes. Se quedó varios segundos clavado en mis pezones duros y oscuros que se transparentaban descaradamente.

Después bajó la mirada lentamente por mi cuerpo, recorriendo mis piernas desnudas hasta donde el vestido apenas cubría la mitad de mis muslos y el comienzo de mi culo.

Se le trabó la voz cuando intentó hablarme de las cajas. Tragó saliva visiblemente, se le notaba la respiración más pesada y gruesa. En el pantalón ya se le empezaba a marcar un bulto grande y evidente. Verlo así, perdiendo el control desde el primer segundo, me puso todavía más caliente.

—Pasá, dejá las cosas adentro —le dije con una sonrisa inocente, casi angelical, haciéndose la que no sabía nada.

Él entró con las cajas, tratando de mantener la compostura. Yo empecé a ayudarlo enseguida, agachándome delante suyo con toda la intención. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo. El vestidito cortito se me subía solo, dejando al descubierto mi culo redondo y mi concha completamente depilada y empapada. Me tomaba mi tiempo en cada movimiento. A veces doblaba las rodillas y abría un poquito las piernas, ofreciéndole una vista clara de mis labios hinchados y brillantes de jugos. Otras veces me agachaba sin doblarlas, arqueando fuerte la espalda como una gata en celo, haciendo que el vestido se levantara casi hasta la cintura. Sentía el aire fresco rozándome la concha abierta y eso me excitaba todavía más.

Diego ya no disimulaba. Sus ojos estaban clavados en mi culo y en mi concha expuesta. Respiraba más pesado, con la boca entreabierta. Cada vez que me agachaba sentía su mirada quemándome. En varios momentos se acercó “a ayudarme” a levantar cajas, pegándose mucho. Su cuerpo grande y caliente quedaba justo atrás mío, y su mano “sin querer” me rozaba el culo, a veces me apretaba suavemente la cintura, bajando un poco más de lo necesario.

Se le marcaba un bulto enorme, grueso y pesado en el pantalón. La pija se le hinchaba visiblemente, latiendo contra la tela, pidiendo salir. Yo podía ver el contorno perfecto de su verga y eso me tenía chorreando. Terminamos de acomodar las cajas y nos quedamos parados en el living, charlando de cualquier pavada: del evento de mi hermana, del calor que hacía, de la escuela… pero los dos sabíamos perfectamente lo que estaba pasando. El aire estaba espeso, cargado de tensión sexual. Se podía cortar con un cuchillo. Ninguno quería ser el primero en romperla, pero los dos lo deseábamos con fuerza.

Me excitó muchísimo provocarlo de esa forma. Verlo tan duro, tan desesperado, respirando pesado… ya no aguantaba más la tensión.

Me acerqué despacio, lo miré fijo a los ojos y sin decir nada le puse la mano sobre el bulto enorme que tenía en el pantalón. Lo apreté suave pero firme, sintiendo cómo latía.

—Diego… los dos sabemos lo que queremos —le susurré con la voz ronca de calentura.

Él soltó un gruñido bajo y me agarró fuerte de la cintura. Nos besamos con hambre salvaje, lenguas enredadas, saliva mezclándose, mordiéndonos los labios. Sus manos grandes me sacaron el vestidito de un tirón y me apretó las tetas con ganas, amasándolas, pellizcándome los pezones duros. Gemí en su boca. Bajó una mano y me metió dos dedos gruesos directo en la concha empapada. Chorreaba.

—Estás re mojada… —gruñó contra mis labios.

Me di vuelta rápido, apoyé las manos en la mesa del living y arqueé la espalda ofreciéndole todo. Diego se bajó el pantalón con urgencia. Su pija saltó libre: gruesa, venosa, con la cabeza hinchada y brillante de precum. Me agarró fuerte de la cintura y me la metió de un solo empujón hasta el fondo. Gemí fuerte. Me abrió entera.

Empezó a cogerme duro, salvaje, agarrándome de las caderas. Cada embestida hacía que mis tetas rebotaran sobre la mesa. El sonido mojado y obsceno de su pelvis chocando contra mi culo llenaba toda la casa. Me tiró del pelo y me susurró al oído con voz ronca:

—Hace meses que quiero cogerte, Sofía…

Yo empujaba hacia atrás con fuerza, pidiéndole más. Me dio vuelta, me sentó en el borde de la mesa, me abrió bien las piernas y me siguió cogiendo cara a cara, mirándome a los ojos mientras me partía la concha. Le clavé las uñas en la espalda y le mordí el cuello, fuera de control.

Después me arrodillé frente a él. Le chupé la pija con ganas, babeándola toda, lamiendo desde los huevos pesados y sudados hasta la cabeza hinchada, metiéndomela hasta la garganta. Diego me agarraba la cabeza y me follaba la boca con fuerza.

No aguantó más. Me levantó, me puso contra la pared, me levantó una pierna y me la metió otra vez bien profundo. Me cogió como un animal, rápido y salvaje. Cuando sentí que estaba por venirse le pedí entre gemidos:

—Acabame adentro…

Y explotó. Chorros calientes, espesos y abundantes de leche me llenaron la concha. Sentí cada pulsación, cada disparo fuerte contra mi fondo. Me corrí con él, apretándole la verga con la concha, temblando entera y gimiendo contra su cuello.

Nos quedamos un rato pegados, respirando agitados, sudados. Su semen espeso empezó a chorrearme por los muslos. Me miró con una mezcla de culpa y deseo, me dio un beso largo y profundo.

—Yo también hace mucho que lo quería… —dije sonriendo con picardía mientras le acomodaba la pija todavía semi-dura dentro del pantalón.

u/sofia-maulet — 2 days ago

Diego

Hay un papá de la escuela de mi hijo que siempre me llamó muchísimo la atención. Se llama Diego. Es cocinero, tiene un emprendimiento de comidas para eventos y siempre aparece con esa actitud segura y masculina que me desarma: voz grave, manos grandes y ásperas de tanto trabajar, olor a hombre mezclado con especias y sudor limpio. Desde el primer día empezó a acercarse más de lo normal. Me saludaba con besos largos y lentos en la mejilla, dejando sus labios calientes un segundo de más contra mi piel, respirándome despacio, como si quisiera guardarse mi perfume. Los abrazos eran todavía peor… o mejor. Me apretaba fuerte contra su pecho ancho, pegándome entero contra él para que sintiera claramente cómo mis tetas grandes y pesadas se aplastaban contra su cuerpo. Yo notaba cómo se tomaba su tiempo, cómo su mano grande bajaba un poco más de lo correcto en mi espalda, rozando el borde de mi culo.

Me miraba de más. Cuando creía que nadie lo veía, sus ojos me recorrían sin vergüenza: el escote, la forma de mis tetas, la curva de mi culo, las piernas. Me hacía elogios discretos pero cargados de intención: “¿Te hiciste algo en el pelo? Te queda lindo…”, “Estás más flaca, ¿no? Se te nota en todos lados”, “Estás linda hoy, Sofía… muy linda”, “Ese jean te queda espectacular”. Yo me dejaba. Sonreía, bajaba un poco la mirada y sentía cómo se me calentaba todo por dentro. Sabía que estaba casado, que su mujer estaba en el mismo grupo de WhatsApp de las mamis, que nuestros hijos iban juntos a la escuela… y justamente eso era lo que me ponía tan puta. Esa tensión prohibida, ese peligro constante de que alguien nos viera, me mojaba la concha antes de que él terminara de hablarme.

En un acto escolar estaba apoyada en la baranda del primer piso, mirando hacia el escenario. El sol de la tarde me daba de lleno y sentía el calor en la espalda. De repente, sin aviso, sentí a alguien justo atrás mío. Una verga gruesa, semi-dura, se apoyó claramente contra mi culo, presionando con intención contra la tela fina de mi pantalón. El calor que emanaba era inconfundible. Me quedé congelada un segundo, con el corazón saltándome en el pecho.

Me di vuelta despacio, tratando de mantener la calma, y ahí estaba él: Diego. Se hacía el distraído, con la mirada fija en el escenario, como si nada estuviera pasando. Pero su cuerpo decía otra cosa. Su esposa estaba a solo unos metros, concentrada en el hijo y charlando animadamente con las otras mamis. Podía escuchar su voz perfectamente.

No me quejé. Al contrario. Me acomodé mejor contra la baranda, arqueando apenas la espalda y empujando mi culo hacia atrás con disimulo, sintiendo cómo su verga respondía al instante. Se hinchó, se puso más dura, más gruesa, latiendo con fuerza contra mí. Podía sentir claramente su forma a través del pantalón: el grosor, la cabeza hinchada, el calor que traspasaba la tela. Diego siguió sin mirarme, pero empezó a rozarse disimuladamente, frotando esa verga dura entre mis nalgas con movimientos cortos y precisos, como si solo estuviera acomodándose.

Nos quedamos así varios minutos que se sintieron eternos. Él presionando, yo empujando apenas hacia atrás cada vez que sentía que nadie miraba. Mi concha se mojó muchísimo, casi al instante. Sentía cómo me palpitaba, cómo se me empapaba la tanga, cómo mis jugos empezaban a chorrear. El calor de su verga latiendo contra mi culo me estaba volviendo loca. Sabía que su esposa estaba ahí nomás, a pocos pasos, riéndose con las otras madres, completamente ajena a que su marido tenía la pija dura apretada contra el culo de otra mamá. Esa idea me ponía mil veces más puta. El peligro, lo prohibido, lo sucio… todo mezclado me tenía chorreando.

Días después, como yo misma había recomendado su servicio para un evento de mi hermana, Diego me escribió por Whatsapp. El mensaje era aparentemente inocente: “Hola Sofía, ya tengo todo listo. ¿Puedo pasar por tu casa durante la siesta para dejar las cosas? Salgo del trabajo a esa hora y me queda de camino.”

Leí el mensaje sentada en la cama y sentí una puntada directa entre las piernas. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo. No dudé ni un segundo en contestarle: “Claro, cuando quieras. Te espero.”

En el fondo, lo estaba invitando. Quería que viniera. Quería volver a sentir esa tensión pesada, esa electricidad prohibida. Sabía que su esposa no estaría, que a esa hora ella trabajaba, y que yo iba a estar completamente sola en casa. La idea me tenía mojada desde que leí el mensaje. Me pasé el resto de la mañana imaginando distintas posibilidades: cómo me miraría, cómo se le marcaría la pija cuando me viera vestida de cierta forma, qué podría llegar a pasar si me animaba a cruzar la línea.

A la hora acordada ya estaba nerviosa y cachonda perdida. Me pasé un buen rato frente al espejo probándome ropa. Quería algo que pareciera casual pero que fuera una provocación total. Al final elegí un vestidito gris cortito, escotado y ajustado que se me pegaba al cuerpo como una segunda piel. Me lo puse sin nada debajo: ni corpiño ni tanga. Me miré de frente, de costado, de atrás… los pezones se me marcaban clarito, duros, oscuros y parados contra la tela fina, casi transparentes por lo excitada que estaba. El vestido apenas me tapaba el culo; si me agachaba un poco, se me iba a ver todo.

Me gustaba sentirme así: puta, decidida y peligrosa. Sabía que estaba mal, que era el papá de un compañero de mi hijo, que estaba casado… pero esa culpa solo me mojaba más. Me pasé los dedos por la concha un par de veces para comprobar lo empapada que ya estaba y sonreí. Estaba lista para provocarlo… y para lo que pudiera pasar.

Cuando tocó el timbre, el corazón me dio un salto. Salí a recibirlo descalza, con el vestidito ajustado marcándome cada curva. Apenas abrió la puerta y me vio, Diego no pudo disimular. Sus ojos bajaron directo a mis tetas como imanes. Se quedó varios segundos clavado en mis pezones duros y oscuros que se transparentaban descaradamente.

Después bajó la mirada lentamente por mi cuerpo, recorriendo mis piernas desnudas hasta donde el vestido apenas cubría la mitad de mis muslos y el comienzo de mi culo.

Se le trabó la voz cuando intentó hablarme de las cajas. Tragó saliva visiblemente, se le notaba la respiración más pesada y gruesa. En el pantalón ya se le empezaba a marcar un bulto grande y evidente. Verlo así, perdiendo el control desde el primer segundo, me puso todavía más caliente.

—Pasá, dejá las cosas adentro —le dije con una sonrisa inocente, casi angelical, haciéndose la que no sabía nada.

Él entró con las cajas, tratando de mantener la compostura. Yo empecé a ayudarlo enseguida, agachándome delante suyo con toda la intención. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo. El vestidito cortito se me subía solo, dejando al descubierto mi culo redondo y mi concha completamente depilada y empapada. Me tomaba mi tiempo en cada movimiento. A veces doblaba las rodillas y abría un poquito las piernas, ofreciéndole una vista clara de mis labios hinchados y brillantes de jugos. Otras veces me agachaba sin doblarlas, arqueando fuerte la espalda como una gata en celo, haciendo que el vestido se levantara casi hasta la cintura. Sentía el aire fresco rozándome la concha abierta y eso me excitaba todavía más.

Diego ya no disimulaba. Sus ojos estaban clavados en mi culo y en mi concha expuesta. Respiraba más pesado, con la boca entreabierta. Cada vez que me agachaba sentía su mirada quemándome. En varios momentos se acercó “a ayudarme” a levantar cajas, pegándose mucho. Su cuerpo grande y caliente quedaba justo atrás mío, y su mano “sin querer” me rozaba el culo, a veces me apretaba suavemente la cintura, bajando un poco más de lo necesario.

Se le marcaba un bulto enorme, grueso y pesado en el pantalón. La pija se le hinchaba visiblemente, latiendo contra la tela, pidiendo salir. Yo podía ver el contorno perfecto de su verga y eso me tenía chorreando. Terminamos de acomodar las cajas y nos quedamos parados en el living, charlando de cualquier pavada: del evento de mi hermana, del calor que hacía, de la escuela… pero los dos sabíamos perfectamente lo que estaba pasando. El aire estaba espeso, cargado de tensión sexual. Se podía cortar con un cuchillo. Ninguno quería ser el primero en romperla, pero los dos lo deseábamos con fuerza.

Me excitó muchísimo provocarlo de esa forma. Verlo tan duro, tan desesperado, respirando pesado… ya no aguantaba más la tensión.

Me acerqué despacio, lo miré fijo a los ojos y sin decir nada le puse la mano sobre el bulto enorme que tenía en el pantalón. Lo apreté suave pero firme, sintiendo cómo latía.

—Diego… los dos sabemos lo que queremos —le susurré con la voz ronca de calentura.

Él soltó un gruñido bajo y me agarró fuerte de la cintura. Nos besamos con hambre salvaje, lenguas enredadas, saliva mezclándose, mordiéndonos los labios. Sus manos grandes me sacaron el vestidito de un tirón y me apretó las tetas con ganas, amasándolas, pellizcándome los pezones duros. Gemí en su boca. Bajó una mano y me metió dos dedos gruesos directo en la concha empapada. Chorreaba.

—Estás re mojada… —gruñó contra mis labios.

Me di vuelta rápido, apoyé las manos en la mesa del living y arqueé la espalda ofreciéndole todo. Diego se bajó el pantalón con urgencia. Su pija saltó libre: gruesa, venosa, con la cabeza hinchada y brillante de precum. Me agarró fuerte de la cintura y me la metió de un solo empujón hasta el fondo. Gemí fuerte. Me abrió entera.

Empezó a cogerme duro, salvaje, agarrándome de las caderas. Cada embestida hacía que mis tetas rebotaran sobre la mesa. El sonido mojado y obsceno de su pelvis chocando contra mi culo llenaba toda la casa. Me tiró del pelo y me susurró al oído con voz ronca:

—Hace meses que quiero cogerte, Sofía…

Yo empujaba hacia atrás con fuerza, pidiéndole más. Me dio vuelta, me sentó en el borde de la mesa, me abrió bien las piernas y me siguió cogiendo cara a cara, mirándome a los ojos mientras me partía la concha. Le clavé las uñas en la espalda y le mordí el cuello, fuera de control.

Después me arrodillé frente a él. Le chupé la pija con ganas, babeándola toda, lamiendo desde los huevos pesados y sudados hasta la cabeza hinchada, metiéndomela hasta la garganta. Diego me agarraba la cabeza y me follaba la boca con fuerza.

No aguantó más. Me levantó, me puso contra la pared, me levantó una pierna y me la metió otra vez bien profundo. Me cogió como un animal, rápido y salvaje. Cuando sentí que estaba por venirse le pedí entre gemidos:

—Acabame adentro…

Y explotó. Chorros calientes, espesos y abundantes de leche me llenaron la concha. Sentí cada pulsación, cada disparo fuerte contra mi fondo. Me corrí con él, apretándole la verga con la concha, temblando entera y gimiendo contra su cuello.

Nos quedamos un rato pegados, respirando agitados, sudados. Su semen espeso empezó a chorrearme por los muslos. Me miró con una mezcla de culpa y deseo, me dio un beso largo y profundo.

—Yo también hace mucho que lo quería… —dije sonriendo con picardía mientras le acomodaba la pija todavía semi-dura dentro del pantalón.

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u/sofia-maulet — 2 days ago

Mi profe de fotografía - Cristian

La noche había sido larga e intensa, de esas que te dejan el cuerpo agotado pero la cabeza completamente encendida. Todo empezó cuando Cristian, mi profesor de fotografía del curso de seis meses, me escribió por mensaje para contratarme como su ayudante en una sesión importante en un evento municipal en el teatro. Yo era su alumna favorita, siempre sentada adelante, atenta a todo, y él siempre me miraba de una forma que me hacía sentir especial. Era casado, con hijos, mayor que yo, alto y flaco, con una voz varonil y profunda que me encantaba. Durante el curso yo me vestía provocadora cuando hacía calor: vestidos livianos, escotes discretos, o faldas con tanguitas lindas que sabía que él notaba. Él siempre era muy profesional, pero yo captaba sus miradas. Esa noche habíamos trabajado codo a codo en la sesión de fotos. Luces, movimiento, sudor y roces que cada vez se sentían menos casuales. Cada vez que se acercaba sentía su presencia, su olor a hombre, y algo dentro de mí se iba calentando sin control.

Al terminar la sesión, exhaustos pero con la adrenalina todavía corriendo por las venas, Cristian me invitó a tomar un café en un lugar cercano donde habíamos dejado los vehículos. Acepté sin dudarlo. En la mesa las miradas se volvieron más largas y cargadas, las sonrisas más intencionadas. Me halagaba constantemente con esa voz varonil: mi ojo para las fotos, mi forma de moverme, lo bien que habíamos trabajado juntos, lo profesional y sexy que era mi presencia. Sus dedos rozaron los míos "sin querer" y ya no se apartaron. Me tomó la mano con clara intención, acariciándome el dorso con el pulgar. El aire entre nosotros se puso pesado, eléctrico, lleno de tensión sexual acumulada durante meses. La charla pasó de profesional a personal, como queriendo conocerme con más profundidad. Me preguntaba sobre mi vida, mis gustos, si estaba con alguien, todo con esa voz grave y calmada que me ponía nerviosa. Sus ojos no se apartaban de los míos, y cada tanto bajaban un segundo a mi escote o a mis labios, haciendo que me mojara más.

De repente me miró fijo a los ojos, con esa mirada oscura y hambrienta, mientras su mano subía por mi pierna por debajo de la mesa, acariciándome el muslo con los dedos. Me dijo con voz baja y ronca, casi gruñendo:

—Quiero cogerte, Sofía. Te deseo desde el primer día del curso.

Sentí un golpe de calor brutal directo entre las piernas. La concha se me mojó al instante, chorreando, palpitando de excitación. El morbo me invadió por completo. Mi profesor. Casado. El hombre que me había elegido como su alumna preferida durante meses. Dije que sí sin dudarlo, con la voz temblorosa de deseo.

Me invitó a su auto, yo pensé que me iba a llevar a un telo. Cuando llegamos a su sedán subimos al asiento trasero. Apenas cerramos las puertas todo se desató. Nos besamos con desesperación, lenguas enredadas, bocas abiertas, saliva mezclándose, mordiéndonos los labios. Sus manos fueron directo a mis tetas, apretándolas fuerte por encima de la remera, amasándolas con ganas. Me la sacó junto con el corpiño de un tirón y mis tetas quedaron libres, pesadas, grandes, con los pezones duros como piedras y oscuros. Bajó la cabeza y se las comió con hambre salvaje: chupaba fuerte, succionaba los pezones, los mordía, los lamía, las apretaba con las dos manos, enterrando la cara entre ellas mientras yo gemía como una puta y le clavaba las uñas en la nuca, tirándole del pelo.

Yo estaba empapada, la concha chorreando, palpitando de ganas. Le abrí el pantalón con dedos temblorosos y saqué su pija. Era larga y fina, con una cabeza gruesa en forma de hongo que brillaba de precum. Me agaché como pude en ese espacio estrecho del asiento trasero y me la metí en la boca con ganas. La chupé despacio al principio, lamiendo toda la longitud venosa, saboreando el gusto salado, rodeando la cabeza hinchada y gruesa con la lengua, chupándola como una puta. Después empecé a bajarla más profundo, chupando con fuerza, babeándola toda, haciendo ruidos húmedos y obscenos mientras subía y bajaba la cabeza, tragándola hasta que me daba arcadas. Me sacaba la pija para lamerla entera, desde los huevos hasta la punta, pajearla con la mano mojada de saliva y volver a tragármela hasta el fondo. Él gruñía de placer y me agarraba el pelo con fuerza, follándome la boca.

No aguanté más. Me saqué el pantalón a las apuradas, corrí la tanga a un lado y me subí encima de él. Agarré su verga larga y caliente, la froté varias veces contra mi concha empapada y abierta, untándola con mis jugos, rozando la cabeza gruesa contra mi clítoris hinchado. Me dejé caer de golpe. Entró profundo, rozándome fondo, llenándome toda. Aunque era incómodo —el techo bajo, los asientos estrechos, el espacio reducido—, empecé a cabalgarlo con fuerza. Subía y bajaba rápido, movía las caderas en círculos, rebotando con ganas. Mis tetas grandes saltaban en su cara y él las chupaba con hambre, las mordía, las lamía y me apretaba el culo con fuerza para clavármela más adentro, follándome como un animal en ese espacio estrecho.

El auto se mecía con fuerza con cada movimiento mío. Los vidrios se empañaron por completo, creando un mundo privado y caliente. El olor a sexo llenaba todo el habitáculo: sudor, concha mojada, pija y saliva. Gemía sin control, casi gritando, sintiendo cómo esa pija larga y fina me tocaba lugares profundos que me hacían temblar de placer y doler al mismo tiempo, rozándome el fondo de la concha.

—Más fuerte… cogeme más fuerte —le pedía entre jadeos entrecortados, la voz rota de placer.

Él empujaba desde abajo con todo, clavándome la verga hasta el fondo. De repente se tensó, me agarró fuerte de las caderas para frenarme y gruñó ronco contra mi cuello:

—No puedo más… voy a acabar… voy a acabar adentro tuyo.

Y explotó. Sentí los chorros calientes, potentes y abundantes de su leche disparando dentro de mi concha. Mucha leche. Mucha, mucha leche. Cada pulsación fuerte de su pija hinchada disparaba más semen caliente y espeso, llenándome hasta rebosar, inundando mi interior. Era tanto que lo sentía saliendo alrededor de su verga, chorreando por mis labios hinchados y bajando por mis muslos. El calor líquido me marcaba por dentro, me llenaba, me hacía sentir sucia y completamente usada. Yo me corrí al mismo tiempo, un orgasmo brutal que me hizo temblar entera, apretando la concha alrededor de su verga, gimiendo como una puta mientras mi cuerpo se convulsionaba de placer. Él quedó exhausto, respirando agitado contra mi cuello, todavía con la verga palpitando adentro mío.

Ya era tarde. Cristian quedó como desmayado en el asiento, respirando agitado, agotado después de descargarse tanto. Yo todavía ardía de calentura y morbo, la concha palpitando, llena y sensible. Me levanté despacio. Un grueso hilo de leche caliente me corrió por el muslo interno, pero la tanga sostuvo la mayor parte, empapada y pegajosa. Me puse el jean y las zapatillas a las apuradas, pero dejé las tetas al aire, pesadas, con los pezones duros y oscuros. Bajé del auto así, semidesnuda, y caminé los pocos metros hasta mi camioneta. Sentía la concha hinchada y chorreando semen con cada paso, la leche espesa escapándose y bajando por mis piernas. El aire fresco de la noche me rozaba los pezones duros, poniéndomelos todavía más sensibles. Sabía que cualquiera que mirara podía verme las tetas y el jean mojado. Sabía que acababa de dejar que mi profesor casado me llenara la concha de leche. Me sentía empoderada, puta, poderosa, viva.

Mientras manejaba de vuelta a casa, todavía con las tetas al aire a la vista de otros conductores, la bombacha empapada y la concha hinchada y rebosante de semen de mi profesor, pensaba en mi marido. En ese momento él estaba en casa durmiendo con nuestros hijos, sin imaginarse que su mujer acababa de dejarse coger y llenar por otro hombre. Pero sabía que no le molestaría. Al contrario. Esa idea me ponía todavía más puta. Pensaba en llegar, despertarlo con la sorpresa, con la concha todavía chorreando leche ajena, para que me reclamara, me garchara duro y me llenara él también. Esa idea me hizo sonreír con morbo mientras sentía el semen caliente escapándose de mi concha con cada movimiento del vehículo, bajando por mis muslos. Tenía la concha llena, marcada, palpitando, y una excitación que no se me iba. Necesitaba que mi marido me reclamara como suya de nuevo.

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u/sofia-maulet — 3 days ago

La hermana mayor

Esa tarde Martín y yo estábamos solos en casa. Llevábamos poco tiempo de novios y yo todavía vivía con mi mamá y mi hermano en la casa familiar. Mis hermanas ya vivían con sus parejas, pero iban seguido y tenían llave, así que nunca se sabía cuándo podía aparecer alguien. Pero en ese momento estábamos completamente solos. Empezamos besándonos con ganas en el living, metiendo lengua, agarrándonos con hambre, y terminamos en la habitación. La luz estaba encendida porque a él le gustaba verme bien, verme toda mientras me cogía. Me tenía en cuatro sobre la cama, cogiéndome con fuerza, agarrándome fuerte de las caderas. Su verga gruesa entraba y salía de mi concha mojada, haciendo ese ruido mojado y obsceno de piel contra piel, el sonido de mi concha chorreando cada vez que me la metía hasta el fondo. Mis tetas rebotaban pesadas y libres con cada embestida fuerte, los huevos de Martín golpeaban contra mi clítoris hinchado. Yo gemía sin contenerme, casi gritando de placer, la cara hundida en la almohada.

De repente escuchamos el ruido de la puerta de entrada abriéndose. Sabíamos que mí hermana mayor, Eliana, venía de visita, pero se había adelantado y llegó antes de lo previsto. Yo me tensé al instante, el corazón me dio un salto, y le susurré a Martín, agitada y nerviosa:

—Martín… llegó Eliana… deberíamos parar…

Pero él no quiso. Me agarró más fuerte de las caderas con sus manos grandes, clavándome los dedos en la carne, y siguió follándome sin piedad, metiéndomela más profundo y más rápido, como si quisiera que yo no pudiera quedarme callada, como si quisiera obligarme a gemir alto, a correrme sin control, apurando los orgasmos inevitables que sabía que estaban por venir.

Unos minutos después, mientras él me tenía bien agarrada de las caderas y me cogía duro, sentí un ruido leve y noté de reojo que la puerta de la habitación estaba entreabierta. Ahí estaba Eliana, espiando desde la oscuridad del pasillo. La luz fuerte de la habitación iluminaba todo para ella: mi cuerpo desnudo en cuatro, mis tetas rebotando con cada embestida, mi cara de placer, y la verga gruesa de Martín entrando y saliendo de mi concha mojada. Se quedó quieta, casi sin respirar, mirando con los ojos bien abiertos.

Sabía que a Martín le gustaba mi hermana en cierta manera. Siempre decía que Eliana era una versión más adulta de mí, más voluptuosa, más tetona, más gordita, pero con esa inocencia que yo ya no tenía. Y era cierto. Eliana tenía un cuerpo más relleno, con tetas más grandes y pesadas, culo más grande y jugoso, todo más abundante por haber tenido dos hijas. Y solo había estado con un hombre en su vida. Yo sabía que eso lo excitaba, y que éramos muy parecidas, pero ella era más "prohibida".

Yo no dije nada en el momento. Dejé que Martín me cogiera un poco más, sintiendo su verga gruesa entrando y saliendo de mi concha mientras Eliana miraba. Después me salí de su verga, me arrodillé frente a él y empecé a chupársela. Me aseguré de que Eliana viera cada detalle. Le chupé los huevos pesados, lamiéndolos uno por uno, lamí toda la verga desde abajo, subiendo despacio por la vena gruesa, me la metí profundo en la boca, babeándola toda, haciendo ruidos húmedos y sucios. La saqué y me pegué con ella en la cara varias veces, pesada, caliente y brillante. Después la apoyé en mi mejilla y en mi frente, demostrando lo grande que era comparada con mi cara. Se la chupé con ganas, metiéndomela hasta la garganta, babeándola entera.

Después me levanté despacio, frotando mi cuerpo contra el suyo, mis tetas pesadas rozando su verga dura y caliente, dejando que sintiera mis pezones duros contra su piel. Seguí pajeándolo despacio, bien a la vista, moviendo la mano con ritmo, haciendo que la verga se viera grande, gruesa y brillante de saliva. Me acerqué a su oído y le dije bajito, casi en un susurro caliente y pervertido:

—Eliana nos está espiando… démosle un show.

Eso lo prendió fuego. Sus ojos se oscurecieron de excitación. Me puso de nuevo en cuatro sobre la cama y me cogió duro y salvaje. Sus embestidas eran fuertes y profundas, la verga entraba hasta el fondo, los huevos golpeaban contra mi clítoris hinchado con cada golpe. Mis tetas rebotaban pesadas y libres, yo gemía alto, efusiva, diciéndole entre gemidos lo grande y lo rica que se sentía, lo profundo que me llegaba, lo mucho que me gustaba que me cogiera así. El sonido mojado y obsceno de su pelvis chocando contra mi culo llenaba toda la habitación. Martín estaba hecho un animal salvaje, a veces se arrodillaba a comerme la concha y el culo con la lengua, chupando todo, y después seguía cogiéndome en cuatro con su dedo gordo metido en mi ano, follándome los dos agujeros al mismo tiempo.

Yo estaba muy excitada, muy caliente. Saber que Eliana nos estaba espiando me ponía a mil, y saber que Martín estaba todavía más excitado porque sabía que mi hermana nos miraba era un combo perfecto y prohibido. Quise darle el mejor show posible. Hice que Martín se acostara boca arriba en la cama, con las piernas apuntando hacia la puerta. Me paré sobre la cama dándole la espalda a él, bien de frente a la puerta entreabierta, y bajé despacio hasta meter su verga gruesa en mi conchita mojada y abierta. Solté un fuerte gemido de placer por lo profundo que me llegaba. Empecé a cabalgarlo con todas mis ganas, moviendo el culo en círculos y subiendo y bajando fuerte, haciendo que mis tetas rebotaran y que Eliana pudiera ver cada detalle con mucha luz: mi concha abierta tragándose esa verga, mis jugos chorreando por la verga de Martín, mi culo moviéndose.

Martín se corrió adentro mío con un gruñido ronco. Sentí los chorros calientes y fuertes llenándome la concha, su verga latiendo e hinchándose adentro, lo que me hizo tener mi propio orgasmo intenso, temblando encima de él, apretando la concha alrededor de su verga. Me levanté despacio. El semen espeso y blanco empezó a brotar de mi concha, cayendo en hilos gruesos y largos sobre la verga todavía dura de Martín. Era imposible no verlo.

Me arrodillé de nuevo frente a él, todavía con las piernas temblorosas, y le chupé la pija con devoción. Limpié toda la leche con la lengua, lamiendo cada gota espesa que quedaba en la verga todavía dura, grande y brillante de nuestros jugos. Me la metí en la boca, subiendo y bajando, chupando fuerte, lamiendo cada centímetro, saboreando el sabor mezclado de mi concha y su semen. Mi concha seguía chorreando leche, sentía cómo me bajaba por los muslos, caliente y pegajosa, mientras seguía mamándosela con ganas.

Ahí Eliana soltó un gemido ahogado, contenido pero claro, claramente por tanta excitación mientras nos miraba. Su respiración era fuerte y entrecortada, se notaba que estaba muy caliente. Yo podía sentirla, incluso la veía de reojo, con las tetas subiendo y bajando rápido, la mano probablemente entre las piernas.

Se quedó unos segundos más, como si no pudiera moverse, y después cerró la puerta suavemente, casi sin hacer ruido.

Martín y yo nos abrazamos con una sonrisa cómplice, sudados, agitados y satisfechos, todavía con el corazón latiendo fuerte por todo lo que acababa de pasar.

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u/sofia-maulet — 5 days ago

La hermana mayor

Esa tarde Martín y yo estábamos solos en casa. Llevábamos poco tiempo de novios y yo todavía vivía con mi mamá y mi hermano en la casa familiar. Mis hermanas ya vivían con sus parejas, pero iban seguido y tenían llave, así que nunca se sabía cuándo podía aparecer alguien. Pero en ese momento estábamos completamente solos. Empezamos besándonos con ganas en el living, metiendo lengua, agarrándonos con hambre, y terminamos en la habitación. La luz estaba encendida porque a él le gustaba verme bien, verme toda mientras me cogía. Me tenía en cuatro sobre la cama, cogiéndome con fuerza, agarrándome fuerte de las caderas. Su verga gruesa entraba y salía de mi concha mojada, haciendo ese ruido mojado y obsceno de piel contra piel, el sonido de mi concha chorreando cada vez que me la metía hasta el fondo. Mis tetas rebotaban pesadas y libres con cada embestida fuerte, los huevos de Martín golpeaban contra mi clítoris hinchado. Yo gemía sin contenerme, casi gritando de placer, la cara hundida en la almohada.

De repente escuchamos el ruido de la puerta de entrada abriéndose. Sabíamos que mí hermana mayor, Eliana, venía de visita, pero se había adelantado y llegó antes de lo previsto. Yo me tensé al instante, el corazón me dio un salto, y le susurré a Martín, agitada y nerviosa:

—Martín… llegó Eliana… deberíamos parar…

Pero él no quiso. Me agarró más fuerte de las caderas con sus manos grandes, clavándome los dedos en la carne, y siguió follándome sin piedad, metiéndomela más profundo y más rápido, como si quisiera que yo no pudiera quedarme callada, como si quisiera obligarme a gemir alto, a correrme sin control, apurando los orgasmos inevitables que sabía que estaban por venir.

Unos minutos después, mientras él me tenía bien agarrada de las caderas y me cogía duro, sentí un ruido leve y noté de reojo que la puerta de la habitación estaba entreabierta. Ahí estaba Eliana, espiando desde la oscuridad del pasillo. La luz fuerte de la habitación iluminaba todo para ella: mi cuerpo desnudo en cuatro, mis tetas rebotando con cada embestida, mi cara de placer, y la verga gruesa de Martín entrando y saliendo de mi concha mojada. Se quedó quieta, casi sin respirar, mirando con los ojos bien abiertos.

Sabía que a Martín le gustaba mi hermana en cierta manera. Siempre decía que Eliana era una versión más adulta de mí, más voluptuosa, más tetona, más gordita, pero con esa inocencia que yo ya no tenía. Y era cierto. Eliana tenía un cuerpo más relleno, con tetas más grandes y pesadas, culo más grande y jugoso, todo más abundante por haber tenido dos hijas. Y solo había estado con un hombre en su vida. Yo sabía que eso lo excitaba, y que éramos muy parecidas, pero ella era más "prohibida".

Yo no dije nada en el momento. Dejé que Martín me cogiera un poco más, sintiendo su verga gruesa entrando y saliendo de mi concha mientras Eliana miraba. Después me salí de su verga, me arrodillé frente a él y empecé a chupársela. Me aseguré de que Eliana viera cada detalle. Le chupé los huevos pesados, lamiéndolos uno por uno, lamí toda la verga desde abajo, subiendo despacio por la vena gruesa, me la metí profundo en la boca, babeándola toda, haciendo ruidos húmedos y sucios. La saqué y me pegué con ella en la cara varias veces, pesada, caliente y brillante. Después la apoyé en mi mejilla y en mi frente, demostrando lo grande que era comparada con mi cara. Se la chupé con ganas, metiéndomela hasta la garganta, babeándola entera.

Después me levanté despacio, frotando mi cuerpo contra el suyo, mis tetas pesadas rozando su verga dura y caliente, dejando que sintiera mis pezones duros contra su piel. Seguí pajeándolo despacio, bien a la vista, moviendo la mano con ritmo, haciendo que la verga se viera grande, gruesa y brillante de saliva. Me acerqué a su oído y le dije bajito, casi en un susurro caliente y pervertido:

—Eliana nos está espiando… démosle un show.

Eso lo prendió fuego. Sus ojos se oscurecieron de excitación. Me puso de nuevo en cuatro sobre la cama y me cogió duro y salvaje. Sus embestidas eran fuertes y profundas, la verga entraba hasta el fondo, los huevos golpeaban contra mi clítoris hinchado con cada golpe. Mis tetas rebotaban pesadas y libres, yo gemía alto, efusiva, diciéndole entre gemidos lo grande y lo rica que se sentía, lo profundo que me llegaba, lo mucho que me gustaba que me cogiera así. El sonido mojado y obsceno de su pelvis chocando contra mi culo llenaba toda la habitación. Martín estaba hecho un animal salvaje, a veces se arrodillaba a comerme la concha y el culo con la lengua, chupando todo, y después seguía cogiéndome en cuatro con su dedo gordo metido en mi ano, follándome los dos agujeros al mismo tiempo.

Yo estaba muy excitada, muy caliente. Saber que Eliana nos estaba espiando me ponía a mil, y saber que Martín estaba todavía más excitado porque sabía que mi hermana nos miraba era un combo perfecto y prohibido. Quise darle el mejor show posible. Hice que Martín se acostara boca arriba en la cama, con las piernas apuntando hacia la puerta. Me paré sobre la cama dándole la espalda a él, bien de frente a la puerta entreabierta, y bajé despacio hasta meter su verga gruesa en mi conchita mojada y abierta. Solté un fuerte gemido de placer por lo profundo que me llegaba. Empecé a cabalgarlo con todas mis ganas, moviendo el culo en círculos y subiendo y bajando fuerte, haciendo que mis tetas rebotaran y que Eliana pudiera ver cada detalle con mucha luz: mi concha abierta tragándose esa verga, mis jugos chorreando por la verga de Martín, mi culo moviéndose.

Martín se corrió adentro mío con un gruñido ronco. Sentí los chorros calientes y fuertes llenándome la concha, su verga latiendo e hinchándose adentro, lo que me hizo tener mi propio orgasmo intenso, temblando encima de él, apretando la concha alrededor de su verga. Me levanté despacio. El semen espeso y blanco empezó a brotar de mi concha, cayendo en hilos gruesos y largos sobre la verga todavía dura de Martín. Era imposible no verlo.

Me arrodillé de nuevo frente a él, todavía con las piernas temblorosas, y le chupé la pija con devoción. Limpié toda la leche con la lengua, lamiendo cada gota espesa que quedaba en la verga todavía dura, grande y brillante de nuestros jugos. Me la metí en la boca, subiendo y bajando, chupando fuerte, lamiendo cada centímetro, saboreando el sabor mezclado de mi concha y su semen. Mi concha seguía chorreando leche, sentía cómo me bajaba por los muslos, caliente y pegajosa, mientras seguía mamándosela con ganas.

Ahí Eliana soltó un gemido ahogado, contenido pero claro, claramente por tanta excitación mientras nos miraba. Su respiración era fuerte y entrecortada, se notaba que estaba muy caliente. Yo podía sentirla, incluso la veía de reojo, con las tetas subiendo y bajando rápido, la mano probablemente entre las piernas.

Se quedó unos segundos más, como si no pudiera moverse, y después cerró la puerta suavemente, casi sin hacer ruido.

Martín y yo nos abrazamos con una sonrisa cómplice, sudados, agitados y satisfechos, todavía con el corazón latiendo fuerte por todo lo que acababa de pasar.

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u/sofia-maulet — 5 days ago

La hermana mayor

Esa tarde Martín y yo estábamos solos en casa. Llevábamos poco tiempo de novios y yo todavía vivía con mi mamá y mi hermano en la casa familiar. Mis hermanas ya vivían con sus parejas, pero iban seguido y tenían llave, así que nunca se sabía cuándo podía aparecer alguien. Pero en ese momento estábamos completamente solos. Empezamos besándonos con ganas en el living, metiendo lengua, agarrándonos con hambre, y terminamos en la habitación. La luz estaba encendida porque a él le gustaba verme bien, verme toda mientras me cogía. Me tenía en cuatro sobre la cama, cogiéndome con fuerza, agarrándome fuerte de las caderas. Su verga gruesa entraba y salía de mi concha mojada, haciendo ese ruido mojado y obsceno de piel contra piel, el sonido de mi concha chorreando cada vez que me la metía hasta el fondo. Mis tetas rebotaban pesadas y libres con cada embestida fuerte, los huevos de Martín golpeaban contra mi clítoris hinchado. Yo gemía sin contenerme, casi gritando de placer, la cara hundida en la almohada.

De repente escuchamos el ruido de la puerta de entrada abriéndose. Sabíamos que mí hermana mayor, Eliana, venía de visita, pero se había adelantado y llegó antes de lo previsto. Yo me tensé al instante, el corazón me dio un salto, y le susurré a Martín, agitada y nerviosa:

—Martín… llegó Eliana… deberíamos parar…

Pero él no quiso. Me agarró más fuerte de las caderas con sus manos grandes, clavándome los dedos en la carne, y siguió follándome sin piedad, metiéndomela más profundo y más rápido, como si quisiera que yo no pudiera quedarme callada, como si quisiera obligarme a gemir alto, a correrme sin control, apurando los orgasmos inevitables que sabía que estaban por venir.

Unos minutos después, mientras él me tenía bien agarrada de las caderas y me cogía duro, sentí un ruido leve y noté de reojo que la puerta de la habitación estaba entreabierta. Ahí estaba Eliana, espiando desde la oscuridad del pasillo. La luz fuerte de la habitación iluminaba todo para ella: mi cuerpo desnudo en cuatro, mis tetas rebotando con cada embestida, mi cara de placer, y la verga gruesa de Martín entrando y saliendo de mi concha mojada. Se quedó quieta, casi sin respirar, mirando con los ojos bien abiertos.

Sabía que a Martín le gustaba mi hermana en cierta manera. Siempre decía que Eliana era una versión más adulta de mí, más voluptuosa, más tetona, más gordita, pero con esa inocencia que yo ya no tenía. Y era cierto. Eliana tenía un cuerpo más relleno, con tetas más grandes y pesadas, culo más grande y jugoso, todo más abundante por haber tenido dos hijas. Y solo había estado con un hombre en su vida. Yo sabía que eso lo excitaba, y que éramos muy parecidas, pero ella era más "prohibida".

Yo no dije nada en el momento. Dejé que Martín me cogiera un poco más, sintiendo su verga gruesa entrando y saliendo de mi concha mientras Eliana miraba. Después me salí de su verga, me arrodillé frente a él y empecé a chupársela. Me aseguré de que Eliana viera cada detalle. Le chupé los huevos pesados, lamiéndolos uno por uno, lamí toda la verga desde abajo, subiendo despacio por la vena gruesa, me la metí profundo en la boca, babeándola toda, haciendo ruidos húmedos y sucios. La saqué y me pegué con ella en la cara varias veces, pesada, caliente y brillante. Después la apoyé en mi mejilla y en mi frente, demostrando lo grande que era comparada con mi cara. Se la chupé con ganas, metiéndomela hasta la garganta, babeándola entera.

Después me levanté despacio, frotando mi cuerpo contra el suyo, mis tetas pesadas rozando su verga dura y caliente, dejando que sintiera mis pezones duros contra su piel. Seguí pajeándolo despacio, bien a la vista, moviendo la mano con ritmo, haciendo que la verga se viera grande, gruesa y brillante de saliva. Me acerqué a su oído y le dije bajito, casi en un susurro caliente y pervertido:

—Eliana nos está espiando… démosle un show.

Eso lo prendió fuego. Sus ojos se oscurecieron de excitación. Me puso de nuevo en cuatro sobre la cama y me cogió duro y salvaje. Sus embestidas eran fuertes y profundas, la verga entraba hasta el fondo, los huevos golpeaban contra mi clítoris hinchado con cada golpe. Mis tetas rebotaban pesadas y libres, yo gemía alto, efusiva, diciéndole entre gemidos lo grande y lo rica que se sentía, lo profundo que me llegaba, lo mucho que me gustaba que me cogiera así. El sonido mojado y obsceno de su pelvis chocando contra mi culo llenaba toda la habitación. Martín estaba hecho un animal salvaje, a veces se arrodillaba a comerme la concha y el culo con la lengua, chupando todo, y después seguía cogiéndome en cuatro con su dedo gordo metido en mi ano, follándome los dos agujeros al mismo tiempo.

Yo estaba muy excitada, muy caliente. Saber que Eliana nos estaba espiando me ponía a mil, y saber que Martín estaba todavía más excitado porque sabía que mi hermana nos miraba era un combo perfecto y prohibido. Quise darle el mejor show posible. Hice que Martín se acostara boca arriba en la cama, con las piernas apuntando hacia la puerta. Me paré sobre la cama dándole la espalda a él, bien de frente a la puerta entreabierta, y bajé despacio hasta meter su verga gruesa en mi conchita mojada y abierta. Solté un fuerte gemido de placer por lo profundo que me llegaba. Empecé a cabalgarlo con todas mis ganas, moviendo el culo en círculos y subiendo y bajando fuerte, haciendo que mis tetas rebotaran y que Eliana pudiera ver cada detalle con mucha luz: mi concha abierta tragándose esa verga, mis jugos chorreando por la verga de Martín, mi culo moviéndose.

Martín se corrió adentro mío con un gruñido ronco. Sentí los chorros calientes y fuertes llenándome la concha, su verga latiendo e hinchándose adentro, lo que me hizo tener mi propio orgasmo intenso, temblando encima de él, apretando la concha alrededor de su verga. Me levanté despacio. El semen espeso y blanco empezó a brotar de mi concha, cayendo en hilos gruesos y largos sobre la verga todavía dura de Martín. Era imposible no verlo.

Me arrodillé de nuevo frente a él, todavía con las piernas temblorosas, y le chupé la pija con devoción. Limpié toda la leche con la lengua, lamiendo cada gota espesa que quedaba en la verga todavía dura, grande y brillante de nuestros jugos. Me la metí en la boca, subiendo y bajando, chupando fuerte, lamiendo cada centímetro, saboreando el sabor mezclado de mi concha y su semen. Mi concha seguía chorreando leche, sentía cómo me bajaba por los muslos, caliente y pegajosa, mientras seguía mamándosela con ganas.

Ahí Eliana soltó un gemido ahogado, contenido pero claro, claramente por tanta excitación mientras nos miraba. Su respiración era fuerte y entrecortada, se notaba que estaba muy caliente. Yo podía sentirla, incluso la veía de reojo, con las tetas subiendo y bajando rápido, la mano probablemente entre las piernas.

Se quedó unos segundos más, como si no pudiera moverse, y después cerró la puerta suavemente, casi sin hacer ruido.

Martín y yo nos abrazamos con una sonrisa cómplice, sudados, agitados y satisfechos, todavía con el corazón latiendo fuerte por todo lo que acababa de pasar.

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u/sofia-maulet — 5 days ago

La hermana mayor

Esa tarde Martín y yo estábamos solos en casa. Llevábamos poco tiempo de novios y yo todavía vivía con mi mamá y mi hermano en la casa familiar. Mis hermanas ya vivían con sus parejas, pero iban seguido y tenían llave, así que nunca se sabía cuándo podía aparecer alguien. Pero en ese momento estábamos completamente solos. Empezamos besándonos con ganas en el living, metiendo lengua, agarrándonos con hambre, y terminamos en la habitación. La luz estaba encendida porque a él le gustaba verme bien, verme toda mientras me cogía. Me tenía en cuatro sobre la cama, cogiéndome con fuerza, agarrándome fuerte de las caderas. Su verga gruesa entraba y salía de mi concha mojada, haciendo ese ruido mojado y obsceno de piel contra piel, el sonido de mi concha chorreando cada vez que me la metía hasta el fondo. Mis tetas rebotaban pesadas y libres con cada embestida fuerte, los huevos de Martín golpeaban contra mi clítoris hinchado. Yo gemía sin contenerme, casi gritando de placer, la cara hundida en la almohada.

De repente escuchamos el ruido de la puerta de entrada abriéndose. Sabíamos que mí hermana mayor, Eliana, venía de visita, pero se había adelantado y llegó antes de lo previsto. Yo me tensé al instante, el corazón me dio un salto, y le susurré a Martín, agitada y nerviosa:

—Martín… llegó Eliana… deberíamos parar…

Pero él no quiso. Me agarró más fuerte de las caderas con sus manos grandes, clavándome los dedos en la carne, y siguió follándome sin piedad, metiéndomela más profundo y más rápido, como si quisiera que yo no pudiera quedarme callada, como si quisiera obligarme a gemir alto, a correrme sin control, apurando los orgasmos inevitables que sabía que estaban por venir.

Unos minutos después, mientras él me tenía bien agarrada de las caderas y me cogía duro, sentí un ruido leve y noté de reojo que la puerta de la habitación estaba entreabierta. Ahí estaba Eliana, espiando desde la oscuridad del pasillo. La luz fuerte de la habitación iluminaba todo para ella: mi cuerpo desnudo en cuatro, mis tetas rebotando con cada embestida, mi cara de placer, y la verga gruesa de Martín entrando y saliendo de mi concha mojada. Se quedó quieta, casi sin respirar, mirando con los ojos bien abiertos.

Sabía que a Martín le gustaba mi hermana en cierta manera. Siempre decía que Eliana era una versión más adulta de mí, más voluptuosa, más tetona, más gordita, pero con esa inocencia que yo ya no tenía. Y era cierto. Eliana tenía un cuerpo más relleno, con tetas más grandes y pesadas, culo más grande y jugoso, todo más abundante por haber tenido dos hijas. Y solo había estado con un hombre en su vida. Yo sabía que eso lo excitaba, y que éramos muy parecidas, pero ella era más "prohibida".

Yo no dije nada en el momento. Dejé que Martín me cogiera un poco más, sintiendo su verga gruesa entrando y saliendo de mi concha mientras Eliana miraba. Después me salí de su verga, me arrodillé frente a él y empecé a chupársela. Me aseguré de que Eliana viera cada detalle. Le chupé los huevos pesados, lamiéndolos uno por uno, lamí toda la verga desde abajo, subiendo despacio por la vena gruesa, me la metí profundo en la boca, babeándola toda, haciendo ruidos húmedos y sucios. La saqué y me pegué con ella en la cara varias veces, pesada, caliente y brillante. Después la apoyé en mi mejilla y en mi frente, demostrando lo grande que era comparada con mi cara. Se la chupé con ganas, metiéndomela hasta la garganta, babeándola entera.

Después me levanté despacio, frotando mi cuerpo contra el suyo, mis tetas pesadas rozando su verga dura y caliente, dejando que sintiera mis pezones duros contra su piel. Seguí pajeándolo despacio, bien a la vista, moviendo la mano con ritmo, haciendo que la verga se viera grande, gruesa y brillante de saliva. Me acerqué a su oído y le dije bajito, casi en un susurro caliente y pervertido:

—Eliana nos está espiando… démosle un show.

Eso lo prendió fuego. Sus ojos se oscurecieron de excitación. Me puso de nuevo en cuatro sobre la cama y me cogió duro y salvaje. Sus embestidas eran fuertes y profundas, la verga entraba hasta el fondo, los huevos golpeaban contra mi clítoris hinchado con cada golpe. Mis tetas rebotaban pesadas y libres, yo gemía alto, efusiva, diciéndole entre gemidos lo grande y lo rica que se sentía, lo profundo que me llegaba, lo mucho que me gustaba que me cogiera así. El sonido mojado y obsceno de su pelvis chocando contra mi culo llenaba toda la habitación. Martín estaba hecho un animal salvaje, a veces se arrodillaba a comerme la concha y el culo con la lengua, chupando todo, y después seguía cogiéndome en cuatro con su dedo gordo metido en mi ano, follándome los dos agujeros al mismo tiempo.

Yo estaba muy excitada, muy caliente. Saber que Eliana nos estaba espiando me ponía a mil, y saber que Martín estaba todavía más excitado porque sabía que mi hermana nos miraba era un combo perfecto y prohibido. Quise darle el mejor show posible. Hice que Martín se acostara boca arriba en la cama, con las piernas apuntando hacia la puerta. Me paré sobre la cama dándole la espalda a él, bien de frente a la puerta entreabierta, y bajé despacio hasta meter su verga gruesa en mi conchita mojada y abierta. Solté un fuerte gemido de placer por lo profundo que me llegaba. Empecé a cabalgarlo con todas mis ganas, moviendo el culo en círculos y subiendo y bajando fuerte, haciendo que mis tetas rebotaran y que Eliana pudiera ver cada detalle con mucha luz: mi concha abierta tragándose esa verga, mis jugos chorreando por la verga de Martín, mi culo moviéndose.

Martín se corrió adentro mío con un gruñido ronco. Sentí los chorros calientes y fuertes llenándome la concha, su verga latiendo e hinchándose adentro, lo que me hizo tener mi propio orgasmo intenso, temblando encima de él, apretando la concha alrededor de su verga. Me levanté despacio. El semen espeso y blanco empezó a brotar de mi concha, cayendo en hilos gruesos y largos sobre la verga todavía dura de Martín. Era imposible no verlo.

Me arrodillé de nuevo frente a él, todavía con las piernas temblorosas, y le chupé la pija con devoción. Limpié toda la leche con la lengua, lamiendo cada gota espesa que quedaba en la verga todavía dura, grande y brillante de nuestros jugos. Me la metí en la boca, subiendo y bajando, chupando fuerte, lamiendo cada centímetro, saboreando el sabor mezclado de mi concha y su semen. Mi concha seguía chorreando leche, sentía cómo me bajaba por los muslos, caliente y pegajosa, mientras seguía mamándosela con ganas.

Ahí Eliana soltó un gemido ahogado, contenido pero claro, claramente por tanta excitación mientras nos miraba. Su respiración era fuerte y entrecortada, se notaba que estaba muy caliente. Yo podía sentirla, incluso la veía de reojo, con las tetas subiendo y bajando rápido, la mano probablemente entre las piernas.

Se quedó unos segundos más, como si no pudiera moverse, y después cerró la puerta suavemente, casi sin hacer ruido.

Martín y yo nos abrazamos con una sonrisa cómplice, sudados, agitados y satisfechos, todavía con el corazón latiendo fuerte por todo lo que acababa de pasar.

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u/sofia-maulet — 5 days ago

Diego

Hay un papá de la escuela de mi hijo que siempre me llamó la atención. Se llama Diego. Es cocinero, tiene un emprendimiento de comidas para eventos. Desde el principio empezó a acercarse más de lo normal. Me saludaba con besos largos en la mejilla, abrazos que duraban un segundo de más, apretándome contra él para que sintiera mis tetas contra su pecho. Me miraba de más, me hacía elogios discretos sobre cómo me quedaba la ropa o lo bien que me veía. Yo me dejaba. Me gustaba sentir que me deseaba, aunque estuviera casado y tuviéramos hijos en la misma escuela.

En un acto escolar estaba apoyada en la baranda del primer piso, mirando hacia el escenario. De repente sentí a alguien atrás mío. Una verga gruesa, semi-dura, se apoyó claramente contra mi culo. Me di vuelta despacio y era él, Diego, haciéndose el distraído, mirando hacia el escenario como si nada. No me quejé. Al contrario, me acomodé mejor, empujando un poquito mi cola contra él. Sentí cómo se ponía más dura, más gruesa, presionando contra la tela de mi vestido. Nos quedamos así varios minutos. Él rozándose disimuladamente contra mi culo, yo fingiendo que solo estaba concentrada en el acto. Me mojé muchísimo. Sentía el calor de su verga a través de la ropa y mi concha palpitando.

Días después, como yo había recomendado su servicio para un evento de mi hermana, se ofreció a llevar las cosas a casa una siesta. Acepté. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

Cuando tocó el timbre, salí a recibirlo con un vestido gris cortito, escotado y ajustado que me marcaba todo. No llevaba nada debajo. Los pezones se me notaban clarito, duros contra la tela. Apenas me vio, no pudo disimular. Sus ojos bajaron directo a mis tetas, después recorrieron mis piernas. Se le trabó la voz cuando empezó a hablarme de las cajas.

—Pasá, dejá las cosas adentro —le dije con una sonrisa inocente.

Él entró con las cajas. Yo me agachaba a ayudarlo, sabiendo que desde atrás se me veía todo: el culo, la concha, todo. Me tomaba mi tiempo en cada movimiento. Él no dejaba de mirar. Se le marcaba un bulto grande y evidente en el pantalón. Cuando terminamos de acomodar todo, me acerqué a agradecerle. Nos dimos un abrazo. Sentí su verga dura y caliente apoyada contra mi pierna. Se quedó unos segundos más de lo normal, respirando agitado, mirándome las tetas. Seguimos charlando de cualquier cosa, haciendo tiempo, los dos sabiendo lo que estaba pasando.

Me excitó muchísimo provocarlo. Sabía que estaba casado, que tenía hijos en la misma escuela, y eso hacía todo más sucio y rico. No pasó nada más ese día… pero los dos nos fuimos con una tensión fuerte y evidente en el aire.

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u/sofia-maulet — 12 days ago

Diego

Hay un papá de la escuela de mi hijo que siempre me llamó la atención. Se llama Diego. Es cocinero, tiene un emprendimiento de comidas para eventos. Desde el principio empezó a acercarse más de lo normal. Me saludaba con besos largos en la mejilla, abrazos que duraban un segundo de más, apretándome contra él para que sintiera mis tetas contra su pecho. Me miraba de más, me hacía elogios discretos sobre cómo me quedaba la ropa o lo bien que me veía. Yo me dejaba. Me gustaba sentir que me deseaba, aunque estuviera casado y tuviéramos hijos en la misma escuela.

En un acto escolar estaba apoyada en la baranda del primer piso, mirando hacia el escenario. De repente sentí a alguien atrás mío. Una verga gruesa, semi-dura, se apoyó claramente contra mi culo. Me di vuelta despacio y era él, Diego, haciéndose el distraído, mirando hacia el escenario como si nada. No me quejé. Al contrario, me acomodé mejor, empujando un poquito mi cola contra él. Sentí cómo se ponía más dura, más gruesa, presionando contra la tela de mi vestido. Nos quedamos así varios minutos. Él rozándose disimuladamente contra mi culo, yo fingiendo que solo estaba concentrada en el acto. Me mojé muchísimo. Sentía el calor de su verga a través de la ropa y mi concha palpitando.

Días después, como yo había recomendado su servicio para un evento de mi hermana, se ofreció a llevar las cosas a casa una siesta. Acepté. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

Cuando tocó el timbre, salí a recibirlo con un vestido gris cortito, escotado y ajustado que me marcaba todo. No llevaba nada debajo. Los pezones se me notaban clarito, duros contra la tela. Apenas me vio, no pudo disimular. Sus ojos bajaron directo a mis tetas, después recorrieron mis piernas. Se le trabó la voz cuando empezó a hablarme de las cajas.

—Pasá, dejá las cosas adentro —le dije con una sonrisa inocente.

Él entró con las cajas. Yo me agachaba a ayudarlo, sabiendo que desde atrás se me veía todo: el culo, la concha, todo. Me tomaba mi tiempo en cada movimiento. Él no dejaba de mirar. Se le marcaba un bulto grande y evidente en el pantalón. Cuando terminamos de acomodar todo, me acerqué a agradecerle. Nos dimos un abrazo. Sentí su verga dura y caliente apoyada contra mi pierna. Se quedó unos segundos más de lo normal, respirando agitado, mirándome las tetas. Seguimos charlando de cualquier cosa, haciendo tiempo, los dos sabiendo lo que estaba pasando.

Me excitó muchísimo provocarlo. Sabía que estaba casado, que tenía hijos en la misma escuela, y eso hacía todo más sucio y rico. No pasó nada más ese día… pero los dos nos fuimos con una tensión fuerte y evidente en el aire.

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u/sofia-maulet — 12 days ago

La primera vez

Esa noche habíamos quedado en vernos y terminamos en uno de los telos que solíamos usar. Federico siempre reservaba uno con jacuzzi o un poco más cómodo. Apenas cerramos la puerta, me besó despacio contra la pared, con esa forma tranquila que tenía él. Me sacó la remera, me desabrochó el corpiño y me bajó el jean junto con la tanga. Me dejó completamente desnuda. Yo estaba nerviosa y excitada al mismo tiempo.

Me llevó a la cama y me tiró suavemente. Se arrodilló entre mis piernas y empezó a comerme la concha con calma. Me lamía despacio, de abajo hacia arriba, chupándome el clítoris con suavidad, metiendo la lengua adentro. Me hacía gemir bajito, agarrándole el pelo. Después bajó más. Me abrió las nalgas con las manos y me empezó a comer el culo. Me pasaba la lengua alrededor, presionando, metiéndola un poquito. Eso siempre me daba mucha vergüenza, pero con él me dejaba llevar. Sentía la lengua caliente y mojada, el roce de su barba. Me estaba poniendo cada vez más mojada.

Después de un rato largo, se incorporó y agarró el frasco de lubricante que había llevado. Me miró a los ojos y me preguntó bajito si estaba segura. Yo le dije que sí, aunque tenía el corazón a mil. Me puso un almohadón debajo de la cadera y me pidió que me relajara. Me puso bastante lubricante frío en el ano y empezó a meterme un dedo despacio, girándolo. Era raro, incómodo, pero no dolía. Después metió dos dedos, abriéndome con cuidado, yendo y viniendo lento. Yo respiraba agitada, agarrando las sábanas.

Cuando sintió que estaba más relajada, se puso lubricante en la verga y se acomodó atrás mío. Me abrió las nalgas y apoyó la punta contra mi ano. Empujó despacio. Sentí presión, mucho. Gemí fuerte y apreté las sábanas. Dolía. Era una sensación de ardor y estiramiento fuerte. Él se quedó quieto, solo con la cabeza adentro, acariciándome la espalda y la concha al mismo tiempo.

—Relajate… respirá —me dijo bajito.

Fueron varios minutos así. Él empujando muy de a poco, centímetro a centímetro, y yo respirando hondo, tratando de aflojar. Poco a poco el dolor se fue mezclando con una sensación rara, llena, profunda. Cuando ya la tenía casi toda adentro, se quedó quieto un rato largo, dejándome acostumbrar. Después empezó a moverse muy lento, entrando y saliendo con movimientos cortos.

El dolor fue bajando y empezó a sentirse… bien. Raro, pero bueno. Federico me tocaba el clítoris con los dedos mientras me cogía el culo despacio. Gemí más fuerte. La sensación era completamente distinta a la concha: más intensa, más prohibida. Empecé a empujar un poco hacia atrás, queriendo más. Él entendió y aumentó un poco el ritmo, todavía suave, pero más profundo.

Tuve mi primer orgasmo así, con su verga en el culo y sus dedos en la concha. Me temblaron las piernas, gemí contra la almohada, apretando todo. Federico siguió moviéndose un rato más, hasta que se corrió adentro mío, con gemidos bajos y agarrándome las caderas.

Después se salió despacio, me abrazó fuerte por atrás y me besó el cuello. Nos quedamos así un rato largo, sudados y respirando agitados. Yo todavía sentía el culo palpitando, lleno de su leche.

Con él siempre era así: paciente, atento… y yo me sentía cuidada, aunque estuviera haciendo algo tan sucio.

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u/sofia-maulet — 13 days ago

La primera vez

Esa noche habíamos quedado en vernos y terminamos en uno de los telos que solíamos usar. Federico siempre reservaba uno con jacuzzi o un poco más cómodo. Apenas cerramos la puerta, me besó despacio contra la pared, con esa forma tranquila que tenía él. Me sacó la remera, me desabrochó el corpiño y me bajó el jean junto con la tanga. Me dejó completamente desnuda. Yo estaba nerviosa y excitada al mismo tiempo.

Me llevó a la cama y me tiró suavemente. Se arrodilló entre mis piernas y empezó a comerme la concha con calma. Me lamía despacio, de abajo hacia arriba, chupándome el clítoris con suavidad, metiendo la lengua adentro. Me hacía gemir bajito, agarrándole el pelo. Después bajó más. Me abrió las nalgas con las manos y me empezó a comer el culo. Me pasaba la lengua alrededor, presionando, metiéndola un poquito. Eso siempre me daba mucha vergüenza, pero con él me dejaba llevar. Sentía la lengua caliente y mojada, el roce de su barba. Me estaba poniendo cada vez más mojada.

Después de un rato largo, se incorporó y agarró el frasco de lubricante que había llevado. Me miró a los ojos y me preguntó bajito si estaba segura. Yo le dije que sí, aunque tenía el corazón a mil. Me puso un almohadón debajo de la cadera y me pidió que me relajara. Me puso bastante lubricante frío en el ano y empezó a meterme un dedo despacio, girándolo. Era raro, incómodo, pero no dolía. Después metió dos dedos, abriéndome con cuidado, yendo y viniendo lento. Yo respiraba agitada, agarrando las sábanas.

Cuando sintió que estaba más relajada, se puso lubricante en la verga y se acomodó atrás mío. Me abrió las nalgas y apoyó la punta contra mi ano. Empujó despacio. Sentí presión, mucho. Gemí fuerte y apreté las sábanas. Dolía. Era una sensación de ardor y estiramiento fuerte. Él se quedó quieto, solo con la cabeza adentro, acariciándome la espalda y la concha al mismo tiempo.

—Relajate… respirá —me dijo bajito.

Fueron varios minutos así. Él empujando muy de a poco, centímetro a centímetro, y yo respirando hondo, tratando de aflojar. Poco a poco el dolor se fue mezclando con una sensación rara, llena, profunda. Cuando ya la tenía casi toda adentro, se quedó quieto un rato largo, dejándome acostumbrar. Después empezó a moverse muy lento, entrando y saliendo con movimientos cortos.

El dolor fue bajando y empezó a sentirse… bien. Raro, pero bueno. Federico me tocaba el clítoris con los dedos mientras me cogía el culo despacio. Gemí más fuerte. La sensación era completamente distinta a la concha: más intensa, más prohibida. Empecé a empujar un poco hacia atrás, queriendo más. Él entendió y aumentó un poco el ritmo, todavía suave, pero más profundo.

Tuve mi primer orgasmo así, con su verga en el culo y sus dedos en la concha. Me temblaron las piernas, gemí contra la almohada, apretando todo. Federico siguió moviéndose un rato más, hasta que se corrió adentro mío, con gemidos bajos y agarrándome las caderas.

Después se salió despacio, me abrazó fuerte por atrás y me besó el cuello. Nos quedamos así un rato largo, sudados y respirando agitados. Yo todavía sentía el culo palpitando, lleno de su leche.

Con él siempre era así: paciente, atento… y yo me sentía cuidada, aunque estuviera haciendo algo tan sucio.

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u/sofia-maulet — 13 days ago

En la habitación con Gabriel

Esa tarde estábamos solos en casa. Como siempre, empezamos tirados en la cama viendo tele. Gabriel me besaba con esa fuerza que me desarmaba, su lengua en mi boca, sus manos grandes metiéndose debajo de mi remera, apretándome las tetas con ganas, pellizcándome los pezones hasta ponérmelos duros y sensibles. Yo ya estaba empapada. Le bajé el pantalón, saqué su verga gruesa, caliente y venosa y me la metí en la boca. Se la chupé con hambre, lamiendo los huevos pesados y sudados, subiendo por toda la longitud gruesa, metiéndomela hasta la garganta, babeándola toda. Gabriel gemía bajito y me agarraba la cabeza, empujando un poco.

Después me puso en cuatro sobre la cama. Me abrió bien las piernas y me metió esa verga enorme de un solo empujón. Gemí fuerte, casi un quejido. Me llenaba toda, me estiraba la concha al límite, sentía cada vena rozando por dentro. Empezó a cogerme duro, con embestidas profundas y constantes. El sonido mojado y obsceno de su verga entrando y saliendo de mi concha empapada llenaba la habitación. La cama crujía fuerte con cada golpe. Mis tetas rebotaban pesadas y dolorosas. El sudor nos corría por la espalda, el pecho, las tetas. Mi culo chocaba contra su pelvis. Yo gemía cada vez más alto, sin poder contenerme, la cara hundida en la almohada.

La puerta estaba solo juntada, mal cerrada.

De repente se abrió.

Era mi hermano menor, Roberto. Se quedó parado ahí, mirando. Yo en cuatro, completamente desnuda, tetas rebotando con cada embestida fuerte, gimiendo sin control, y Gabriel atrás mío cogiéndome sin piedad, con su verga gruesa y larga entrando y saliendo de mi concha hinchada. Cuando lo vi, se me heló todo por dentro.

“Por Dios… mi hermano. Me está viendo así.” La vergüenza me quemó la cara, la culpa me apretó el estómago. Quería taparme, desaparecer. Intenté cubrirme las tetas con un brazo y salirme, pero Gabriel me agarró fuerte de las caderas con sus manos grandes y no me dejó mover. Siguió cogiéndome más duro, tirándome del pelo, haciendo que mis tetas rebotaran todavía más violentamente. El sonido mojado y sucio de su verga entrando y saliendo se escuchaba clarísimo. La cama crujía sin parar.

Roberto se quedó mirando varios segundos que parecieron una eternidad. Cara de shock total, pero no podía sacar los ojos. Respiraba agitado, el pecho subiendo y bajando rápido. Me vio toda: las tetas saltando, la cara roja de placer y vergüenza, la verga gruesa de Gabriel abriéndome la concha. Yo me sentía sucia, humillada… pero al mismo tiempo un morbo fuerte y prohibido me recorría el cuerpo entero. Mi concha se apretó más alrededor de la verga de Gabriel.

Gabriel no se enteró de nada. Siguió usándome como siempre, metiéndomela profundo, gruñendo. Cuando mi hermano finalmente cerró la puerta y se fue, sentí una ola de morbo tan intensa que me corrió un orgasmo brutal. La concha me apretó la verga con fuerza, palpitando, apretando, mientras todo mi cuerpo temblaba. Sentí un calor que me subía desde el vientre hasta la cara, las piernas me flaquearon, gemí fuerte contra la almohada, casi llorando de placer. La vergüenza seguía ahí, pero ese morbo sucio me terminó de desbordar.

Gabriel siguió como un animal. Me cogía más salvaje todavía, tirándome del pelo, dándome nalgadas que me ardían. La cama crujía fuerte, el sonido mojado y obsceno de su verga entrando y saliendo de mi concha llena era asqueroso y delicioso. Tuve otro orgasmo seguido, más largo, más profundo, apretando los dientes. Finalmente él gruñó ronco y se corrió adentro mío, llenándome la concha de leche caliente y abundante, chorros fuertes que sentía golpear dentro.

Nos quedamos jadeando, sudados, pegados. Yo todavía temblando por todo lo que había pasado.

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u/sofia-maulet — 13 days ago

En la habiación con Gabriel

Esa tarde estábamos solos en casa. Como siempre, empezamos tirados en la cama viendo tele. Gabriel me besaba con esa fuerza que me desarmaba, su lengua en mi boca, sus manos grandes metiéndose debajo de mi remera, apretándome las tetas con ganas, pellizcándome los pezones hasta ponérmelos duros y sensibles. Yo ya estaba empapada. Le bajé el pantalón, saqué su verga gruesa, caliente y venosa y me la metí en la boca. Se la chupé con hambre, lamiendo los huevos pesados y sudados, subiendo por toda la longitud gruesa, metiéndomela hasta la garganta, babeándola toda. Gabriel gemía bajito y me agarraba la cabeza, empujando un poco.

Después me puso en cuatro sobre la cama. Me abrió bien las piernas y me metió esa verga enorme de un solo empujón. Gemí fuerte, casi un quejido. Me llenaba toda, me estiraba la concha al límite, sentía cada vena rozando por dentro. Empezó a cogerme duro, con embestidas profundas y constantes. El sonido mojado y obsceno de su verga entrando y saliendo de mi concha empapada llenaba la habitación. La cama crujía fuerte con cada golpe. Mis tetas rebotaban pesadas y dolorosas. El sudor nos corría por la espalda, el pecho, las tetas. Mi culo chocaba contra su pelvis. Yo gemía cada vez más alto, sin poder contenerme, la cara hundida en la almohada.

La puerta estaba solo juntada, mal cerrada.

De repente se abrió.

Era mi hermano menor, Roberto. Se quedó parado ahí, mirando. Yo en cuatro, completamente desnuda, tetas rebotando con cada embestida fuerte, gimiendo sin control, y Gabriel atrás mío cogiéndome sin piedad, con su verga gruesa y larga entrando y saliendo de mi concha hinchada. Cuando lo vi, se me heló todo por dentro.

“Por Dios… mi hermano. Me está viendo así.” La vergüenza me quemó la cara, la culpa me apretó el estómago. Quería taparme, desaparecer. Intenté cubrirme las tetas con un brazo y salirme, pero Gabriel me agarró fuerte de las caderas con sus manos grandes y no me dejó mover. Siguió cogiéndome más duro, tirándome del pelo, haciendo que mis tetas rebotaran todavía más violentamente. El sonido mojado y sucio de su verga entrando y saliendo se escuchaba clarísimo. La cama crujía sin parar.

Roberto se quedó mirando varios segundos que parecieron una eternidad. Cara de shock total, pero no podía sacar los ojos. Respiraba agitado, el pecho subiendo y bajando rápido. Me vio toda: las tetas saltando, la cara roja de placer y vergüenza, la verga gruesa de Gabriel abriéndome la concha. Yo me sentía sucia, humillada… pero al mismo tiempo un morbo fuerte y prohibido me recorría el cuerpo entero. Mi concha se apretó más alrededor de la verga de Gabriel.

Gabriel no se enteró de nada. Siguió usándome como siempre, metiéndomela profundo, gruñendo. Cuando mi hermano finalmente cerró la puerta y se fue, sentí una ola de morbo tan intensa que me corrió un orgasmo brutal. La concha me apretó la verga con fuerza, palpitando, apretando, mientras todo mi cuerpo temblaba. Sentí un calor que me subía desde el vientre hasta la cara, las piernas me flaquearon, gemí fuerte contra la almohada, casi llorando de placer. La vergüenza seguía ahí, pero ese morbo sucio me terminó de desbordar.

Gabriel siguió como un animal. Me cogía más salvaje todavía, tirándome del pelo, dándome nalgadas que me ardían. La cama crujía fuerte, el sonido mojado y obsceno de su verga entrando y saliendo de mi concha llena era asqueroso y delicioso. Tuve otro orgasmo seguido, más largo, más profundo, apretando los dientes. Finalmente él gruñó ronco y se corrió adentro mío, llenándome la concha de leche caliente y abundante, chorros fuertes que sentía golpear dentro.

Nos quedamos jadeando, sudados, pegados. Yo todavía temblando por todo lo que había pasado.

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u/sofia-maulet — 13 days ago

En la ruta

Éramos jóvenes, él unos años mayor. Llevábamos varios años juntos y ya nos conocíamos muy bien en la cama. Gabriel siempre tenía intenciones y casi siempre conseguía lo que quería. Yo era bastante sumisa con él; me gustaba que tomara el control, aunque a veces lo hacía a la fuerza y yo me dejaba gustosa.

Era una tarde-noche de verano, todavía con mucho calor. Gabriel tenía que recorrer los senderos de la finca y parte de la ruta para revisar todo. Me invitó a acompañarlo y subimos a su camioneta Toyota vieja, esa con un solo asiento largo adelante. Él iba con su jean gastado y camisa de trabajo. Yo me puse ropa cómoda.

Arrancamos por los caminos de tierra. Al rato sentí su mano grande y pesada apoyándose en mi muslo con toda la intención. No era una caricia inocente. Me apretaba, subía cada vez más, rozando cerca de mi concha. Me estaba calentando a propósito y lo estaba logrando. Me mojé rápido. Le puse la mano encima del jean y sentí cómo su pija ya se estaba poniendo dura y gruesa. Eso fue suficiente.

Le abrí el botón, bajé el cierre y saqué esa verga enorme. Ya estaba caliente y pesada. Me incliné sobre él y empecé a chupársela con fuerza. No era una mamada suave. La agarraba con la mano, la lamía desde los huevos pesados hasta arriba, la metía todo lo que podía en la boca. No entraba toda, era demasiado gruesa y larga; me llegaba a la garganta y me provocaba arcadas, pero eso no nos detenía. Gabriel me sostenía la cabeza con una mano mientras manejaba con la otra, empujando hacia arriba. Yo también empujaba. Gemía con la verga en la boca, baboseándola toda, haciendo ruidos húmedos y sucios. En un momento me acomodé casi en cuatro sobre el asiento, el culo casi contra el vidrio del acompañante, para poder chupársela mejor. Era una mamada intensa, babosa y profunda.

Pero yo estaba demasiado caliente. Me saqué toda la ropa ahí mismo, quedando completamente desnuda. Me subí arriba de Gabriel, a horcajadas, cara a cara. Apoyé mis tetas contra su pecho y me bajé despacio sobre su pija. Gemí fuerte cuando me abrió la concha. Estaba enorme, gruesa, venosa y me llenaba completamente. Empecé a cabalgarlo. Movía las caderas con fuerza, subiendo y bajando, cambiando el ritmo, apoyándome con las manos y los pies para cogérmelo más profundo o más rápido. Mis tetas rebotaban contra él, mi culo chocaba contra sus piernas. Gabriel seguía manejando, una mano en el volante, la otra apretándome el culo o las tetas con fuerza.

Salimos a la ruta. Pasaban autos, camionetas y camiones. Algunos nos miraban, otros reducían la velocidad. Saber que nos podían ver me ponía muchísimo más cachonda. Yo seguía cogiéndolo salvaje, sin vergüenza, gimiendo más alto. La posición era incómoda pero eso lo hacía más sucio y rico. Sentía su pija enorme rozando todo adentro mío, llenándome, estirándome.

Tuve varios orgasmos. Algunos me agarraban de golpe y me hacían temblar encima de él. Gabriel gruñó fuerte en uno de los momentos y se corrió adentro mío por primera vez. Sentí cómo expulsaba mucha leche caliente y espesa, chorros fuertes que me llenaban la concha. El calor y la sensación me hicieron acabar con él. Pero su verga siguió dura, hinchada, latiendo adentro mío. Seguí cabalgándolo más fuerte, usando su semen como lubricante. El sonido mojado y sucio era evidente.

Seguimos así un buen rato por la ruta. Yo completamente desnuda, sudada, tetas pegadas a su pecho, culo moviéndose sin parar. Mi concha chorreaba semen. Pasaban más vehículos y eso solo aumentaba el morbo. Gabriel se corrió por segunda vez. Otra corrida abundante, fuerte, mucha leche que me llenó todavía más. Sentí cada pulsación, cada chorro caliente. Acabé de nuevo con él, apretándole la verga con la concha.

El interior de la camioneta olía a sexo puro: sudor de los dos, concha mojada, semen espeso. Tenía el pelo pegado a la cara, las tetas rojas, las piernas temblando. El semen me chorreaba por los muslos y manchaba el asiento.

Cuando terminamos el recorrido y paramos en un lugar más tranquilo, yo todavía estaba encima de él, con la concha hinchada y llena de sus dos corridas. Me bajé despacio, sintiendo cómo me salía más semen de adentro. Me vestí como pude, con las piernas flojas y la sensación de estar completamente usada y llena de él.

Fue un polvo salvaje, incómodo, peligroso y deliciosamente sucio.

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u/sofia-maulet — 14 days ago